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¿Alguna vez te has preguntado dónde sacaron el dicho "malditas rubias de bote" o inclusive "rubias huecas"? ¿No?

No me sorprende... sólo le sacaron el crédito a alguien. Y ese alguien soy yo.

Mi nombre es Caitlin, Caitlin Tyler. Recuerdo ser una chica inteligente y tímida, las típicas chicas que son las protagonistas dulces de los cuentos de fantasía: ser la enemiga de una cabeza hueca con pechos grandes, estar enamorada del príncipe azul y al final, que el bien triunfe. Bueno, en mi caso no fue así.

Como iba contando, yo solía estar mucho en la biblioteca de mi escuela, leyendo o platicando con mis amigas, en especial Katherine. Curiosamente, era rubia, a pesar de la rabia que yo tenía a ese color de pelo. La única rubia que yo consideraba una humana. Las demás eran tontas y huecas, aunque no las conocía muy bien. Katherine me daba consejos a cerca de chicos, de mis atributos y de la vida en general, era una buena chica y amiga, hasta que comenzó a juntarse con Erin y su grupo.

Erin Miller era la guapa rubia de mi instituto. Hermosa, de largo y rubisimo pelo, ojos azules y grandes pechos que parecían estar desnudos prácticamente. Las pocas palabras que había cruzado con ella eran frías y malvadas. Su rencor se valía mucho en la relación con sus padres, escuché que ellos nunca les prestaban atención y solían atender, cuando estaban, a su pequeña hermana menor, Piper Miller.

Las discípulas de Erin eran otras rubias lindas pero idiotas. Jeannette y Marian. La seguían como patitos a su madre. Lo que más me acuerdo de Jeannette era su pelo rubio trigo, un rubio no tan natural pero muy lacio y largo. Marian era un estilo más común: dorado y rizado, con ondas hermosas y un brillo especial en su cabello amado. Sí, la regla si querías ser una de ellas era tener el pelo rubio. Obligatoriamente.

Pues bien, Katherine conoció a la atractiva Erin y se hicieron rápidamente amigas. Mis alertas fueron cuando comenzó a hablar mal de la gente y a utilizar un lenguaje no muy educado ni común en ella. También se vestía como una zorra: falda cortísima, camisa sin los botones desabrochados (al menos los primeros) que dejaban ver su sostén rosa o negro y unas botas de puta con tacón de aguja. Sí, y nunca faltaban las medias de conejita de playboy. Agh, aún me dan náuseas de solo imaginármelas.

Todo era aceptable en cierto modo... hasta que Katherine se volvió una perra. No lo digo por su ropa ni por sus actitudes, sino por los líos que armaba por cualquier idiotez. Además, su cabeza parecía vacía. Una total hueca, dejándose arrastrar por Erin, tocar por muchachos y sobre todo insultar a la gente. Y me insultó a mí.

—No puedo creer que haya sido tu amiga, si eres una estúpida mojigata de cuarta —sus risas y sus burlas constantes me hacían preguntarme qué había pasado con la dulce y amable Katherine. Erin estaba demasiado satisfecha con eso, pero aún quería más.

Tanto así que me siguieron un día hasta mi casa.

Iban gritándome cosas en la calle, insultándome a más no poder, diciendo a los cuatro vientos mis más profundos secretos pero las ignoré completamente. Erin se estaba enfadando, así que me agarró del brazo justo cuando sacaba mis llaves para entrar a mi casa. Sólo las vi caer en la dura acera... solas... sin mí.

—¡Aléjate de mí, zorra inmunda! —grité cuando Jeannette tomó mi otro brazo. Marian me sujetó del anterior, y así Erin podía clavar sus ojos en mí plenamente. Katherine no decía nada, sólo tenía una sonrisa perversa en su rostro de princesa—. ¿Qué queréis? Ya me habéis molestado demasiado...

—Sujetadla bien, chicas, la llevaremos donde mi primo Chris —dijo Erin con un tono casi sexual—. Estará encantado con la hermosa apariencia de la dulce Caitlin... ¿no es así, Kathy? No contestó.

