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- Mi querido doctor, creo que no me comprende.

-La comprendo perfectamente, señora Powell. Lo que su hijo necesita...

-¡No!-atajó esta-. No. No llevaré a Jeremy a ningún centro psiquiátrico.

-No es un centro psiquiátrico, señora Powell. Es un centro de observación para casos similares. Muchos chicos con problemas parecidos al de su hijo han entrado en él en una situación muy angustiosa y han salido totalmente recuperados.

Una leve lágrima cayó por el rostro de Bóulla Powell. Sus ojos se humedecieron y sus párpados ansiosos de consolación se cerraron en banda.

-Tranquila. No tengo suficientes datos sobre esta enfermedad, pero creo que su hijo es el primero conocido que la padece.

-¡Jeremy no está enfermo!-se ofendió Bóulla.

-Solo intento ayudarla, señora Powell. Creo que creyendo o no que su hijo la padece debería considerar los riesgos que supondrían si realmente el virus fuera existente en el organismo de su hijo.

-¿De qué se trata, doctor?

Norman se frotó el pelo. Hundió los ojos disimuladamente en el reloj de la pared y después en los de Bóulla.

-Creemos que Jeremy posee en el organismo algún tipo de virus invasor que reacciona violentamente después de despertar en su fase nocturna.

-¿Qué significa eso?-se impacientó la señora Powell.

-Que este organismo posee exactamente los mismos genes y características que el sujeto al que ataca. Por ejemplo, cuando su hijo duerme, como es el caso, este organismo experimenta también la sensación y necesidad de dormir. Le aseguro que es algo increíble para la ciencia de hoy en día. Algo totalmente revolucionario si fuera expuesto a la luz o llegaran a conocerse más casos-tomó aire-. Lo que intento decirle es que muy posiblemente el organismo invasor tenga la propia conciencia del sujeto y la manifieste a su voluntad.

-¿Eso explicaría los escritos?

-Exactamente. Puede que el contenido de esos extraños relatos que su hijo escribe sean recuerdos o sensaciones que su hijo experimentó en un pasado o muy posiblemente experimentará en un futuro. Lo fascinante es que el cerebro envía esta información al organismo y es interceptado por el virus. Quien lo recoge y lo guarda para sí. Esto puede ser importante para que Jeremy saque a flote viejos problemas que, durante su infancia, no pudo solucionar y, que en la mayoría de las personas, les afectan actualmente aún sin saber que estos son los causantes. Supongamos que su hijo se encuentra en un examen recordando perfectamente lo que ha estudiado. Este virus, sin duda, inteligente, podría retener todos los recuerdos que se obtuvo al estudiar y retenerlos. Dejando al sujeto sin ellos, y por tanto, en el caso de un estudiante, sería muy perjudicial.

-¿Y qué pasa con los recuerdos que retiene?

-Puede que los retenga toda una vida o, como es el caso, los expulse en forma de escritos, sueños, o expresión oral. Señora, Powell, ¿mencionó usted que Jeremy tenía pesadillas?

-¡Oh, sí! Horribles pesadillas. Incluso antes de levantarse...-Bóulla ahogó sus palabras en llanto.

-Sería importante que me entregara esos escritos. ¿Lo hará?

-Claro. Quisiera preguntarle una cosa, Norman.

-Dígame-preguntó interesado.

-¿Este virus también provoca el cambio de color ocular?

Ambos permanecieron en silencio. A Norman le invadió una extraña sensación de calor...

-¿A qué se debe esa pregunta, señora Powell?

-¿A qué? Le informo de los síntomas de Jeremy.

Norman se estremeció.

-Oh. Creo que eso no es posible. Jeremy no ha podido experimentar eso.

-Le digo que han sido varis veces. El iris de sus ojos cambió de color.

-Señora... Debería ser la luz que rebotó en sus...

-No había luz.

El médico, que hasta ahora se sostenía de pie, corrió a sentarse enfrente de Bóulla, sin poder disimular espanto.

-¿Cómo ha dicho?

-No había luz-repitió la señora Powell-. Vi el color de sus ojos gracias a la oscuridad. Brillaban en la oscuridad.

-¿Qué otros síntomas creyó ver en su hijo?

-Bueno... El tono de voz cambió...

Esto ya era demasiado para Norman Wallfang.

-Eso no es posible-rió forzosamente.

-Tome- dijo Bóulla sacando algo de su bolso.

-¿Qué es esto?

-Lo que escribió Jeremy la semana pasada.

Norman hundió de nuevo sus ojos en aquellos papeles irregulares. Le impresionó la letra tan bonita que Jeremy tenía. Mas algo hizo que desviara su mente de la caligrafía e hiciera que se fijase en su contenido. Pronto, Norman volvió a sentir aquella extraña sensación de calor y sintió como si ya no se sintiera en su despacho, como si fuera observado por miles de identidades.

-¿Le preguntó a Jeremy por qué lo hizo?

-No creo que eso sirviera de mucho.

-¿Qué le hace pensar eso?

-El simple hecho de que no recordara haberlo escrito.

-¿Cuándo le sorprendió con el cuchillo en la mano?

-Antes de escribirlo.

-¿Antes?

-Sí. Se abalanzó sobre mí y alzó el cuchillo. Después de que cerrara la puerta encerrándole solo, oí el ruido que hace el aluminio al caer y supuse que había tirado el cuchillo al suelo. Abrí la puerta y vi que aún lo tenía en la mano y que el ruido lo había provocado para que pensase que ya estaba desarmado. Poco después de que John, mi vecino, lo agarrara por detrás, lo encerramos asustados en su habitación y al regresar nos encontramos con estos escritos. Y no creo que eso fuera algún recuerdo de su infancia, ¿no cree? Vi en su mirada una clara intención hostil. Y además, los escritos carecen de sentido.

