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¿Podrías imaginar lo que llegaría a hacer una persona por amor? Si la respuesta es "no", te recomiendo seguir leyendo.

En un pequeño pueblo de nombre Enbizaka, vivía un humilde hombre con una maravillosa familia. Kento, como era su nombre, era un curtidor con una vida normal, ordinaria; como la de todos los habitantes del pequeño y tranquilo poblado.

Cada día que Kento pasaba ante la sastrería de Enbizaka, la dueña del lugar se quedaba mirando a su esposo. Era esta Kayo Sudou, una joven de cabello rosado como las flores de cerezo. Él la saludaba, y ella respondía a su amado con una sonrisa y un leve sonrojo. Esta chica era una joven ejemplar; había de ella en cada esquina del pueblo. Hacía gala de sus buenos modales y de sus impresionantes habilidades. A todos les había echado una mano más de una vez con los vestidos de su familia; pero cuando Kento acudía a ella con el pedido de surcar kimonos para mujeres, el rostro de la sastrecilla, generalmente amable, se deformaba en una mueca de disgusto. Él nunca entendió el porqué de aquello.

Un día, Kento salió a pasear por las bellas calles de Embizaka junto a una mujer castaña, que iba vestida con un reluciente kimono rojo cual la sangre. Al pasar por la sastrería, Kayo les siguió con una mirada de envidia y melancolía; el hombre notó ello, pues parecía que rompería a llorar. La sastrecilla miraba a la desconocida de pies a cabeza conforme empeoraba su gesto, y la pareja poco a poco fue alejándose. Para cuando su amado se perdió de su vista con otra mujer, Kayo tenía la cara empapada de lágrimas, y entró a su sastrería con las tijeras empuñadas.

Al día siguiente, Meoki (como era el nombre de aquella mujer) se dirigía tranquilamente hacia la casa de Kento. Las calles estaban vacías, no había ni un alma a la vista. Pero al cruzar, vio a Kayo acercársele con sus tijeras en manos. Meoki huyó hacia el bosque de bambú a toda velocidad apenas sintió el peligro, pero la mujer logró alcanzarla y encajó las filosas tijeras en su corazón. La sastrecilla despojó al cuerpo de su kimono rojo, para luego encaminarse a su sastrería para surcarlo.

Aquel mismo día por la noche, Kento desesperaba por el retraso de su amante, por lo que decidió salir a buscarla. Pasó toda la noche en aquello, y al final, la consiguió... No podía creer lo que veía. Ahí estaba Meoki, semidesnuda y manchada por su propia sangre. La abrazó y lloró en su frente ante su muerte, y posteriormente tuvo que pedir auxilio para cargar el cadáver.

Mientras tanto, Kayo estaba en su sastrería, trabajando en el kimono con sus mejillas húmedas ante las lágrimas.

Pasó una semana de "eso". Kento había caído en depresión por la muerte de su amada, pero no por ello dejó de vérsele con una chica joven llamada Yukii siempre a su lado para darle consejos y apoyos en el luto, destacando por la hermosa faja verde que llevaba.

Un día, Yukii salió al mercado a comprar la comida, y se encontró con Kayo de pie en la entrada de la sastrería, sosteniendo sus tijeras como siempre. La menor le saludó, pero ella no respondió. Pasaron unos cinco minutos hasta que llega Kento en busca de la muchacha; Kayo le saluda, pero el afligido hombre no responde y deja a su mujer con una mirada dolida.

Regresando del mercado, el hombre y la chica vienen uno junto al otro, cargando un jarro de agua y algunas frutas; Kayo permaneció observándoles con seriedad, que rápidamente pasó a una expresión que rozaba el llanto.

A la noche de aquel día, Yukii salió de la casa de Kento para dar un paseo, como siempre, entre las oscuras y solitarias calles de aquel pueblo en la noche. Y para su desgracia, tropieza con la sastrecilla. Esta saca sus tijeras y, sin previo aviso, las encaja en el vientre de la joven, quien se desploma entre quejidos en el suelo. Kayo le quita su faja esmeralda al cuerpo agonizante y le deja en la parte más cercana al bosque de bambúes, para luego huir al ver a su esposo a lo lejos.

El hombre buscaba a la muchacha preocupado, esperando encontrarla bien; pero no fue así. Dio con el cadáver de Yukii, y nuevamente recurrió a sus vecinos (ya atemorizados) para ayudarle a cargar el cuerpo.

Mientras, Kayo, con los ojos enrojecidos, estaba ajustando la faja en su sastrería.