—Sí —respondió finalmente con un susurro y temblando. Se apretó la chaqueta de cuero contra sí misma, dejando detrás la camisa transparente que realzaba sus pechos enormes.

Me llevaron a un lugar apartado. El primo de Erin, Chris, era un tipo alto y delgado, con cara de no haber sido feliz en su vida. Lo peor fue cuando posó sus ojos fríos en mi cuerpo. Lo escaneó como si fuera comida lista para ser tragada y devorada. Sonrió como un loco violador y dejó que sus manos tocasen donde quería: mis pechos, mi cuello, mi boca, mis dientes, y hasta la parte más íntima de mí...

Sólo pedía piedad y las lágrimas mojaban mi rostro. Chris no me dejó en paz hasta que estuvo satisfecho de mi cuerpo y salió de la habitación, desnuda, sola y marchita. Erin volvió y me lanzó una mirada triunfante.

—Ahora eres una puta igual que yo, ¿eh, Caitlin? ¿No sientes que tu virginidad se perdió como agua en mi mano? Pues así me sentí yo, perra idiota —me miró a los ojos y me tomó del mentón. Sus iris azules estaban encendidas en rabia, pero perdidas en dolor—. Sí... yo perdí la virginidad así. Pero, creo que no puedo dejarte que lo reveles, ¿cierto?

Negué con la cabeza débilmente. No me quedaban muchas fuerzas, pero la escuchaba y sentía todo en mi cuerpo. Erin me llevó nuevamente a otro lugar, con ayuda de Marian y Jeannette. Y Katherine. Ella estuvo allí todo el tiempo, desde el principio hasta el final. Y el en fondo de mí, no podía creer lo que hacían y ella... como si nada. Mi dolor en parte era por su culpa, pero jamás lo diría.

Me azotaron. Me golpearon. Y cuando no tenían fuerzas para lastimarme más, decidieron incendiar lo poco que quedaba de mí, a pesar de que sentía todas las cosas aún y trataba de aguantar.

—Las rubias guapas no siempre somos felices, ¿sabías, Caitlin? Pues ahora lo sabes, y deberás llevarte el secreto a la tumba —con una última carcajada divertida y burlona, Erin tiró el fósforo que había prendido y todo el lugar se incendió, junto a mí. Los gritos de mi garganta no cesaron hasta que no sentía más fuego en mí, sólo destrucción y dolor. Pero mi odio y mi rencor fueron mayores, dejándome viva hasta el final. Y lo que vi por última vez, fueron los ojos azules de Katherine... un lo siento silencioso. Un ojalá me hubiese atrevido a hacer algo. Un adiós.

Noticia de último momento

Se ha encontrado escombros donde debe haber sido un lugar donde tenían chicas raptadas, pero sólo una se halló, y su nombre es Caitlin Tyler. Su cuerpo está lleno de cicatrices, moretones y quemaduras, apenas han podido identificarla. Si sabes algo de su muerte, se les ruega llamar al número que sale en el panta..."

Katherine apagó el televisor antes de escuchar el resto de lo que ya sabía. Temblaba y su corazón latía a mil por hora. La culpa la había embargado totalmente. Ni siquiera había ido a la escuela ese día. Quizás Erin, Jeannette y Marian harían como si nada, pero... su mente estaba nublada. Después de todo, Caitlin había sido su amiga antes y la recordaba como tal, a pesar de lo hueca que había sido y lo idiota que se comportó con mucha gente.

Su madre y su padre se habían ido a trabajar esa mañana. Estaba sola en su cama, mirando las noticias. Apagó la luz de su mesilla y se dispuso a dormir. Estaba a punto de caer en los brazos de Morfeo cuando escuchó un ruido en su ventana. Cuando abrió los ojos, se encontraba una chica frente de ella.

De largo cabello castaño chocolate, ojos del mismo color y piel pálida, con una falda oscura y hasta las rodillas, camisa blanca y una chaqueta negra de cuero, pero no de la que usaba Katherine antes... sino más segura de sí misma y firme. Caitlin sonrió y fue lo último que vio Katherine antes de morir.

¿Tienes pelo rubio? ¿Piensas teñírtelo de ese color? Quizás no te gustaría toparte conmigo... por las dudas.

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