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La estaba acechando, sigilosa, entre las sombras. Aquella muchacha de piel cetrina y rubios cabellos se había metido donde no debía, en su casa, en la casa de sus difuntos padres. Pero ella no estaba dispuesta a dejar que nadie se instalara en aquella casa, aunque tuviera que matarla. Este era el tercer día que la vigilaba, muy de cerca, sin que ella se diera cuenta.

Tras cada esquina la muchacha se volvía inquieta, presentía que la estaban observando. No podía imaginar que cuando iba tranquilamente hacia su amplia cocina, una loca estaba a punto de acabar con su vida de forma dramática. La siguió en la oscuridad, la chica no se dio cuenta. Avanzó cautelosa mientras la chica le daba la espalda, preparándose para asestarle un golpe mortal.

Pero cuando la asesina se hallaba a poco menos de dos metros, algo se interpuso surgiendo del suelo entre ella y la víctima. Lo que ahora levitaba con aspecto de sucia mujer era un cadáver que se agitó en el aire. Sus negros cabellos se mecían inquietos movidos por una energía invisible. Su cuerpo casi translúcido dejaba adivinar decenas de cicatrices en su blanca piel espectral, con la torva sonrisa demacrada y el lacio cuello daleado. Avanzó unos pasos hacia la asesina, arrastrando su largo camisón blanco que le otorgaba un aspecto impactante.

-No dejaré que la toques, Morgana- dijo con una estridente y aguda voz que le perforó el oído a la asesina, aunque esta no mostró ningún miedo ante el fantasma.

De hecho ambas se parecían mucho, pues la fantasma era su hermana gemela, muerta en accidente de coche hace ya varios años. Morgana avanzó hacia el fantasma impasible, ella también murió en aquel accidente de tráfico y su aspecto era calcado al de su hermana.

En vida, ambas habían sido poderosas médiums con algunos poderes telekinésicos que ahora le permitían intervenir en el plano de los mortales. Morgana retorció su abominable rostro y levantó por telekinesia un pequeño cuchillo. 

-¿Es que acaso no recuerdas quién es la persona a la que intentas matar? -preguntó su hermana en tono suplicante.

-Me da igual quién sea, Julia. ¡Esta casa es mía y no dejaré que ningún humano me la arrebate!

Morgana lanzó el cuchillo contra el cuello de la chica, que seguía ajena a todo pues no podía verlas. Julia logró desviar el cuchillo y se puso a la defensiva. Si no lograba que la joven escapara, Morgana acabaría con su vida tarde o temprano.

La asesina fantasma levantó en el aire los platos apilados en el fregadero ante la atónita mirada de la muchacha, saliendo despedidos, estrellándose contra el suelo gracias a la intervención de Julia. Uno se le escapó y a punto estuvo de darle a la chica en la cabeza, pero por suerte esta se agachó a tiempo y logró esquivarlo. Cuando aterrada la chica intentó salir, Morgana bloqueó la puerta, cerrándosela en sus narices, dejando a la chica atrapada en esa cocina infernal. Las dos gemelas se embistieron olvidándose temporalmente de la chica, sin sentir dolor cuando intentaban desgarrarse la piel de sus muertos cuerpos.

Morgana quiso ponerle las cosas más difíciles a la chica y usó sus poderes psíquicos para apagar todas la luces de la casa, que Julia se afanaba en restablecer provocando continuos vaivenes de la corriente. Morgana y Julia se enfrentaron por la posesión de la mesa de madera situada en el centro de la cocina, en un forcejeo que la hacía flotar violentamente, chocando contra las paredes hasta romperse.

Con un largo trozo de madera que se formó al romperse la mesa, Morgana intentó empalar viva a la muchacha usando todo su poder, pero Julia lo desvió en el último momento y la estaca se le clavó a la joven en el muslo, haciendo manar la roja sangre.

Cuando Morgana intentó ahogarla mediante telekinesia, Julia se le plantó aterradora delante y ambas muertas enfrentaron sus poderes psíquicos en una sobrenatural lucha que hizo que todo en la cocina empezara a temblar, como si se tratara de un terremoto ante la energía liberada por el choque de los dos espectros.

