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Ese día no paraba de llover. Estaba sola en aquella casa y las cosas de la mudanza se habían demorado. Quise explorar la casa, descubrirla. Estaba demasiado aburrida escuchando la lluvia, y la casa era de increíbles dimensiones.

Subí las escaleras, que –como es lógico- llevaban al piso superior. Había varios cuartos, y tardé en decidirme cual revisar. Por puro azar, abrí el tercero desde mi posición. Sentí un escalofrío al ver su interior; una cama, con un edredón bellísimo, almohadas, cojines. Y flores, un ramo de ellas, encima del lecho. Me asombré. No quise acercarme, y bajé a la sala. Allí, en aquel vacío de mudanza, solamente existía un único mueble, y allí me senté. Una pregunta comenzó a recorrer mi mente; ¿Cómo había llegado aquí?

No lo recordaba con exactitud. Quise concentrarme, y comenzar a recordar. Así inició el misterio. Gritos, rabia, una pelea –¿con el dueño del apartamento que rentaba? Sí, sí… seguro.-, y luego una secuencia de una autopista. Conducía, conducía sin detenerme, y me detenía en un motel, algo insegura. Luego, una reconfortante siesta. Y un sueño… un paisaje hermoso, una casa, imágenes que se precipitaban, horribles… Y, para finalizar, un grito. El mío. Había despertado tan de repente que me dolió, y luego de relajarme, comencé a cuestionarme. Todo en mi mente seguía nítido, y me preguntaba; ¿qué significaba ese paisaje? Más recuerdos del mundo onírico acudían; autopistas, ruidos.

Pagué al encargado –demasiado parecido a Norman Bates para mi gusto-, y me subí nuevamente al auto para emprender mi travesía a ninguna parte. Conduje varias horas, y tuve que pagar varias veces por gasolina. No pedía indicaciones, y las personas con las que me cruzaba en el camino me miraban, extrañados. Yo sólo conducía. Y conducía. Hasta que, luego de que un camión que tapaba mi vista doblara a la derecha, pude contemplar la autopista. Vacía. Silenciosa. E, con aquellos elementos perturbadores, idéntica a la soñada. Luego, sólo me dejé llevar. Doblaba, aceleraba, reducía la velocidad para volver a doblar, todo por instinto. Hasta que vi aquella casa. Esta casa. Deshabitada a la vista.

Me detuve. Bajé del auto, y observé como una señora, que parecía jamás haber recibido educación de cómo vestirse, salía de la casa. La llamé, y corrí hacia la entrada de la casa. Subí los escalones de la misma, y me paré frente a la desarreglada vieja.

- Señora…- y no supe como continuar, aunque las palabras eran simples. La señora me miró extraña, casi asustada.- ¿Usted habita en esta casa?

Silencio. Luego, respondió.

- ¿Es usted Alice?

- ¿Cómo sabe mi nombre? – pregunté sorprendida. Y sin embargo, ella pareció asombrarse más.

- Alice… pensé que habías muerto.- susurró.- Cómo… hace tiempo que no te…pero, cómo…

Harta de aquel teatro, dije irritada.

- Señora, contésteme ¿Quién es usted? ¿Habita en esta casa?

Ella se paró en seco. Me observó, todavía perturbada

- No… ¿quieres la casa, Alice? No sería… quiero decir… hace tiempo que…

- ¿Me está ofreciendo la casa? ¿No vive usted ahí?

- No… no, desde hace tiempo. Puedo desocuparla, quiero decir… sería cosa de que te dé las llaves, no te cobraría… no, para nada.- Se detuvo.- ¿La quieres?

- Sí.- dije.- Aunque solo sería provisional.

Me acompañó hasta una pequeña vivienda un poco alejada. Me entregó las llaves, y pidió que me marche sin decir una palabra. Estaba exhausta, y tener que caminar no me favoreció demasiado. Aunque pude pensar con claridad. Tomé mi vehículo, y lo acerqué un poco más a la casa.

