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Ha pasado un año desde que Norman Niedelman confesase sus crímenes y fuera encarcelado en la prisión de Saint Martin, en Phoenix, Arizona y, después de doce meses de arresto y de convivencia en el penal, ha sufrido grandes cambios. A los seis meses dejó de solicitar el ser ejecutado y se convirtió en un auténtico preso modelo dentro de la institución....

Comenzó a leer y a instruirse en leyes y otras materias, se unió a diversos grupos pro derechos civiles e incluso mantiene relación vía postal con varias mujeres deseosas de conocer de primera mano sus andanzas como falso sacerdote y asesino de prostitutas. Pero no todo ha cambiado para bien en la vida de Niedelman. También ha empezado a tener extraños sueños y horribles pesadillas, en los cuales Satán en persona reclama su alma pecadora.

Es un Domingo cualquiera en Saint Martin, acaba de celebrarse la misa de todas las semanas, y Niedelman se ha armado de valor para hablar con el joven Padre Hanrahan.

-Padre Narran, por favor.

-¿Sí? Ah, hola, Norman. ¿Qué deseas?

-Hablar con usted de algo importante.

-Claro. Si me acompañas a mi despacho, podré atenderte más cómodamente.

-Gracias, Padre –Niedelman sonríe al sacerdote, y lo sigue hasta su pequeño despacho.

-Bien, ¿qué me quieres contar?

-Verá, Padre… Imagino que usted conoce mi historia, o al menos lo que todo el mundo conoce.

-Así es. Sé que llevas aquí un año por el asesinato de dos prostitutas, y que te pasaste seis meses intentando que el Juez te condenase a muerte. -Sí, por eso estoy aquí ahora con usted –Niedelman saca de su bolsillo un puñado de hojas de papel dobladas y arrugadas, y se las tiende al cura.

-¿Qué es esto? -Empezó siendo un diario, pero ha acabado siendo una confesión. Quiero que la lo lea y me dé su opinión –Niedelman sonríe y, tras una leve pausa añade-: Tómese el tiempo que quiera, cómo sabe, tengo todo el tiempo del mundo.

-Lo leeré en cuanto tenga un poco de tiempo libre, te lo prometo. -Gracias, Padre. Sé que lo hará, cuento con ello –tras esto, Norman sale del despacho del sacerdote, dejándolo ojeando los arrugados papeles escritos a mano.

Capitulo 2: La confecion de Nidelman Frank Hanrahan, tumbado en su cama, termina de leer los papeles que el prisionero Norman Niedelman le pasara algunos días atrás. Desde el primer momento, aquel montón de papeles manuscritos, llamó su atención, por la forma en que estaban escritos, pero sobretodo por el contenido en sí de los mismos.

-Santo Cielo. Esto es… La obra de alguien muy desequilibrado; Niedelman no debería estar en Saint Martin, debería estar en un psiquiátrico, o en algún sitio dónde puedan ayudarle –el joven sacerdote apaga la luz y se echa de costado. Ya ha tomado una decisión. Hablará con el alcaide sobre Niedelman, intentará convencerlo de que lo trasladen. A la mañana siguiente, en Saint Martin…

-Alcaide Brenneman, ¿tiene cinco minutos? Me gustaría mucho hablar con usted de algo que considero importante.

-Claro, Padre –Jack Brenneman dedica una agradable sonrisa el joven sacerdote. Siempre le ha parecido una persona muy sensata, a pesar de su juventud y de sus ideas un tanto revolucionarias con respecto a la Iglesia-. ¿De qué se trata?

-Norman Niedelman.

-Un preso modelo. Nadie diría que hace un año lo acusaron del asesinato de tres personas.

Ha dado un cambio radical durante su estancia aquí. ¿Hay algún problema con él?

-Necesita, urgentemente, ayuda psiquiátrica.

-Vaya –Brenneman enarca una ceja, con aire sorprendido-. ¿Qué le hace pensar eso, Padre?

-Lea esto, y decida usted mismo.

-Creo que no hará falta. Conozco al dedillo la historia de Niedelman –llegados a este punto, el alcaide no puede menos que soltar una carcajada, que deja atónito al sacerdote.

-¿Le parece gracioso, alcaide?

-Bueno. No deja de tener su gracia el pensar en que alguien quiera ser ejecutado para entrar en el Infierno –con gesto tranquilizador y amistoso, Jack Brenneman palmea el hombro del Padre Hanrahan y añade-: Yo de usted, Padre, no le daría más vueltas al asunto. Niedelman está muy bien aquí donde está.

-P-pero…

-Sin peros, Padre. Hágame caso, y no se deje engatusar por Niedelman –y así, sin añadir una palabra más, el alcaide de Saint Martin, se aleja por el pasillo en dirección a su despacho, dejando al sacerdote sumido en un mar de dudas.

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