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Es hermosa. La conocí hace poco, y lo que más me impactó de ella fueron sus ojos azules como el mar. O como el cielo. O como las perlas preciosas parecidas a las esmeraldas, sólo de un increíble color azul.

Recuerdo que ella se llamaba Annette. Un extraño pero angelical nombre. Su piel era suave y delicada, casi de porcelana, sus largos cabellos rubios castaños que olían a vainilla y parecían del color de la miel, dulce, empalagoso, adictivo; su sonrisa era tan bonita como ella, sus gestos eran dignos de un ángel... Mis amigos me decían que ella tenía una correa atada a mí y me usaba como marioneta. Pero yo sólo decía que estaba perdidamente enamorado.

Y en cierto modo, sí, lo estaba.

Recuerdo a la perfección cuando la besé por primera vez. Sus labios sabían a fresa con chocolate. Mmmm... Aún puedo sentir sus labios sobre los míos. Pero eso fue mucho tiempo atrás de haberla conocido. Y sin embargo, todo cambió respecto a la dulce e inocente Annette que yo amaba locamente. Se volvió más pervertida y me insinuaba cosas que yo jamás pedía. A tal punto, que una vez se posó desnuda frente a mí. Soy un hombre hecho y derecho, me gusta ver mujeres desnudas, pero Annette... Sentía que era el amor de mi vida y no la quería sólo por eso.

Fui a ver a un antiguo amigo mío que no visitaba muy a menudo, porque mi doncella había dicho que era peligroso y una mala compañía. Me abrió la puerta, alegre y contento, y le conté mis problemas con Annette. Él rápidamente cambió su sonrisa por una mueca dolorosa.

– Algo me pintaba que esa mujer estaba medio loca, pero si la amas verdaderamente... Creo que debes hacerle un exorcismo. Está claro que está poseída por un demonio.

No lo podía ser, le dije. Pero él insistió, convenciéndome por completo. Lo malo es que Annette se ponía histérica al hablarle sobre ello. Y se ponía cada vez más insinuante, pervertida y ansiosa de sexo. Tanto que lo hacíamos muchas veces a la semana. De pronto, me sentía usado y un inútil. Decidí llamar a un sacerdote por mí mismo, sin que lo sepa Annette.

Lo hice y él vino rápidamente. Lamentablemente, Annette lo vio y se volvió loca. Sus ropas volaban alrededor de ella y su cabello largo y sedoso se enredaba fácilmente. Gritaba cosas en un idioma que yo no entendía... Pero al parecer, el cura sí. La tiró en la cama y sacó un tarro de agua bendita, arrojándosela. Para mi sorpresa (o ingenuidad) Annette se retorcía de dolor. El sacerdote, de repente, me miró, aún tirando agua bendita, y exclamó casi aterrado:

– ¡Dios os bendiga, joven cristiano! Esta muchacha ha vivido con un demonio dentro de ella. Debemos hacer ritual en instantes...

No recuerdo mucho de ese ritual. Sólo sé que Annette provocó una explosión y ella tenía un rostro demoníaco, para nada angelical al que yo había visto siempre, y una sonrisa perversa. El sacerdote murió en sus manos al instante, también como él dijo. Y yo morí, pero de una distinta forma: Annette me mató. Devoró mi cuerpo cual si fuera una deliciosa carne vacuna y también comió mi alma.

Lástima que yo siga perdidamente enamorado de esa muchacha de ojos azules, esa que recuerdo yo, de bonita sonrisa y apariencia, sólo apariencia, perfecta.

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