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Medianoche, aún sin poder conciliar el sueño.  No habría sido un problema para mí, de no ser porque debería levantarme en las primeras horas de la mañana. Mi habitación sólo estaba alumbrada por la tenue luz que reflejaba la luna, cuyos rayos traspasaban el vidrio de mi ventana, y el intermitente botón de mi monitor, que me anunciaba que no lo había apagado bien.

Traté de pensar en algo que me relajase pero no hubo caso, ni las 127 ovejas que logré contar pudieron hacer que cayera en los brazos de Morfeo. No recuerdo qué método habré utilizado luego de eso, pero al parecer fue eficaz, pues me acuerdo de haber logrado llegar a la línea entre la realidad y el mundo de los sueños que mi conciencia era capaz de crear.  Lamentablemente no pude cruzar la bendita línea, puesto que “algo” me despertó, unos pasos, para ser preciso.

No puedo negar que en ese momento sentí miedo, aunque fuera un chico que ya cursaba el nivel universitario.  Quizá era el hecho de vivir solo, pero a estas alturas ya me debería haber acostumbrado. Hubiera ignorado aquel sonido, pero mi curiosidad me incitaba a abandonar mi posición horizontal y descubrir qué era “eso”. La curiosidad me ganó una vez más. Al darme cuenta, ya estaba asomándome por la puerta de la cocina, lugar del cual pensé que el ruido provenía. Esperé, nada pasó.

Qué desilusión”, pensé. Siempre me había gustado el suspenso, y esperaba que algo terrorífico sucediera. Lo sé, vaya mente de inocente. Me dirigí al refrigerador por un bocadillo nocturno, aprovechando que había llegado hasta la cocina. Recuerdo haber tropezado con algo, aunque no llegó a tirarme. No le di importancia, estaba oscuro, de seguro fue la alfombra. Al llegar hasta el gran electrodoméstico me dispuse a abrirlo, encontrándome con una gran variedad de comida. Lo raro era que nada me apetecía, y aunque no era la primera vez que me pasaba, podía jurar que a las barras de manzana nunca las negaba, sin importar la hora. Me llevé una al bolsillo del short, por si el estómago me molestaba más tarde, y arrastré los pies en dirección a mi habitación. En el momento en que mi cabeza tocó la almohada, logré conciliar el sueño.

Me desperté de mañana, sobresaltado. Clavé mi vista en la alarma para verificar la hora, maldiciendo a mis adentros al ver que me había dormido. Nunca escuché la alarma, a decir verdad, pero no había tiempo de verificar nada del aparato, debía cambiarme y los minutos corrían como granos de arena en un colador de fideos. Tomé mis apuntes y las zapatillas, las cuales me calcé mientras intentaba caminar, sosteniendo las hojas solamente con la boca.

Llegué a la sala y encontré a mi madre, llorando amargamente. Me dispuse a preguntarle qué pasaba, pero un hedor repugnante me detuvo, obligándome a retroceder y a proteger mis fosas nasales con la palma de mi derecha, agarrando los apuntes con mi mano libre. Unos hombres salían de la cocina, uno tenía una libreta de apuntes y el otro le hacía múltiples preguntas a mi mamá. Por la puerta de la cocina pude ver algo que me dejó helado: era un cadáver cubierto con un manto negro, y bajo ese manto se hacía visible un charco de sangre. ¿De quién era el cuerpo? ¿Qué pasó? ¿Era eso con lo que me había tropezado la noche anterior? La sola idea me daba escalofríos.

Entendí a quién pertenecía el cadáver al notar que mi madre abrazaba desconsolada una foto de mi graduación, y al momento en que uno de los policías le enseñaba una planílla, y adjuntada a ésta con un clip, una pequeña foto de un rostro, posiblemente del hombre que me asesinó.

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