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Hace tres meses que mi vida se puso de cabeza. El sentimiento de culpa del que sufro ahora es inmenso. Las noches se me hacen largas, pensando en que ese tipo de cosas en realidad existen. La melancolía y el miedo se adueñan de mí.

Todo comenzó en el pasado cumpleaños de mi hija Ailyn, le había preparado una modesta fiesta con tres de sus amigos, ya todo estaba listo, solo faltaba el regalo. Desde hacía tiempo atrás que me había pedido una muñeca Barbie (por cierto era carísima), lo cual en esos momentos no era posible debido a nuestro nivel económico.

Así que decidí ir a la tienda de cosas usadas. Entré a la tienda y vi al encargado, un anciano de unos setenta y tantos años.

-¿Que tiene para una niña de 6 años?

-Espere un momento ya vuelvo.

Entró a un pequeño despacho que estaba de tras de él, y comenzó a sacar cosas. Lo primero que sacó fue un oso de peluche, el cual dijo lo habían llevado hace cuatro días, tenía un aspecto estupendo, parecía casi nuevo, en su caja y todo. Siguió sacando cosas; muñecas de porcelana, una bola de nieve, una matrioska, otros tres animales de peluche, unos patines, y varias cosas más. Pero yo ya había hecho contacto con aquel oso de peluche.

Louis
Su cuerpo era blanco, con un traje azul que iba cosido a su cuerpo, ojos grandes color negro, orejas redondeadas, su cara tenía un gesto serio, boca pequeña y abultada, los pies dos pantuflas de conejo también cosidas al cuerpo, y tenía una peculiaridad, brillaba en la oscuridad. Era perfecto para Ailyn, le dije al encargado que me lo envolviera, sacó un papel rojo, lo enredó en el de una forma muy elegante, y le colocó un moño.

Me dirigí a casa contento con el regalo en las manos, cuando una oleada de pensamientos me arrebató el pequeño instante de felicidad; ¿y si no le gusta?, debí haberle comprado la muñeca, pero si hago eso tendré que trabajar doble, ¿Qué clase de padre le compra un juguete de segunda mano a su hijo?

De repente esa nube de pensamientos cambió, recordé lo madura que era mi pequeña, ella nunca me reprocharía una cosa así, su madre la crió muy bien después de todo. Hace 3 años de su muerte, le ha hecho mucha falta, aun así trata de no hablar de ello.

Ya en la fiesta, sus amigos le entregaron su respectivo regalo. Yo fui el último que se lo entregó, lo abrió rápidamente rompiendo la envoltura de papel rojo, empecé a imaginar su cara de desilusión pero en vez de eso puso una cara de sorpresa, le había gustado el regalo. Muy pronto se encariñó de él no lo soltaba, ni para comer. Por las noches cuando me dirigía a mi cuarto después de arroparla para dormir podía ver el destello de la luz que emitía el oso, al que llamó Louis. Así pasaron dos semanas.

Comenzaron las vacaciones, (al menos para Ailyn, yo tenía que trabajar). Un martes cuando me preparaba para irme, hice mi rutina habitual, me arreglé, tomé una taza de café, le serví el desayuno a mi hija, revisé las llaves del gas, revisé el correo, (más deudas), dejé comida para que Ailyn comiera en mi ausencia, me despedí de ella, y le dije que no le abriera la puerta a nadie que no fuera yo.

En el trabajo, había comenzado a estresarme, tanto papeleo me había mareado. Por fin cuando solo me faltaba una pila de documentos por revisar, me interrumpió la secretaria, dijo que tenía una llamada importante. Era la Sra. Sara (la vecina), cuando escuchó mi voz prontamente comenzó a hablar, me dijo que Ailyn había tocado a su puerta temblando, pálida, llorando, y no respondía a nada de lo que le preguntaba. Salí corriendo del trabajo dejándolo inconcluso.