Entré a la casa. La puerta rechinó. Era de madera, antigua. Verdosa en algunas partes, aunque a la luz la casa parecía mucho más limpia. Vacía. Sentí ese vacío oprimiendo mi pecho. Y solo cuando me aproximé a la ventana, desperté en la realidad; mi celular comenzó a sonar, y me apresuré a atender al Número privado.

- Señorita, le hablo desde el edificio Amor por la noche. Sino desocupa el apartamento número 6 en los próximos quince días, será desalojado por la fuerza y sus cosas serán donadas a la caridad… o quemadas. Apresúrese, Alice.

Iba a contestar. La voz era del encargado. Pero colgó. El tipo estaba loco, lo sabía, y escuché historias de que quemaba las cosas de los huéspedes que no pagaban la renta. Así que me apresuré a llamar a los servicios de mudanza. Tuve que llamar a varios, y solo ahí me percaté de cuanta gente se mudaba por día. Finalmente, uno decidió encargarse de mi pedido. Y, sin embargo, no sabía cómo indicarles la dirección de mi nueva casa… y, entonces, recordé; ¿era mi apartamento el 6? ¿No era el 9?

Un rechinido interrumpió mis recuerdos. No prestaba atención a la hora, y el sol se aproximaba a su cénit. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la discusión con el encargado? ¿Horas? Parecía que entre renglones pasaron días. Pero no, pasaban horas. Y era cuestión de horas que el servicio mudanza llegara. Al final sí pude darles la ubicación, y al final sí, mi apartamento era el 9. El encargado estaba loco, así que no me preocupé por ese detalle.

Mientras esperaba, tomé un baño en la planta de arriba. El sueño me consumía, y las imágenes volvían a mi mente. Gritos. Fuego. Autopista. Risas. Golpes. Extraños olores pasados. Extraños dolores pasados. Las desventajas de ser adoptada, pensé, y todo se perdió mientras tomaba un baño. El agua caliente borró todo aquello. Tomé una siesta, a pesar del riesgo, en la bañera.

Me despertó el timbre. Me asustó, en realidad. No sabía que la casa tenía timbre, parecía demasiado antigua. Me sequé, me cambié –tenía algo de ropa en el auto, siempre se debe salir preparado-, y me apresuré a bajar las escaleras. Mis pasos sonaban lejanos. Tan lejanos, y se combinaban con otros ruidos; gritos. Siempre gritos. Solo cuando bajé apresurada me di cuenta de que algunas partes de la casa estaban tiznadas.

- ¿Quién es? – grité.

- El servicio de mudanzas, señorita.- contestó la voz de un hombre.

- Adelante.- dije, simplemente.- La puerta no tiene llave. Dejen las cosas en la planta baja, y si me necesitan, llámenme. Estaré en la planta de arriba.

Subí, mientras escuchaba los pasos de los hombres y el sonido de las cajas depositándose en el suelo. También, sentí algunas miradas. Recorrí los cuartos, ignorando el del ramo, dejándolo para el final. Mientras recorría los cuartos, sentía un terrible dolor de cabeza, y el olor a polvo no ayudaba. Y sin embargo, terminé de revisar los cuartos sin encontrar nada más que muchas A talladas en algunas esquinas de cada cuarto. El último, el del ramo, prescindía de las A. Estaba tal como lo recordaba, exceptuando por las flores. En su lugar, había un papel.

Alison

Era lo único que decía. Me reí. Alison era un nombre que me fascinaba. A muchas de mis mascotas les había puesto el nombre Alison. Algunos dichosos recuerdos convergían en ese nombre. Pero no era capaz de entender porque se encontraba ese papel allí, ni tampoco porque habían desaparecido las flores. Una ventisca de aire entró mientras recordaba, y sospeché que alguien había entrado por ella mientras dormía.

- ¡Señorita! – llamaron desde abajo.

