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Tras más de veinte horas de viaje en su Plymouth del 89, la joven estudiante de periodismo divisa por fin el cartel de bienvenida a Rock Bridge, y lo lee con atención, desacelerando el vehículo para hacerlo mejor. -“BIENVENIDOS A ROCK BRIDGE. 1500 HABITANTES. UN PEQUEÑO TROZO DEL PARAISO EN LA TIERRA”.

Tras leerlo, vuelve a acelerar, y cruza el pequeño puente de piedra que, supone ella, da nombre al lugar. El pueblo es pequeño, tranquilo y acogedor, sobretodo comparado con una ciudad como New York, cosa que es del agrado de nuestra protagonista, quien, tras un breve recorrido por las calles del lugar, decide probar fortuna en el único motel de la población, situado casi a las afueras.

-¿Buenas, hay alguien? –Pregunta tímidamente, mientras echa un amplio vistazo a la recepción del lugar, totalmente desierta, pero muy bien cuidada y limpia-. Necesito alquilar una habitación. He hecho un largo viaje y estoy cansada… Por fin, después de varios minutos de cansada espera, una mujer de aspecto agradable aparece tras el mostrador, mostrando una amplia sonrisa y un alegre brillo en los ojos de un azul intenso.

-Hola, jovencita –extiende el brazo por encima de la mesa de recepción, y Tawny estrecha su mano, recia y fuerte-. Soy la señora Klein, pero mis amigos y vecinos me llaman Theresa. ¿En qué puedo ayudarte?

-Oh, sí –por un brevísimo instante, nuestra protagonista parece perdida y confundida, pero eso dura apenas un segundo-. Buscaba habitación; ¿tendría alguna disponible?

-Has tenido suerte, jovencita. Me queda una habitación al final del pasillo en la primera planta. El baño está fuera, ya sabes cómo funcionan estas cosas –Theresa Klein sale de detrás del mostrador de madera y comienza a andar hacia las escaleras que conducen a las habitaciones. En su mano derecha tintinean unas llaves. Sin saber por qué, Tawny siente una oleada de afecto hacia la ruda pero agradable mujer de ese pequeño pueblo de Phoenix.

Poco después, esa misma noche…

-¡Jovencita, ven y siéntate conmigo a cenar, hay carne estofada que quedó de a mediodía!

-Gracias, señora Klein –Tawny se acerca a la mesa ocupada por la dueña del motel, y toma asiento frente a la mujer. También se da cuenta de que el pequeño comedor del motel está prácticamente vacío, a excepción de ellas dos y de otra mesa ocupada en el rincón más alejado del recinto.

-No me des las gracias, y come. No sé qué clase de comida te darán en el lugar de donde viene, pero viéndote yo no apostaría mucho –la mujer hace una pausa antes de añadir en tono cordial-: Y llámame, Theresa, señora Klein es demasiado formal.

-De acuerdo, Theresa –la joven sonríe y, sin más dilación, comienza a preguntar a su anfitriona-: Dígame, Theresa… ¿Cómo una mujer tan encantadora como usted acabó en este sitio? Se nota a la legua que no es de aquí.

-Vaya, jovencita. Gracias por lo de encantadora. No, no soy de aquí. Mi marido y yo somos de Tucson; hace diez años mi marido se quedó sin trabajo allá y decidimos venir a este pequeño rincón de Phoenix.

-¿Dónde está el señor Klein?

-Él…, falleció hace seis años en un horrible accidente en la obra donde trabajaba. Aún a día de hoy no se sabe a ciencia cierta lo qué ocurrió realmente, pero el caso es que a mi marido lo aplastó una viga de hormigón armado. –Tawny puede notar como los azules ojos de Theresa Klein se llenan de lágrimas por un momento, y extiende su mano para apoyarla en la de la mujer-. No pasa nada, estoy bien. Estuvimos quince años casados, y fuimos todo lo felices que la vida nos dejó. Además, cobré una buena cantidad del seguro de vida de mi marido, y me lo dejó casi todo a mí en su herencia, así que monté este negocio. Y aquí me tienes –Theresa Klein sonríe con franqueza, y Tawny vuelve a sentir ese ramalazo de cariño por la madura pero aún joven y vital mujer.

Sin embargo, el tono de la conversación cambió de repente, en el preciso instante que la protagonista de esta historia hizo la siguiente pregunta…: -¿Qué me puede decir acerca del muchacho que se suicidó el otro día? He intentado preguntar algo a la gente del pueblo, pero todos se han negado a decirme nada.

-Verás, cielo. Hay cosas que es mejor dejarlas tranquilas. Los Stalk eran una gente muy querida en el pueblo, y el joven David un amor de muchacho. ¿Quién sabe lo que le empujó a hacer lo que hizo?

-¿Eran? ¿Acaso ellos…?

-Marcharon esta mañana. Creo que se iban a otro estado, todo lo que buscan ahora es dejar esto atrás. David era su único hijo –la señora Klein queda mirando fijamente a su huésped-. ¿A qué vienen tantas preguntas, chica? ¿No serás una de esas entrometidas periodistas de la prensa sensacionalista? Tawny niega con un enérgico movimiento de cabeza, y se levanta de la silla. No se atreve a contarle el verdadero motivo de su llegada al pueblo.

-Creo que será mejor que me vaya a la cama. Aún estoy cansada del viaje.

-Sí, claro. Tienes razón. Tú cayéndote de sueño, y yo aquí dándote la tabarra con mis tonterías de viuda. Tawny ya no responde, se encamina hacia la puerta del pequeño comedor del motel y luego hacia las escaleras que han de llevarla al primer piso del edificio. Ignora que esa va a ser una larga y agitada noche…

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