Al llegar, toqué el timbre y la Sra. Sara asomó la cara por una ventana, abrió la puerta y me dirigió al living. Allí estaba Ailyn temblando, ya no lloraba. La llevé a casa, ya una vez se había tranquilizado, pregunté qué era lo que había pasado, dudaba en contestar pero al final lo hizo. Me dijo que Louis había hablado, dijo algo como “estoy aquí”. Para su mente esas cosas ya no eran posibles, conocía que era normal y que no. Intenté tranquilizarla:

- Tal vez fue el televisor, a veces puede sonar muy real, o puede que nuestra mente nos juegue bromas. Me ha pasado a mí también.

Esa misma noche, la arropé para que durmiera, le puse el oso a un lado pero replicó que al menos por esa noche no quería ver a Louis, así que lo puse en la repisa del pasillo, cerré su puerta, apagué las luces y me fui a recostar.

Las dudas y la inseguridad me invadieron de nuevo, ¿Sera que la ausencia de su madre la está afectando?, ¿O acaso será que no le pongo la suficiente atención? Poco a poco el sueño me venció hasta quedarme dormido.

Por la noche unos ruidos me despertaron, era el crujir de una de las puertas del pasillo, y el chillido de las bisagras, asomé la cabeza por entre la puerta y pude ver una luz fluorescente que provenía del piso, el oso estaba en el suelo, se cayó del estante. Me dirigí a él y lo puse nuevamente en su lugar, no sin antes recordar lo que mi hija me contó, “Louis habló”. Regresé trotando rápidamente a mi habitación, y trate de volver a mis sueños.

Pasó una semana y todo volvió a la normalidad, yo trabajando, y Ailyn volvió a jugar con Louis. Esa semana fue un respiro para mí.

Un sábado, llegamos del cine, Ailyn se fue directo a la cama y yo me di una ducha. Al salir del baño, pude ver como un rayo de luz atravesó el pasillo como una saeta que se desvaneció en la habitación de Ailyn. A continuación, otra vez aquel sonido de la puerta crujiendo. Me dispuse a revisar la habitación, al abrir la puerta, el oso yacía junto a la cama, eché un vistazo alrededor y pensé; “me estoy volviendo loco”.

La noche siguiente, cenamos en casa, afuera hacía bastante frío, así que decidimos quedarnos dentro. Conversamos un momento, reímos, jugamos por un largo rato y el cansancio nos venció. Fuimos hasta su cuarto, la cubrí con las cobijas, busqué a Louis para ponérselo a un lado y al momento me explicó que no lo había visto por ninguna parte en todo el día, le dije que lo buscaríamos por la mañana y cerré la puerta.

Yo me quedé despierto, tomé varias copas de whiskey, cuando de pronto un sueño pesado me atacó. Me fui a la cama y caí en un profundo sueño.

Por la madrugada un ruido me despertó, era de nuevo la puerta crujiendo, pero ahora venía acompañado de susurros. Era la voz de Ailyn, pero ¿con quién hablaba? De pronto todo se calló, quedó un silencio vacío, el cual fue rápidamente enterrado por un grito, ¡Era Ailyn!

Abrí la puerta de mi cuarto con el corazón a punto de estallar. Otro grito ahogado de dolor inundó la casa, a continuación unos golpes, uno tras otro, era un cuerpo rodando por las escaleras.

Salí corriendo por el pasillo con la casa en penumbras. Lo primero que vi fue al oso sentado junto a las escaleras. Brillaba como nunca, y en su rostro que antes era serio, ahora se divisaba una sonrisa apenas visible. Giré la mirada hacia las escaleras, viendo los escalones uno a uno. Cuando mi vista llegó al sexto escalón, vi aquella mancha, era sangre y cada escalón más abajo estaba más y más cubierto de ella.

