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Como ya sabrán todos ustedes, el año pasado tuve el honor de dirigir una expedición científica a una extensa región selvática, situada en el corazón de Sudamérica, entre la cuenca inferior del Amazonas y los bosques del Pantanal Matogrossense. Dicha expedición, financiada a medias por el gobierno brasileño y por varias universidades europeas y sudamericanas, tenía el doble objetivo de realizar ciertos estudios zoológicos y botánicos, que serían llevados a cabo sin mayores problemas, y de buscar las supuestas ruinas de una ciudad desconocida, que, según ciertos testimonios poco fiables, se habría levantado antiguamente en lo que hoy es la selva brasileña.

Esa legendaria ciudad sin nombre ya había sido buscada infructuosamente por numerosos aventureros europeos y norteamericanos desde los épicos tiempos de la Conquista hasta épocas relativamente recientes, y no pocos de sus más obstinados buscadores, como el célebre coronel británico P. H. Fawcett, el periodista Albert de Winton o el explorador Stefan Rattin, habían hallado la muerte en el empeño.

Nosotros fuimos mucho más afortunados que ellos en el sentido de que pudimos regresar de la selva sin haber sufrido ni una sola baja, pero, en lo que se refiere a la ciudad perdida, no pudimos hallar vestigio alguno de la misma, ni aun la menor prueba de su existencia objetiva. Pero no es de la ciudad de lo que quiero hablarles, sino de la selva y de la extraña experiencia que sufrimos en ella.

Hay en medio de esas regiones salvajes un lugar especialmente inhóspito, que incluso las tribus indias más salvajes prefieren evitar, aunque no tienen ningún nombre especial para designarlo, pues para ellos es simplemente “la zona oscura”.

Allí la atmósfera, aunque muy húmeda, resulta terriblemente opresiva, tan pesada y sofocante como si en vez de aire la formara fuego líquido, mientras que la oscuridad, aun en pleno día, es tan intensa e impenetrable que no parece mera ausencia de luz, sino una inmensa telaraña infernal, que se apodera perversamente de personas y objetos, aprisionándolos en una red de tinieblas para devorarles formas y colores.

Y el silencio, durante las horas del día, es tan absoluto como si la selva entera estuviera conteniendo la respiración, como una fiera al acecho que aguardara a su víctima. Es un silencio que no inspira paz, sino muerte, un silencio que se oye (pues el silencio puede oírse, del mismo modo que también puede verse la oscuridad) y que parece internarse en tus entrañas por todos y cada uno de los poros de tu piel, para apoderarse de tu alma y devorarla entre las fauces de la locura.

Según los pocos indios que viven en los alrededores de la “zona oscura” (pues en su interior nadie se ha atrevido a pasar mucho tiempo), quienes osan desafiar a ese imperio de tinieblas y silencio, consagrado desde los albores del tiempo a los terribles dioses de la selva, no solo lo pagan con la vida, sino que sus almas permanecen atrapadas para siempre entre las sombras de la jungla, como si esta ejerciera sobre sus víctimas una maldición tan tenaz que ni la muerte pudiera romper sus cadenas.

O como si la “zona oscura” estuviera tan cerca del infierno que a los muertos ya no les mereciera la pena dar un solo paso más.

Sin embargo, nuestro trabajo nos obligó a pernoctar una noche (una sola, ¡gracias a Dios!) en el mismo corazón de ese lugar terrible. Con todo, las experiencias de esa única noche fueron más que suficientes para que a la mañana siguiente, nada más llegar el alba, abandonásemos, a toda prisa y con los rostros desdibujados por el miedo, aquella tierra maldita.

Apenas había llegado la noche (según nuestros relojes, pues allí la oscuridad era eterna) cuando, en el improvisado campamento que habíamos montado en torno a una hoguera, sentimos de pronto cómo unas voces –voces humanas, que hablaban un idioma humano- hendían el silencio reinante.

Instantes después, veíamos, estupefactos, cómo la muralla de maleza que cercaba nuestro campamento era hendida asimismo por el paso veloz y desenfrenado de un cuerpo femenino. La mujer que acababa de surgir de la selva, apenas una muchacha, se detuvo a unos pasos de nuestra hoguera, jadeante y temblorosa como si llevara un buen rato huyendo de algún peligro acuciante.

Era una chica de unos veinticinco años, de raza blanca. Aunque las facciones que nos mostraba el vacilante resplandor de la fogata no habrían carecido de cierta belleza en otras circunstancias, su aspecto en aquel momento nos pareció casi aterrador, pues aquella desgraciada parecía un cadáver vomitado por la tierra. Su faz estaba intensamente pálida, con las mejillas hundidas y cercos amoratados en torno a sus ojos, que parecían monstruosamente dilatados por el terror o la locura.

Sus largos cabellos de color castaño oscuro colgaban, despeinados y enmarañados, sobre unos hombros blancos y huesosos, apenas cubiertos por los harapos que los cubrían. Tanto su rostro como sus brazos, y todo su cuerpo en general, mostraban una delgadez extrema, enfermiza. Aquella pobre mujer debía de haber padecido penas y privaciones sin cuento, y lo correcto por nuestra parte habría sido atenderla primero e interrogarla después, pero la sorpresa causada por tan inusitada aparición nos había dejado completamente anulados.

La mujer, una vez que pareció algo repuesta del sofoco causado por la carrera, se sentó junto a la hoguera, dándole la espalda a la tenebrosa selva de la cual había surgido pocos segundos antes, y habló en inglés, con una voz trémula y susurrante. Yo era el único miembro de la expedición familiarizado con la lengua inglesa y, por tanto, solo yo pude entender su discurso.