Otra semana pasó luego del segundo asesinato. Todo parecía normal, pero lo único que en ese entonces daba esperanzas a Kento era una chica de catorce años, Aoki, quien lucía su hermoso cabello rubio y perfumado. Como siempre, en su camino pasaron junto a la sastrería de Kayo... Grave error. Al verles pasar, la sastrecilla miró a la niña con una expresión siniestra, mientras poco a poco se alejaban. ¿Le interesaban chicas así de jóvenes?

Kento percibió la insistente mirada de la mujer, pero no imaginó que ella ahora les seguiría de cerca... ¿Su maldad llegaría a tanto? La mujer les siguió hasta una tienda de accesorios, en la cual les atendía una joven de cabello verde; Kayo observó cómo Kento le compraba una peineta amarilla a su chica.

Cuando el hombre se alejó de la niña un momento, fue ese pequeño instante suficiente para que Kayo entrara en escena y atacara a Aoki. La menor, al verla, lo único que hizo fue saludarla cordialmente, pero la respuesta de la sastrecilla fue enseñarle sus manos manchadas de la sangre podrida de sus víctimas. Al verlo, Aoki se apresuró a correr, jurando percibir tras ella el fétido olor de la sangre. Minutos de carrera después, la perseguida creyó estar a salvo, y se dirigió al río a descansar. Posó sus delicados pies en las frías aguas, sin imaginar lo que le avecinaba.

Kayo se acercó lentamente a ella, y Aoki no notó su presencia hasta sentir las cuchillas de aquellas tijeras atravesar su espalda. La mujer miró en silencio a la niña convulsionar en el suelo, y lo último que vio la víctima antes de morir, fue cómo le era arrebatada su peineta. El charco de sangre que se formó alrededor de ella llamó la atención de los cercanos, y pronto se acumuló una multitud a su alrededor, que terminó por atraer al angustiado Kento. Él se arrodilló ante la niña de ojos ahora blancos, en llanto; los demás ya no le prestaron atención.

Y Kayo, como siempre, estaba en su sastrería con los ojos hinchados por el llanto, susurrando blasfemias hacia su infiel esposo.

Era la madrugada del día siguiente cuando Kayo acudió ante Kento, quien, deprimido y con el alma vacía, no hacía más que llorar. Ella llamó a la puerta y él, al abrirle, detalló con horror en ella el kimono rojo de su esposa, la faja verde de su hija mayor y la peineta que le había regalado a su hija menor.

- ¿Qué haces con esas cosas? ¿Por qué las tienes? -Preguntó él entre el creciente miedo. La visitante mostró la sangre en sus manos, y el pánico se apoderó del rostro del hombre.- ¿¡Qué has hecho!? ¿¡Has sido tú!? ¿¡Por qué, qué te hice para merecerlo!?

- ¡Fue tu castigo por serme infiel! -Fue la respuesta de Kayo. La confusión subió al rostro del hombre, pero la ira era mayor.

- ¿Infiel? ¿De qué estás hablando?

- ¡Todos los días salías con ellas, incluso ante mí! He tomado sus cosas... -Añadió, modelando su vestimenta.- Tengo lo que te gusta de una mujer. ¿No crees que sea hermosa ahora?

- ¡Mataste a mi familia! -Gritó el hombre aturdido por la extraña situación.

- ¡Yo soy tu familia!

Y en ese momento, Kayo enseñó sus tijeras al hombre y se dirigió hacia él. Al ver eso, Kento salió corriendo de la habitación rumbo a la calle; no sabía qué hacer, pues no había nadie que le pusiera salvar de aquella loca. Se detiene a tomar aliento en una esquina, pero en ese instante, una respiración se posó sobre su hombro izquierdo; pudo escuchar la voz de aquella desconocida en su oído...

- Maté por defender a mi amor... Yo soy tú esposa, no eres de nadie más.

Un fuerte dolor invade el pecho de Kento; bajó la mirada para notar cómo se formaba una mancha de sangre en su kimono azul, y termina por caer al suelo. Kayo se alejó lentamente del cadáver de su amado, empuñando las tijeras en su mano derecha.

La sastrería de Enbizaka Megurine Luka Vocaloid Fansub Español06:35

La sastrería de Enbizaka Megurine Luka Vocaloid Fansub Español

Tailor Shop of Enbizaka

Cuando por fin las calles fueron concurridas, la gente encontró el cadáver de Kento tirado en el suelo. El cuerpo, al no ser reclamado, fue tirado al río.

Mientras tanto, en la sastrería se podía ver a Kayo, tejiendo y surcando con sus mejillas empapadas en lágrimas. Miró sus tijeras, y coronando el momento con una sonrisa macabra, susurró: "Están pintadas de rojo".

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