Bajé. Habían terminado. Así que luego de firmar unos papeles, y pagarles sus servicios, se despidieron y marcharon a quién sabe dónde. Rodeada de cajas, la casa parecía mucho menos vacía, y el dolor se apaciguaba. El papel, las flores… todo eso se desvaneció. Pasé el resto del día acomodando las cajas, los muebles, y limpiando el polvo.

Más tarde, subí al vehículo y recorrí los alrededores. Había un paseo de compras cerca de la casa, y solo eran unos treinta o veinte minutos hasta llegar a la editorial donde trabaja. Decidí detenerme, y hablar con mi jefe para pedir un par de días libres. Todavía me faltaban cajas que acomodar, y temas que solucionar. Él fue bastante comprensivo, y para ser honesta, se sintió bien poder hablar con un ser humano que no sea una vieja extraña o un encargado de servicios de mudanza. Hasta pensé en comentarle los extraños sucesos –las flores, la nota-, pero era bastante conocida en mi trabajo por ser muy supersticiosa, y no quería darle crédito a mi título. Me marché, simplemente. Tomé un café, y luego me quedé pensando donde más podía ir.

Fui al cementerio. Cuando las personas están aburridas, suele ir a los parques o salir con amigos. Yo voy al cementerio. Más en específico, a la tumba de mi madre adoptiva. Crecí en un orfanato, sin tener mucho contacto con los demás huérfanos, así que no tenía muchos amigos como para salir –más en un día de semana como ese-, pero siempre me quedaba mi madre adoptiva. Mientras yo crecía, a ella se le desarrollaba un tumor en el cerebro. La operación era muy riesgosa. Mi padre adoptivo decidió no realizarla, y yo creo que lo apoyé. No puedo evitar pensar, a día de hoy, que quizás muchas de sus sonrisas solo eran producto del tumor. Quizás fue feliz. Quizás no. Pero murió, y con lo que me dejó, pude mudarme al apartamento del cual salí huyendo. Yo creía en el más allá, creía que ella podía escucharme donde sea que esté, y creía que si sonría desde la muerte, no era por el tumor.

- Mamá…- dije, mientras me agachaba a su tumba para no molestar a los otros visitantes.- Pasaron muchas cosas. No sé si contártelas o no, debes estar ocupada allá… quién sabe dónde. Sucedieron muchas cosas, la mayoría extrañas. Una vieja extraña me regaló una casa, sabía mi nombre… perdí el apartamento que pagaba con lo que me dejaste, lo siento. Y… estoy volviendo a tener esos sueños, ¿sabes, mamá? Esos sueños de fuego, de gritos, de autopistas. Todo es tan surreal últimamente, y la verdad es que yo…

No supe como continuar. Las palabras vagaban en mi mente, pero no podía seguir hablando. Me fui. Simplemente me fui.

Al regresar a mi nueva casa, que parecía más destruida por fuera, encontré a la Señora de las Llaves afuera. Me acerqué a ella, y parecía mucho más alegre que la última vez.

- ¡Oh! Pensé que estabas adentro, Alice…- dijo ella.

- Dígame, ¿cómo sabe mi nombre? – la interrogué, mientras abría la puerta. Ella se quedó callada, y luego contestó.

- Soy… muy buena en esa clase de cosas. Adivinando nombres, quiero decir…

- Pero usted dijo que yo había muerto.- le reproché.

- ¿En serio dije eso? – Preguntó, sorprendida.- No te preocupes, debiste oír mal. La edad también me destruyó el cerebro, niña… ¿Pudiste acomodarte bien?

- Sí…- contesté, apaciguando su desesperación por cambiar de tema.- Dígame, ¿sabe algo de las A talladas en las paredes de arriba?

Ella se paró en seco, y me miró asombrada. Aunque pude ver una sonrisa en su rostro.

