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Siamesa

No saben lo que sufro... No saben cuánto la echo de menos, nadie sabe lo que yo haría por ella. Recuerdo perfectamente el día, era invierno en 2008 y yo tenía 15 años cuando, de vuelta a mi casa, encontré una gata en la puerta. Intenté cogerla, pero salió corriendo. Pasé la noche pensando de quién sería esa gata.

La mañana siguiente tuve que ir al colegio y, al salir, busqué a la gata, pero no la vi. Para mi sorpresa, cuando volví del colegio mi madre me dijo que vio una gata entrar en la casa; rápidamente fui a buscarla, pero sin éxito. Cuando era tarde y ya estaba en mi cama, escuché un maullido desde arriba. Me asomé desde mi azotea y la vi: una preciosa gata de ojos azules y pelo blanco y marrón. Quise subir a mi tejado pero no me atreví, ya que mi madre estaba dormida y, si me veía, echaría a la gata.

Gata-sobre-el-tejado-de-noche

Al día siguiente, después del colegio, corrí hacia mi azotea en busca de ella y allí estaba, así que la cogí y la llevé adentro. Era una gata fantástica, impresionante, esa gata me encantaba... pero tras unas semanas, ella empezó a tener un comportamiento extraño, ya no era tan juguetona y era muy arisca. Aun así la quería mucho y no dudé en darle todo mi cariño y afecto, pero la gata cada día se volvía más arisca aún y su comportamiento era tan malo que incluso llegó a morderme.

A pesar de todo, había algo en ella que me había hipnotizado, tal vez fuese la intensidad de su mirada o su suave pelaje, mis familiares insistieron en que me deshiciera de ella... Pero como ya dije, era imposible separarme. Un buen día, al regresar del colegio, encontré mi casa inusualmente silenciosa, solo la gata se encontraba en mi hogar. Me esperaba al pie de la cocina, mirándome con sus hermosos ojos... sólo que en vez de azules, estos eran volvieron negros. En realidad no me importó, ya que al fin y al cabo era mi pequeña gata.

Sentí que no podía moverme; empecé a desesperarme por la parálisis, pero la volví a ver y al instante me tranquilicé. La gata se levantó, se acercó a mis pies y su pelaje empezó a tornarse de un color rojizo; me impresionó un poco pero no me asusté. Después de todo, es mi pequeña gata siamesa.

- Creo que ya es hora de que me des de comer -Murmuró. ¿Cómo demonios podía mi gata hablar? No me importaba mucho.- Estúpido humano... Serás un delicioso aperitivo.

Dicho esto, se abalanzó sobre mi cara y mordió mi ojo; no pude gritar. Al fin pude mover mis brazos y aparté la gata de mí, y ella me miró fijamente; una sensación embriagadora recorrió mi cuerpo. Me acerqué a la encimera, tomé un cuchillo, corté con él mi mano izquierda y se la lancé. La sangre emanaba de mi brazo pero ya no importaba, ya nada importaba cuando me miraba; la gata sonrió, cogió mi mano y huyó por la ventana con ella en su boca. Mi madre llegó minutos después y me llevó a la clínica alarmada.

He estado asistiendo al psicólogo desde ese entonces, ellos no entienden que ella lo es todo para mí. Desde que huyó, sigo oyéndola en el tejado, pero cuando me asomo, ya no está. Si la ves, dile que tengo más comida para ella, e incluso tal vez tú puedes darle un poco para el camino.

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