Los cristales estallaron y los cajones vomitaron bruscamente su contenido al suelo mientras los objetos situados en las estanterías vibraban hasta reventar. Una enorme estantería acabó cayendo con gran estruendo a pocos centímetros de Morgana, que se desconcentró el tiempo suficiente para que Julia la estrellara contra la pared con su poder mental. Aprovechando esos segundos de oro, la difunta protectora de la chica desatrancó la puerta haciendo saltar el marco entero hacia el pasillo.

La joven vio esperanza y echó a correr como pudo por los oscuros pasillos de la tétrica casa, donde resonaban los ecos del los espíritus que la seguían. Morgana volvió incansable al ataque saliendo al encuentro de la chica desde una pared, intentando tirarle encima uno de los grandes cuadros que decoraban los pasillos y logrando tumbarla en una ocasión. La muchacha pareció por un instante que estaba acabada, pero, en un último esfuerzo, emprendió la huida renqueante, mientras Julia retenía como podía a su salvaje hermana.

-Vamos, niña, corre-le gritaba con todas sus fuerzas, aunque esta no pudiera oírla. Cuando la chica ya estaba tan solo a una pequeña escalera descendente de la salida, Morgana la embistió con furia empujándola escaleras abajo.

La muchacha quedó inconsciente tras la caída, con una gran brecha en la frente. Julia se puso frente a su hermana para rogarle que no la rematara, que le perdonara la vida, pero fue inútil.

Su loca hermana logró arrastrar una pesada estantería del recibidor y volcársela encima a la pobre chica, que murió sepultada entre viejos libros. Tan solo sobresalía de su cadáver parte del tronco, donde Julia se arrodilló apenada.

-Mira lo que has hecho-le dijo indicándole a su hermana que se fijara en el colgante que llevaba la joven, un colgante que hace años había llevado ella misma, pero no podía ser, eso significaba que aquella chica muerta...

-¡¡Jeny¡¡-gritó sacudiendo el inerte cuerpo de su hija sin vida. Una hija a la que hacía años que no había visto y a la que no reconoció cuando fue a visitar, por primera vez la casa que había heredado de sus abuelos antes de ponerla en venta. Había viajado con bastante ilusión por ver aquella solitaria casa que tantos recuerdos le traía de la infancia.

Tan solo pasaría allí unos días,que esperaba le sirvieran para desconectar un poco de su aburrido trabajo en la oficina. Cuando puso un pie en esa casa supo desde el primer momento que algo no andaba bien. Pasó el primer día investigado todos los objetos de sus antepasados que encontró, guardando los más importantes.

Una esencia familiar parecía observarla desde cada cuadro, desde cada estantería. Cuando estando en la cocina se desató el polstergeist ante ella, sintió como las fuerzas la abandonaban y quizo morir para acabar cuanto antes con esa pesadilla. Fue una mera espectadora del caos que se había desatado, hasta que una larga estaca se le clavó en el muslo despertando en ella instintos de supervivencia animal.

Notando como se desangraba poco a poco, echó a correr sintiendo el agudo dolor recorrerle el cuerpo. Cuando un cuadro le golpeó en la cabeza, Jennifer lo dio todo por perdido, supo que moriría allí. Entonces notó que estaba muy cerca de la salida, quizás, si hiciera un último esfuerzo, quizás si usara su último aliento para llegar... Con lágrimas en los ojos, echó a correr en su única oportunidad de sobrevivir, pero sintió una energía que la desequilibraba y cayó por las escaleras golpeándose fuertemente en la cabeza.

Después vino la oscuridad total, que vació su mente de cualquier pensamiento. Finalmente notó cómo su alma se separaba de su cuerpo, elevándose poco a poco en el aire. Cuando examinó a su alrededor, vio ante ella una escena que la dejó paralizada. No podía pensar, no podía gritar, tan solo le quedaba observar. Dos putrefactas muertas, hermanas gemelas de aspecto aterrador la miraban con un gesto indescifrable en su horrenda cara.

-¿Quiénes son?- preguntó Jennifer, petrificada por el miedo.

Una de la hermanas se adelantó un paso y dijo con una voz que quedaría grabada a fuego en su memoria:

-Yo soy quien te dio la vida,y quien te la ha quitado.

Jennifer retrocedió, pero al instante supo con claridad todo lo que había ocurrido. Agachó un poco la cabeza y vio su propio cadáver, bajo sus pies. Ahogó un grito. Estaba muerta.

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