- Oh… pues, ¿ves esas quemaduras en las esquinas de la sala y de la cocina, cariño? – preguntó. Yo asentí.- Pues, verás… hace mucho tiempo, varios años, vivió aquí una familia. Era una familia de cuatro, no más. Un padre, una madre, y dos hermosas hijas gemelas. No recuerdo el nombre de los padres, la memoria no me funciona, pero si recuerdo el nombre de una de las niñas; Alison. Oh, sí… lo recuerdo muy bien. Demasiado bien. Ella… bueno, digamos que era particular. La familia siempre fue muy supersticiosa, pero Alison era… ¿cómo se dice? Esquizofrenética… esquizofreniatica. Algo así, no recuerdo muy bien. No podía separar los real no lo que no lo era. Veía fantasmas, monstruos, gente muerta… creo que hasta le decía a sus padres que un fantasma la seguía siempre. Y, claro, los padres se preocuparon. La intentaron llevar a varios internados, pero ella siempre decía que no quería alejarse de los padres, ni de la hermana tampoco. Así que un día, un fatídico día, discutieron de donde deberían llevar a la enferma. La enferma. Así la llamaban. Y, no se sabe cómo, pues estaba jugando afuera, Alison escuchó esa discusión. Entonces, decidió que a donde ella fuera, también debían ir los padres. Y… ay, niña, Alison quemó la casa. Incendió las camas. La de los padres, y la de su hermana. Gritaba. El fuego se veía desde el paseo de compras. El padre Thompson vino corriendo, y llamó a los bomberos y los paramédicos. Todos sabíamos que había pasado… yo lloraba, eran buenas personas. Pero el padre Thompson… vio algo que lo dejó perturbado esa noche… ay, cariño, no quiero recordar más.

Escuché atentamente la historia. Parecía sacada de un film de Hitchcock. Y solo cuando vi su rostro de dolor, le pregunté.

- ¿Las A son de Alison, no? Ella las escribía para…

- Para no olvidarse de su nombre. Estaba muy enferma.

Consumida por el interés, y en parte aterrada por la similitud que tenía la historia con mis sueños, decidí preguntar una última cosa.

- ¿Dónde vive ese tal padre Thompson?



El padre Thompson era un hombre viejo. Demasiado viejo. La barba se le había caído, y sus ojos azules parecían ser grises. Su rostro era dueño de muchas arrugas. Vivía en la casa más cercana a la capilla del paseo de compras, y atendía tanto el santo edificio como la tienda de libros cristianos de adjunto. Fui a visitarlo al día siguiente de la historia de la Señora de las Llaves.

- ¿Padre Thompson? – pregunté al verlo. Él, forzando la vista, asintió.

- ¿Qué desea, hija mía?

- Información, padre.

- Todos necesitamos información, hija mía. Por favor, sea más específica con este viejo servidor de nuestro Padre.

- Yo…- lo pensé bien.- ¿Ha observado la casa que se encuentra a unos pocos metros del paseo de compras? ¿La grande y antigua?

Supe, por la forma que adquirió su rostro, que sabía a que me refería.

- Soy la nueva habitante de esa casa. Y me han dicho cosas muy…

- Cosas del demonio, hija mía.- respondió él.- Han pasado muchas cosas en esa casa. Los últimos propietarios intentaron destruirla. No pudieron. Les dije a todas las inmobiliarias de la zona que no pusieran en venta esa casa, pero solo me acusaban de negligente. Negligentes ellos. Lamento mucho que me oigas hablar de esa forma, hija mía. Márchate de esa casa en cuanto puedas…

- Padre…- dije, viendo que se había detenido.- ¿Sabe usted la historia de los últimos propietarios?

- Una tragedia digna de demonio.- dijo.

- ¿Los conoció?

- Sí…- dijo, susurrando.- Los conocía a los cuatro. Al señor Thomas, a la señorita Bárbara, a la hija Alison, y a la hija Alice.- dijo.- Una tragedia. Los cuatro muertos, calcinados.

Sin embargo, yo ya no escuchaba. Había quedado pasmada. Y solo ahí, pude entenderlo. Sólo entonces me di cuenta de lo estúpida que había sido. Claro ¡yo era Alice! ¡La cuarta hija!

- Hija mía, ¿te sucede algo? – preguntó el padre, viendo la palidez que me había atacado.

