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¿Alguna vez has visto una fantasma? Me preguntó mi amigo Miguel mientras caminábamos hacia mi casa, la verdad no sabía que responderle, a los 65 años un hombre ha visto casi de todo en su vida. Pero siempre queda uno en la ignorancia cuando se habla de algo sobrenatural. Lo admito, siempre fui un hombre miedoso, pero este miedo es a lo sobrenatural, a lo que es intangible, a todo aquello que se le considera una conseja y que cae en la superstición.

- ¿A qué viene la pregunta? – Le dije

- -Simplemente me he puesto a pensar en aparecidos y fantasmas durante el tramo del bosque, es la tercera vez que lo recorro y la verdad ya no me sorprende tanto- Me contestó en tono jovial.

Hacía 3 días que lo había invitado a mi casa en el bosque. Miguel y yo trabajamos durante 40 años dando clases en una escuela preparatoria, fuimos amigos desde el primer día y durante el trayecto de nuestra carrera siempre nos llevamos bien. Yo había ahorrado mucho para el día de mi jubilación y estaba muy orgulloso de mi casa que colindaba con un bosque. A él le habían recetado nuevos aires por su doctor ya que su actual situación (Él aún daba clases en la preparatoria) era de mucha presión y estrés, por lo que yo me ofrecí a que pasara dos semanas conmigo. Aceptó gustosamente y en menos de una semana ya se había instalado en mi hogar.

- ¿Hace cuantos años que te conozco? – Le pregunté a mi amigo.

- Yo diría que 40 cuando mucho. ¿Por qué? – Inquirió

- Mmm, pues lo que pienso contarte sólo se lo he dicho a una persona y hace 48 años le hice jurar que jamás se lo contaría a nadie.- respondí

En mi vida tuve muchas peleas contra otros hombres, algunas las gané y otras las perdí, pero en todas las terminé con la frente en alto, con el orgullo varonil de cualquier hombre… excepto aquella vez, aquella horrorosa y espeluznante vez, cuando las jergas eran cosa de todas las noches y mi futuro era incierto.

- -Pues venga Asdrúbal, cuénteme – dijo muy excitado mi amigo.

- Mejor cuando estemos en la casa y hayamos cenado, la temperatura está bajando y no es bueno que dos viejos como nosotros caminemos en páramos oscuros como éstos- le dije.

Él sólo se limitó a reírse. La verdad es que ya estaba anocheciendo y el frío estaba empezando a arreciar, el otoño ya estaba por terminar y el duro invierno ya estaba tocando la puerta. Caminamos durante 10 minutos en pleno silencio, mi amigo estaba muy pensativo mirando el piso. Cuando llegamos a mi casa mi esposa ya había preparado la cena y los 3 nos sentamos tranquilamente a comer. Durante 30 minutos platicamos de cosas nimias y una vez terminada la comida, mi amigo y yo nos dirigimos a la sala cerca de la chimenea. Mi esposa se fue a la habitación donde teníamos una televisión, y acostumbrábamos a ver juntos la programación, pero esta vez teníamos un invitado y ella no reparaba en platicar con nosotros, conocía a Miguel desde hacía muchos años y siempre fueron buenos amigos, pero ella sabía qué hacía tiempo que yo no le veía y prefería dejarme platicar a solas con él, en palabras de ella “para recordar los viejos tiempos” haciendo énfasis en “viejos” mientras reía.

Yo le ofrecí un lugar a mi amigo para que se sentara y éste dejó reposar su cuerpo en él. Inmediatamente fui a la cocina y saqué del refrigerador una botella con líquido amarillo en ella. Tome dos copas limpias y me dirigí de nuevo hacia la chimenea.

- ¿Quieres un poco de rompope? – le pregunté socarronamente, ya sabía cuál era la respuesta.

- Por supuesto que sí – me contestó, esta botella era la tercera que abría desde que él había llegado.

Gran parte del éxito de nuestra amistad fue el hecho de que ambos éramos amantes del rompope.

- Asdrúbal, éstas alargando mucho la espera- me dijo al tiempo que sorbía un trago de la copa.

- Tienes razón – le dije – pero quiero que estés cómodo cuando escuches mi historia, una historia que solamente mi madre y un viejo amigo saben y que estoy seguro que han callado durante 48 años. –

- Bah, cuéntala y no te hagas de rogar – dijo casi gritando.

- Muy bien – respondí – Trataré de contarte la historia con la mayor cantidad de detalles…-

Ahora transcribiré fielmente lo que recuerdo que pasó aquella noche, tal como lo leerán ahora es como se lo fui contando a mi amigo Miguel.

Era el 18 de julio del año… en el pueblo Paleta, me acuerdo perfectamente porque ese día cumplía años mi amigo Alfredo y yo estaba de vacaciones, la fiesta había comenzado casi una hora antes de anochecer y solamente sus más íntimos amigos estábamos reunidos en su casa, él vivía sólo con su papá y éste le había dado permiso de hacer lo que quiera con la condición de que a él no le costara. Llevábamos un mes ahorrando dinero entre todos, nunca antes habíamos tenido la libertad de hacer lo que queramos en una casa y esta era la gran oportunidad

La verdad es que no habíamos juntado mucho, de entre todos sólo uno trabajaba y ganaba casi nada, los 4 teníamos 17 años y yo era el único que seguía estudiando, por lo que únicamente contábamos con 3 botellas de licor barato y varias latas de cerveza. Yo ya había tomado antes cerveza, pero respecto a lo que coloquial mente llaman pomo, mi lengua y estómago eran neófitos.

