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La Espada

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Eyael sintió el filo de la espada rozando su cuello. La fina y letal hoja del arma acariciaba su garganta con delicadeza, advirtiéndolo de su futuro funesto, mas no llevándolo a él, quizá por simple duda. Su saliva bajó con pesadez por su garganta. Su sudor se deslizaba inquieto por su frente, también en su cuello y manos; le dolían absolutamente todas las partes del cuerpo.

Sabía que seguramente tenía una costilla rota y un pulmón perforado, pues apenas podía ya respirar; su nerviosismo no le ayudaba para nada. Su corazón latía constantemente, aunque ya lento y fatigado por la pelea. No le quedaban fuerzas ni en los brazos ni en las piernas, no obedecían al instinto humano, que segundo tras segundo, pedían a gritos "¡Corre! ¡Mátalo tú primero!".

A pesar de que cada músculo de su cuerpo estaba tensado, esperando la oportunidad de moverse y atacar con toda su fuerza. Sin embargo, Eyael ignoró todos los planes de huida, disparatados y completamente inútiles, que su cabeza pudo imaginarse en aquellos horribles momentos. 

Sabía que el final estaba cerca, sentía en el aire el aroma a muerte, y por las circunstancias dudaba que fuera él quien resultara victorioso. Estaba tan cansado... 

Una mano ajena sobre su pecho lo mantenía sujeto al piso. Unas piernas flexionadas se cernían sobre su cadera, a cada lado, aprisionándolo, previniendo cualquier intento de levantarse. La espada no tocaba su cuello por unos tres milímetros, pero pronto eso iba a cambiar. Estaba seguro de ello. El ruido fuerte y agitado de una respiración que reconoció lo obligó a concentrarse en algo que no fueran sus propias sensaciones; clavó su mirada en el rostro frente a él.

Unos ojos azules lo miraban con un odio profundo, quizá provocado por la sensación de abandono que se ocultaba detrás de ellos, y él mismo dudó de sus propias intenciones, si de verdad buscaba morir gracias a él. Su captor respiraba con rapidez, moviendo lado a lado los mechones de cabello claro, que se escapaban de detrás de su oreja.

Miró con interés la cara de su atacante, que con el rostro intacto, salvo por una expresión de lástima que le provocaba rabia. Parecía igual o más temeroso que él. Una idea estúpida cruzó su mente, pero le pareció interesante al mismo tiempo. Sonrió con sorna a su enemigo, incluso se echó a reír, haciendo que brotaran burbujas de sangre de su boca. 

—¿Qué pasa? —preguntó, y su hermano, Raziel, notó el desagradable tono burlón de su voz— ¿Es la primera vez que vas a matar a alguien? No, claro que no, tú ya lo has hecho antes, no deberías tener problemas, ¿verdad?

La reacción fue distinta a la que esperaba. Cualquier hombre hubiera gruñido en desacuerdo y acabado con su vida ante tal provocación. En contraste, Raziel abrió más los ojos, sorprendido. La abertura temblorosa entre sus labios lo mostró inseguro, y el ceño ligeramente fruncido hacía ver que estaba claramente molesto.

Se mojó los labios mientras lo veía, y empuño con más fuerza la espada, cuya resplandeciente hoja parecía tener más ganas de terminar el trabajo que él mismo.

—¿No sabes cómo hacerlo? —dijo él con voz pesada, esforzándose por no toser y perder el estilo— ¿Tienes miedo? 

La mirada de quien estaba frente a él se posó en la suya, con una intensidad que lo hizo retorcerse por el miedo. 

—No es eso, simplemente... es una decisión difícil, ¿sabes? Si lo hago, y no es la decisión correcta, ¿qué esperas que haga?

Su sonrisa se borró de momento, y observó a Raziel con curiosidad, intrigado por tal comportamiento. De inmediato recuperó su expresión de compasión y a la vez de burla, aunque esta era más simpática y resignada, de la clase que se le dedica a un amigo que ha echado algo a perder, del tipo que dice “No pasa nada”. 

Creyó que su hermano se hartaría de la charla y lo mataría en ese instante, pero una vez más sus suposiciones fueron echadas por la borda, y su atacante actuó de forma inesperada. Se mojó los labios de nuevo y sus dedos tamborilearon sobre la empuñadura de su espada. 

—Sabes que lo haré, así que si quieres intentar algo, este es el momento de hacerlo —dijo Raziel con los ojos entrecerrados, denotando su falta de vida, las ganas de dormir de una vez, y la ansiedad que le producía esa situación. 

—Vamos, Raziel, desde el inicio sabías que esto iba a terminar así. No importa si muero, esto estaba predestinado, entonces... —repitió él, dejando las sonrisas de lado, no importa de qué tipo fueren— Sólo quiero que entiendas que no me voy a resistir. 

Raziel volvió a verle fijamente, con una mirada de desgraciado o de alguien que ha tenido la peor suerte posible. ¿Por qué no huía él ahora? Tenía la oportunidad perfecta, sólo era cosa de juntar un poco de fuerza de voluntad, movilizar sus brazos, empujarlo y correr como si no hubiera un mañana. Simple. 

Por otro lado, Eyael aún lo observaba con cierto desprecio, en busca de una respuesta concreta. ¿Qué debía decirle él? Supo que bien podría haberlo manipulado en ese instante, decirle que si no podía matarlo era porque no debía; aun así, siendo consciente de que era su vida con la que se apostaba, no se creyó capaz de negarle una respuesta clara a esos ojos. Después de todo, le había prometido que alguno de ellos debía matar al otro, y llegados a ese punto, el que debía hacerlo era Raziel.

—Sólo empuja ese sable.

—¡No lo entiendes, estúpido! ¡Hemos sido gemelos todos estos años, ¿sólo para que me digan "debes matarlo" sin razón?!

—¡Te has vuelto débil, Raziel! ¡¿No estuvimos peleando todos estos años por este momento?!¡¿No jurabas que me matarías?! 

Raziel apretó la espada, y esta vez sus ojos se mostraron deseosos de un desenlace diferente, esperando a que alguna casualidad impidiera aquel asesinato. Tomó aire por la boca de forma repentina, una bocanada enorme, como si de pronto se le hubiera acabado el oxígeno y tuviera que recobrarlo enseguida. 

—Sí… —soltó casi sin abrir la boca, con la mandíbula apretada y los dientes chirriando. 

La espada se hundió con facilidad en su cuello y sintió su sangre brotando por la herida, y un poco escapando por su boca. Sonrió de nuevo antes de que la muerte lo cegara, con el tipo de sonrisa orgullosa que se le dedica a un hermano que ha logrado una gran hazaña.

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