- Yo… no, estoy bien.- contesté.- Quiero decir… vivir en esa casa, aunque estuve solamente un día. Tantas cosas…- decidí sentarme en uno de los banquillos.- Padre, ¿usted cree en los milagros?

- Milagros no, hija mía. Obra del Señor.- contestó él.

- Yo… mi nombre es Alice, padre. Alice Hudson. Y creo que soy la misma Alice de la historia.

Él también se quedó pasmado.

- No… no puede ser posible, hija mía. Creo que el calor te afectó. Alice está muerta, en paz descanse. La casa casi cae encima de las cabezas calcinadas de los tres que se encontra…

- ¿Tres? – Pregunté.- ¿No eran cuatro?

- ¿Dije tres? – Se precipitó él.- Cuatro. Quiero decir, cuatro…

- ¿Qué sabe usted, padre? – Le pregunté.- Sabe que no se puede mentir en la casa del Señor.- le dije, para asegurarme una respuesta.

En silencio, me lanzó una horrible mirada, que predijo la horrible historia que me contaría.

- Sí. Había tres personas en la casa cuando llegué. Lo supe, ¿viste el pastizal detrás de la casa, ese que extiende hasta donde llega la vista? Pues observé algo moviéndose. No podía hacer mucho. No podía entrar. Dios me perdone, pero el fuego era demasiado. Había llamado a los bomberos, y escuchaba sus sirenas. Petra estaba llegando, corriendo. Pobre de ella, en paz descanse. No se escuchaban gritos. Solo el crepitar de un sueño, el de una familia que dormía. Así que me lancé al pastizal, persiguiendo el movimiento. Soy un hombre bastante gordo, como puedes ver, pero de joven lo era más. Correr no era mi actividad favorita. Corrí, siguiendo el movimiento entre el pastizal. Hasta que supe que lo que perseguía era a la pequeña enferma, Alison. Lo supe. Ella había iniciado el fuego, por orden del demonio. La perseguí, hasta que ella supo que la perseguía, y entonces se detuvo. Estuvimos frente a frente. Ella me observa, con aquellos ojos negros. Su cara redonda, sus mejillas, su cabello mojado, su pijama blanco… no parecía estar para nada enferma. Esquizofrénica. No… no, cariño, estaba poseída por el demonio. Ella, entonces, susurró; Alice. Y luego todo su cuerpo se consumió en las llamas. Sus gritos se extendieron por unos segundos, antes de caer muerta frente a mis pies. Todo su cuerpo en llamas, su pequeño cuerpo… ¿puedes imaginarlo? Seguro que no. Pero te lo digo, hija mía… fue horrible. Fue horrible…

Silencio. Estaba harta de silencios.

- Lo siento mucho, padre… pero sigo diciendo que yo creo ser Alice. Verá, soy adoptada… mi madre jamás me habló de mis padres biológicos… tengo imágenes, sueños recurrentes con fuego, con autopistas, con gritos. He perdido muchas cosas últimamente, y ahora estoy recuperando otras. Por favor, padre, ¿puede creerme si le digo que soy Alice?

El observó a Cristo. Y luego dijo.

- Sí, puedo creer en muchas cosas luego de lo que vi.- dijo.- Bienvenida a casa, Alice.

Y hablamos casi toda la tarde. Él me habló de mis padres, de cómo eran. Mi padre era ingeniero automotriz, y mi madre trabajaba vendiendo artesanías. Ambos asistían a la Iglesia cada domingo, y nos llevaban a mí y a mi hermana. Dijo que ambas éramos sumamente educadas, sobretodo yo. Y me habló de Petra, una de las mejores amigas de mi madre.

- Petra era una señora muy vieja. La casa era de ella, pero se la dio a tus padres como si fuera un regalo.- dijo, riendo.- Petra les daba la llave a todos. Sin importar si lo conocía o no, era una señora muy alegre. Sí… una pena, murió unos días luego del incendio. Con Dios descanse.