Una vez empezado el jolgorio, no sé si fue por el calor de julio o si porque nos la pasábamos gritando y nadie nos decía nada, lentamente me fui embriagando con el alcohol barato. Al principio supo mal, pero luego de que un amigo con más experiencia en fiestas lo combinara con un vaso con refresco, se volvió la cosa más maravillosa que hubiese probado (aclaro que para este entonces aún no probaba el rompope).

Durante el tiempo que duró la pítima, mi amigo Horacio se volvió mi adlátere, aún recuerdo como me decía entre incoherencias lo bien que yo le caía. Cuando ya se había acabado todo el alcohol y mi amigo Alfredo nos sacaba de su casa (impulsado más por su borrachera que por su descortesía) yo me ofrecí acompañar a Horacio a su casa, yo vivía a 10 cuadras de la suya pero la de él se desviaba más hacia el soto del pueblo en contraparte que la mía quedaba en medio de éste.

Fuimos caminando lentamente hacia su casa, yo sólo había quedado un poco mareado pero aún estaba en mis 5 sentidos, situación en la que mi amigo Horacio ya no estaba. La noche era calurosa y la calle estaba vacía, mi amigo caminaba tambaleándose y yo cuidaba de que no se cayera.

Hasta ahora les he relatado lo que sucedió horas antes de mi susto, solamente quería contarles el porqué de las circunstancias en la que nos hallábamos, esto fue lo que sucedió entonces:

Estábamos a dos cuadras de la casa de mi amigo cuando escuchamos que alguien lloraba. Era el llanto de una niña, se escuchaba muy bajo, pero el silencio de la noche hizo que éste hiciera eco por la calle, ella estaba sentada en la escarpa enfrente de una casa derrumbada más por culpa del tiempo que por acción del hombre. Se encontraba cerca del único faro de luz de toda la cuadra. Nos acercamos lo suficiente para apreciarla mejor, vestía un atuendo a lo que mi parecer era muy antiguo, casi estilo colonial, era blanco con dibujos amorfos, y le cubría hasta los pies. Estaba inclinada casi en posición de cuclillas pero estando sentada y su cabello le cubría el rostro.

A partir de aquí es libre albedrío del lector el creerme o considerarme un loco.

Mientras cargaba a mi amigo me acerqué un poco más a la niña hasta casi a una distancia de 2 metros, mire alrededor para ver si alguien nos vigilaba. Al comprobar que sólo éramos 3 almas en la calle en ese momento, decidí acercarme a preguntarle a la niña que le pasaba, cuando paré en seco, estando a solamente un metro de ella pude distinguir gracias al faro de luz lo que yo consideraba dibujos de su vestido… sangre, no eran dibujos amorfos sino salpicaduras de sangre, sentí que el estómago se me revolvía y de pronto pasó lo peor, la niña, la pobre infante a la que yo quería ayudar levantó su cabeza y dejo entrever sus manos sin carne, totalmente huesudas… el horror es indescriptible, el corazón me latía a prisa y yo solté a mi amigo, pero en cuanto lo dejé caer, el aparecido al que yo consideraba una niña desamparada, me volteó a ver, HORROR, tremendo HORROR, jamás se me olvidará tal rostro (sí es que se le puede considerar así) sus ojos eran cuencas vacías, sus pómulos estaban demarcados y su boca… de su boca salían insectos, cualquier clase de horribles insectos y entonces ya no pude contenerme, salí corriendo cobardemente, había dejado a mi amigo tirado en la calle cuando escuché un grito, era él que venía hacía mí corriendo, aún no sé cómo le hicimos pero habíamos llegado a mi casa en menos de 5 minutos, aporreé la puerta de ésta mientras gritábamos y mi madre abrió la puerta toda desconcertada… sobra decir lo que pasó después. Le hice jurar a mi madre que jamás le contaría a nadie de lo sucedido, ella me dijo que todo tal vez fue producto de mi imaginación y de mi borrachera.

Después que se lo terminé de contar a mi amigo Miguel, se quedó pensativo y me preguntó:

- Y dime ¿Volviste a pasar por esa calle?

- Jamás – le respondí- y desde ese entonces en mi vida he vuelto a probar licor más fuerte que éste – lo decía al tiempo que levantaba la botella con rompope –

- Ah, entonces eso explicaría por qué a veces ibas trasnochado a dar clases, supongo que soñarías con eso- me dijo con algo de burla.

Yo solamente me limité a sonreír.

- Pues que historia tan escalofriante –dijo entonces- por ahora lo único que me interesa es irme a dormir-

- Muy bien – respondí.

Lo acompañé hasta su habitación y nos despedimos. Esa noche me quedé pensando en lo último que me dijo mi amigo y tenía razón. Muchas veces en mis años de docente llegaba a la escuela trasnochado, pero no porque tuviera pesadillas, si no por el simple hecho de que a veces, cuando miraba en la calle desierta por la noche, debajo del poste de luz, aparecía la misma calaca vestida con su atuendo blanco, sus manos huesudas y sus cuencas oscuras en dirección hacia mi ventana.


FIN

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