Cuando mi mirada por fin llegó al final de la escalera, allí estaba ella, mi princesa tirada en el suelo. Me abalancé hacia ella, bajé tan rápidamente que casi caigo. Al llegar pude ver de cerca, como su cabeza estaba volteada totalmente hacia atrás, parecía un búho, tenía los ojos abiertos, la cara totalmente cubierta de sangre y su cráneo dejaba ver parte de su cerebro.

Unas lágrimas se escurrieron por mis mejillas. Poco a poco dejé escapar sollozos, hasta que se convirtieron en un llanto desesperado. Cargué el pequeño cuerpecillo cubierto de sangre y me lo llevé al sillón, donde lo tuve en mis piernas llorándole por no sé cuánto tiempo. Todo el piso se cubrió de rojo, un rojo como el de la envoltura de aquel regalo donde venía ese estúpido oso.

Había olvidado el asunto de los susurros, no me importaba más que mi hija, ¿qué diría su madre de mí? Pero eso cambio cuando volví a escucharlos. Iban intensificándose hasta que se volvieron risas.

Sentí un miedo terrible como nunca lo había sentido en mi vida, pero eso no me hizo dejar de abrazar a mi niña. Unos minutos más tarde la casa se llenó aún más de ruido, era el sonido de las puertas azotándose al abrir y cerrarse, vidrios rompiéndose, golpes en la pared y pasos.

Dirigí la mirada hacia las escaleras, y allí estaba en el quinto escalón sentado Louis, cuando lo había visto a un lado de ellas. Tenía esa sonrisa en la cara, como si se estuviera burlando. Sus ojos se notaban más grandes de lo que eran, parecían reales, muy brillantes, me miraban fijamente.

Y aquellas risas… ese brillo que poseía apenas iluminaba la completa oscuridad de la noche. Me comencé a acercar a él cautelosamente y con un miedo inmenso. Al llegar adonde estaba lo tomé en mis manos con un gran odio que se mezcló con el miedo, pero en ese momento el maldito cerró los ojos, ¡¿cómo un maldito juguete cierra los ojos?!

De la impresión lo arrojé lejos hacia el pasillo y bajé las escaleras nuevamente. Mi corazón latía como si se quisiera salir de mi pecho. Todo volvió a quedarse callado. Regresé al sillón donde había dejado a mi nena, pero ya no estaba allí.

La puerta que daba al comedor estaba abierta y con el pomo cubierto de sangre. Al abrir la puerta totalmente, descubrí su cuerpo tendido en la mesa, y con el oso al final de su cabeza. Ahora los ojos de este ya no eran de plástico, sino unos ojos humanos que me miraban fijamente, acosadores, morbosos y en momentos los volvía hacia el cuerpo de mi nena, me quedé mudo. Las risas volvieron, y estas solo fueron opacadas por el sonar de una sirena. Pronto llamaron a mi puerta, corrí para abrirla, dejando la macabra escena. Era la policía, estaba allí, los vecinos la habían llamado al escuchar aquel escándalo.

Tan pronto como abrí, dos policías entraron a la casa, vieron mi cara de horror, mis manos y mi ropa cubierta de sangre. Uno de los policías, comenzó a revisar las habitaciones mientras el otro comenzó a calmarme y a hacerme preguntas, pero yo no podía hablar.

El policía que había entrado a revisar salió del comedor pálido y con cara de nauseas, dio la orden de arrestarme y de mandar al forense. Pero yo no había sido, ¿qué iba a decir?, “Uno oso de peluche la mató”.

Cuando llegó el juicio, mostraron las pruebas; El cuerpo de Ailyn presentaba graves muestras de maltrato, las escaleras no estaban llenas de sangre. Los vecinos de alado declararon que me habían visto rompiendo las ventanas de mi habitación. Y lo más importante, una luz muy brillante en la ventana de Ailyn. No pude quedarme callado, tenía que decirlo, había sido el oso... No encontraron ningún oso por ninguna parte.

Ahora estoy aquí, encerrado en un hospital mental, en una habitación de tres por tres, pero no estoy loco, ¡no lo estoy, fue el maldito oso!

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