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¡Ved! La Muerte se ha erigido un trono,

en una extraña ciudad que se levanta, solitaria

muy lejos, en el sombrío occidente, donde

los buenos y los malos, los peores y los mejores

han ido hacia a la paz eterna.

Allí los templos,

los palacios y las torres-torres carcomidas

por el tiempo, y que no tiemblan nunca,-no

se parecen en nada a las nuestras. A su alrededor,

olvidadas por los vientos que no las agitan

jamás resignadas bajo los cielos, reposan las

aguas melancólicas.


Desde el cielo sagrado, ningún rayo desciende

en la negra noche de esa ciudad; pero un resplandor

reflejado por la lívida mar, invade las

torres, brilla silenciosamente sobre las almenas,

a lo hondo y a lo largo, sobre las cúpulas, sobre

las cimas, sobre los palacios reales, sobre los

templos, sobre las murallas babilónicas, sobre

la soledad sombría y desde largo tiempo abandonada

de los macizos de hiedra esculpida y

de flores de piedra-sobre tanto y tanto templo

maravilloso en cuyos frisos contorneados se

entrelazan claveles, violetas y viñas.


Bajo el cielo, resignadas, reposan las aguas

melancólicas.  Las torres y las sombras se confunden

de tal modo que todo parece suspendido

en el aire, mientras que desde una torre

orgullosa, la Muerte como un espectro gigante,

contempla la ciudad que yace a sus pies.


Allí los templos abiertos y las tumbas sin losa

bostezan al nivel de las aguas luminosas; pero

ni las riquezas que se muestran en los ojos

adiamantados de cada ídolo, ni los cadáveres

con sus rientes adornos de joyas, quitan a las 

aguas de su lecho; ninguna ondulación arruga,

¡ay de mí! todo ese vasto desierto de cristal;

ninguna ola indica que los vientos puedan

existir sobre otros mares lejanos y más felices;

ninguna ola, ninguna ola deja suponer que han

existido vientos sobre mares menos horrorosamente

serenos.


Pero, he ahí que un estremecido agita

el aire. Una onda, un movimiento se ha producido,

allá abajo. Se diría que las torres se han

bamboleado y se hunden, dulcemente, en la

onda taciturna, como si las cimas hubieran

producido un ligero vacío en el cielo brumoso.

Entonces las ondas tiene una luz más roja,

las horas transcurren sordas y lánguidas.

Y cuando en medio de gemidos que no tengan

nada de terrestres, esta ciudad sea engullida

por fin y profundamente fijada bajo el mar,

todavía, levantándose sobre sus mil tronos, el

Infierno le rendirá homenaje.



1845. 

Nota:Editar

Este poema no es mio, es del escritor Edgar Allan Poe.

Solo lo traduje.

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