Aún así, la sorpresa que todavía dominaba mi mente me impidió comprender sus palabras hasta que ya llevaba un buen rato hablando. Creo recordar que lo primero que entendí fue una conminación a abandonar aquel lugar maldito lo antes posible, pero no estoy seguro. En cambio, lo que dijo después lo recuerdo tan claramente que puedo transcribirlo literalmente:

-… Harry y yo organizamos la expedición, una vez que pudimos comprarles a los frailes el pergamino donde Fray Antonio había escrito, usando tinta invisible, las indicaciones que nos llevarían a la Ciudad Desconocida.

Aquello para mí no dejaba de ser una locura, y ni siquiera me importaba la existencia o no de aquellas malditas ruinas, por muchos tesoros que pudieran ocultarse bajo sus cimientos… Pero ustedes lo comprenden, ¿verdad? Para Harry era el sueño de toda una vida, y yo no podía dejarlo solo en aquello. Los indios que habíamos contratado para guiarnos y llevar nuestras provisiones nos llevaron a los límites de la zona oscura, pero luego, al comprender que pretendíamos penetrar en ella y no solo rodearla, se negaron a seguir, se amotinaron y nos abandonaron.

Nos quedamos solos, con nuestro guía Helder Sousa, un cazador mestizo que decía no creer en supersticiones y que juraba haber atravesado la zona oscura en varias ocasiones e incluso haber visto las ruinas. De no haber sido por Helder, habríamos desistido, pero Harry confiaba en él y nos introdujimos en la zona oscura. La primera noche, mientras Harry y yo dormíamos, Helder también nos abandonó, tras robarnos todo lo que pudo, incluyendo las armas y casi toda la comida.

Durante varios días infernales, Harry y yo vagamos por las tinieblas de la selva, sin saber adónde dirigirnos ni por qué debíamos dirigirnos a sitio alguno en vez de sentarnos tranquilamente a esperar la muerte. Él me daba a mí toda el agua potable, yo quería que él también bebiera, pero no hubo forma de convencerlo, dijo que él estaba acostumbrado a la selva y que se conformaría con el agua de los pantanos, por muy sucia que estuviera. Así hasta que llegamos a una laguna que parecía tener el agua relativamente limpia.

Harry, que se estaba muriendo de sed, se echó al agua para beber. No volvió a salir. Unos caimanes lo despedazaron delante de mis propios ojos. Yo oía sus gritos, pero estaba atontada por la sed y el miedo, solo pude ver y oír, hasta que de Harry solo quedó una mancha roja sobre el agua.

Aquella noche, cuando pude moverme, vagué sin rumbo. A veces veía entre las sombras algo así como un resplandor pálido, semejante al halo que rodea la luna llena. Me acercaba y veía a Harry, que me miraba con sus ojos sin brillo, reprochándome mi abandono con más pena que ira.

“Alice, ¿por qué me has abandonado?”, me susurraba su boca muerta.

Y yo me asustaba y corría, hasta que tropezaba con alguna rama o caía rendida de cansancio. Luego volvía a verlo y corría de nuevo. Pasó un día y llegó otra noche, y yo no tenía nada para beber ni para comer, y ni siquiera podía descansar, porque el fantasma de Harry me perseguía. Entonces sentí que ya no podía dar un solo paso más, me senté apoyando la espalda en el tronco de un árbol y decidí esperar a que Harry llegase y me atrapase. Pero no llegó él, sino una serpiente enorme, una anaconda en busca de una presa… Y yo…

Durante un instante, la mujer se calló, como si le fuera demasiado doloroso continuar, y se llevó las manos a la cara. Pero un segundo después se levantó de un salto y se puso a gritar como una loca, mientras señalaba con un dedo tembloroso la misma selva de donde procedía:

-Ella aún está allí… ella… ¡La serpiente, el demonio…!

Y, sin dejar de gritar, dio un salto y se sumergió en la misma espesura que la había vomitado unos pocos minutos antes.

Yo, temeroso de que aquella pobre mujer estuviera loca a causa de las terribles experiencias que sin duda había sufrido, independientemente de que su relato fuera cierto o fruto del delirio, corrí tras ella, resuelto a llevarla al campamento, aunque fuera a la fuerza, con tal de evitar que se perdiera en la oscuridad, donde en su estado no tardaría en hallar la muerte. Durante un buen rato corrí tras ella, guiado únicamente por la luz de mi linterna, pues su carrera era tan ligera que apenas hacía ruido al pisar la hojarasca que cubría el suelo.

Al final, llegué a un pequeño claro, donde la luz de la linterna me mostró un espectáculo horrendo, tanto en sí mismo como por lo que implicaba. Junto a las raíces de un viejo árbol, reposaba, enroscada sobre sí misma, una enorme serpiente, seguramente una anaconda, la más grande que había visto durante todas mis expediciones por el Amazonas.

La repulsiva bestia, que muy bien podría medir ocho metros de longitud, se hallaba sumida en el letargo de la saciedad, como si se hubiera dado un banquete obsceno, y su cuerpo se hallaba monstruosamente hinchado, dándole cierta semejanza con una monstruosa sanguijuela harta de sangre.

En cuanto a la mujer, había desaparecido, como si su cuerpo se hubiera desvanecido en la oscuridad. Durante un rato me quedé clavado en aquel punto, intentando ordenar mis pensamientos. Hasta que me pareció ver que las ramas de unos matorrales se movían y que de su interior emanaba un vago resplandor blanquecino.

Entonces, al mismo tiempo, creí escuchar el susurro de una voz femenina, o quizás de dos voces distintas, aunque al menos una de ella tenía que pertenecer a una mujer.

Yo no me considero un hombre especialmente supersticioso… pero debo confesar que fue ese susurro, y no la posibilidad de que la anaconda me atacase, lo que me hizo volver al campamento, corriendo y gritando como un loco.

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