- Disculpe, ¿dijo que le daba la llave a todos? – dije, sorprendida.

- Sí… sí, he dicho eso.- contestó.- Hija mía, ¿qué sucede? Te has puesto muy pálida de nuevo.

- Padre… esa señora, Petra, fue la misma señora que me recibió cuando llegué hasta aquí. Ella me contó la historia del incendio. ¿Seguro que está muerta?

- Claro, hija mía. Era muy vieja cuando yo era joven. Ahora yo soy viejo, y ella es polvo.- dijo.- Debe ser obra del Señor, hija mía. Debes quemar esa casa, debes poner fin a todo esto. Esa casa ha estado maldita por el demonio desde hace generaciones. Y si tú estás viva, fue por gracia de nuestro Padre. Quema esa casa, hija mía, o márchate y nunca vuelvas por estos lugares.

- Sí…- dije, sin pensarlo.- Sí, debo hacerlo.

Continuamos charlando. Y lo supe. Petra me había salvado aquella nefasta noche. Respiró mucho humo, y eso le fue fatal para sus pulmones. Murió pocos días después, y el orfanato de la ciudad me llevó. Nadie sabía quién era, excepto por una carta que dejó Petra antes de morir. Alice, decía la nota. Y mientras discutíamos esto, yo pensaba que debía hacer para quemar la casa. Fuego, necesitaría terminar esto como empezó, con fuego. Mucho fuego.

Cuando salí de la capilla, llovía. Fui corriendo a mi casa, a pesar de las ofertas del padre por llevarme. Y mientras caminaba, iba recordando; así fue el último día de vida de mis padres. Era domingo, habíamos ido a la capilla, el padre Thompson no daba el sermón, si no otro… mucho más viejo. No me caía bien. Mi padre sonreía. Mi madre no. Alison no paraba de moverse a mi lado. Se reía, y señalaba las ventanas de la capilla. A mí me molestaba, pero no le decía nada. Moverse era una falta de respeto.

Un auto me despertó de mi sueño. Papá tenía un auto, pensé. Era ingeniero automotriz, le dedicaba mucho tiempo a ese auto. A mamá le disgustaba, pero él siempre decía que sería un demonio de carreras. Mamá se reía. Y así surgió la primera palabra de Alison; demonio. Mamá se había enojado mucho con papá luego de eso. Demonio. Era una de las pocas palabras que sabía Alison. Ni siquiera podía decir bien mi nombre, ni escribirlo; escribía Halice, porque para ella solamente Alison debía empezar con A. Y las paredes… oh, dios… las paredes. A de Alison. Porque Alice se escribe con H… sí, recordaba todo eso. Recordaba como hablaba sola, y como miraba los pastizales del patio de casa. Siempre miraba los pastizales… y decía; Demonio. Ese día, el fatal, fue la única vez que no dijo demonio. Había aprendido otra palabra; Fuego.

- Sí, cariño, el fuego quema.- le decía mamá. Yo sola entendía que significaba. Y creo… creo que aquella noche había pedido dormir abajo, para evitar que Alison llegara a la sala de herramientas de papá, donde había fuego, fuego que quema.

Llegué a la casa, a pesar de la lluvia. Y caminé rápidamente a la sala de herramientas. Recuerdo que me dormí. Me había dormido, y Alison llegó a la sala de herramientas. La puerta se abría. Y sí… ahí, fuego… fuego que quema. Fuego que quema padres, fuego que quema madera. Y una cerilla. Una simple cerilla. Y… hecho.

Y sí, creo que lo hice. Los recuerdos son muy difusos. Recuerdo fuego, mucho fuego. Recuerdo gritos, aunque viva sola, ¿o los empleados del servicio de mudanzas seguían trayendo cosas? Sí, gritos. Y fuego. El fuego consumiendo todo. La verdad. Los gritos. La autopista. Mi hermana, mi madre. Todo consumiéndose en fuego. Solo recuerdo a Petra cargándome en brazos, mientras veía mi casa quemarse.

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