-¡Oh! No lo creo. Seguro que tiene algún sentido. Lo enviaré al mejor grafólogo que encuentre. Puede irse, señora Powell.

-Gracias, Dr.

-Una cosa más. ¿Podría decirle a Jeremy de mi parte que tiene una letra muy bonita?-rió Norman.

-Se lo diré en cuanto regrese a casa.

-¿Qué quiere decir?

-Salió antes que yo al “racó del’avi”. Creí que no sería peligroso. Solo durante su sonambulísimo.

-Es posible. Pero aún así sería conveniente que no le dejara ir solo fuera de casa.

- Sí, Dr. Me marcho, pues. Gracias, por todo.

-¡Bóulla!

-¿Qué ocurre?-preguntó esta girándose con espanto.

-Hoy es sábado. El “racó de l’avi está cerrado”. Y temo pensar que su hijo lo supiera.

-Dr., debo marcharme inmediatamente. Comprenderá mis motivos.

-Por supuesto. Vaya, vaya. ¡Ah! Una última cosa. ¿De qué color creyó ver los ojos a Jeremy?

Bóulla se quedó en silencio un instante.

-Rojos...

Una vez la señora Powell hubo cerrado la puerta del despacho, Norman volvió su mirada a aquellos escritos. Esta vez con más tranquilidad intentó analizarlos.

“Desde el primer momento en que Masver me propuso un leve deleito para intentar recuperar fuerzas heroicas, supe que una parte de mí hubiera dado cualquier cosa por perderme en su inmensidad de recompensas. Al parecer, satisfactorias. Mas él sabía que yo acababa de reconocer “su mirada” acertada y que el suave susurrar de mi conciencia bastaba para la ausencia del avistamiento al peligro. Pero, bajo todo, un suave, precioso y noble peligro. Un peligro que escapó de la mano blanca y que toda voluntad engañada por su dulzura es comprendida y respetada de cara a la suma verdad.

Masver quería apartarme de la fuga de la mano blanca, me reclamó, quería apartarme de la mano blanca. Me mostró otro tipo de dulzura que ansía ser recordada y preferida antes que el deleite que muestra la fuga. Quería apartarme de la mano blanca... Yo le contesté: "'Acepto mi destino".

El estrecho camino que conduce a la verdad está forjado por la sangre de los inocentes y la gloria de nuestros enemigos. Pero una vez finalizado este trayecto, regresaremos para dar la última palabra.”

Tampoco en su segunda lectura pudo entender el significado. Así que decidió ir al baño y echarse agua en la cara. Despejar su mente e intentar ver las cosas claras. Abrió la puerta del baño y se adentró en él. Dejó correr un poco el agua y justo cuando iba a mojarse las manos, se dijo a sí mismo: "¡La fuga de la mano blanca! ¡Sé lo que significa!"

Cerró el agua e hizo algo que lamentaría toda su vida: mirarse al espejo de enfrente. Cuando esperaba ver solo su cara, vislumbró a esta y a la de Jeremy, que le observaba por detrás. Jeremy, con los ojos rojos como el puro color de la rosa roja y un enorme cuchillo en la mano, levantó la cabeza y miró directamente a Norman.

-Mi querido doctor, me honra que haya comprendido el significado superficial de mi relato-dijo el niño con la voz de un hombre aumentada por cinco-. ¿Ha llegado más arriba de la conclusión superficial y ha contemplado su segunda interpretación?

Norman no contestó.

-Ahora solo usted y yo sabemos esa verdad. Es como si estuviéramos solos en el mundo, ¿no cree?

- Hay que hacérselo saber al mundo-se atrevió a decir.

Aunque extrañó las palabras que salieron de su boca y pronto se arrepintió de haberlo dicho. Jeremy sonrió.

-Ellos deben deducirlo por sí mismos.

-Todavía creen en el amor. Deben saberlo.

-¡NO! No deben saberlo. Créeme, son mucho más felices escuchando el eco de sus dudas.

-Pero ahora veo la verdad tan obvia...

-Es el significado mismo de la vida. Y pronto solo yo lo conoceré.

Norman temía pensar qué significaba aquello. No quería morir, pero si tenía que hacerlo esperaba que sus últimas palabras fueran las adecuadas.

-¿Qué piensas hacer con ese cuchillo, Jeremy?

-¿Lo he asustado? No es más que para abrir la puerta. Igual que cuando me vio con él la señora Powell.

-Hablas de tu madre como si no fuera...

-Ella no es mi madre, doctor. Es la madre de Jeremy, mi medio para venir a este mundo. Ahora esos papeles deben ser quemados y usted debe dejar esta vida.

-¿Puedes obligarme a eso?

- No. Eres tú quien lo ha decidido. Observa cualquier grieta en el espacio-tiempo y verás una clara voluntad tuya que cree que la humanidad debe averiguar la verdad por si misma, o debe sucumbir al no hallarla y sufrir la ira de la mano blanca.

El corazón de Norman dio el último latido antes de que su cuerpo se desplomase en el suelo. Pronto perdió la conciencia y adquirió otra. Abandonó su cuerpo y adoptó otro. Dejó a un lado la vida física y comprendió que el Jeremy que le había hablado tenía totalmente toda la razón.

El mundo avanzaba por una vía equivocada al ser guiada por un sentimiento inventado y solo existente en el cerebro humano: el amor...

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