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Ernesto entró al seminario a los trece años de edad. No receló de aquel lugar, sobre todo por las cosas que aprendió del padre Zdrok, misterioso chico cuyas prédicas lo habían metido en problemas con el Vaticano; salvado por los pelos de la excomunión, se había asilado en México sin deseos de sentar cabeza.<
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Vio en Ernesto a un alumno bien dotado para continuar con la tarea comenzada por él hacía décadas, en una remota aldea escandinava. Estudiante aplicado y enemistado con los placeres mundanos, Ernesto aprovechó la guía de Zdrok, descolló durante el noviciado y se ordenó sacerdote. Una semana después de hacer los votos, se marchó con Zdrok a Roma, supuesta mente para desempeñar su ministerio en diversos templos de la orden.

Pasó tres años recorriendo Europa, particularmente sitios soslayados por los turistas, y a veces localizados en pasadizos subterráneos cuyos creadores eran desconocidos. 

El joven sacerdote regresó del extranjero y se instaló como párroco en su ciudad natal. Había cambiado. Las travesías lo habían hecho embarnecer y su carácter se había vuelto enigmático.

De Zdrok no volvió a saberse nada. El flamante párroco cumplía sus funciones convincentemente, pero era fácil notar que el ritual romano le resultaba ñoño. José y Rebeca, sus padres, le rendían pleitesía; lo miraban con pasión al enfrentarlo para recibir la hostia, y día tras día confesaban ante él y recibían severas penitencias, que practicaban en común. Ernesto les profesaba indiferencia; nada le importaba más que el objeto de su fe.

Dividió su tiempo entre sus labores como párroco, la traducción de un evangelio críptico obtenido en las islas Feroe, la impartición de un extravagante catecismo que él mismo había inaugurado y la recolección de ofrendas para la Mater.

Los incautos asumían que la Mater era la virgen María, de ahí que sin vacilar ofrendaran lo que estuviera a su alcance.

Notar que las limosnas y otras bagatelas no eran precisamente las ofrendas esperadas, no los privó de mantenerse fieles a su amado párroco. Con el tiempo, los hijos no deseados dejaron de molestar a las potenciales madres solteras, las muelas martirizantes abandonaron las bocas de pacientes desaseados, los miembros cercenados de obreros despistados no acabaron en la basura. Todos hallaban consuelo en el padre Ernesto.

José enfermó.

Los vaticinios de los médicos fueron desalentadores, pero Rebeca, Ernesto y el propio desahuciado pusieron
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buena cara. El diagnóstico médico era incomparable con el servicio a la deidad. Ernesto nunca compartió sus creencias con sus padres; los dejó seguir creyendo que la Mater había determinado el fin de José para agregarlo a sus filas de ángeles. La enfermedad estragó a tal grado el viejo cuerpo, que fue preciso utilizar la sierra.

Cuando los médicos anunciaban que la propagación del mal se contendría con una amputación, José tragaba saliva y se horrorizaba, pero Ernesto lo tranquilizaba con frases previsibles: “La Mater quiere tu brazo”, o “La Mater quiere tus piernas.” Rebeca secundaba al hijo y, cabizbaja, esperaba con él a las afueras del quirófano, ignorando que los miembros gangrenados serían envueltos y entregados clandestinamente a Ernesto.

El catecismo fascinó a quienes lo tomaban. Nada debía comentarse fuera del aula, ubicada en el sótano de la parroquia y conectada con un túnel al que accedían sólo quienes juraran fidelidad eterna a la Mater, so pena de perecer espantosamente en caso de traición. Los iniciados en aquel misterio, que según el sacerdote se había originado en tierras escandinavas hacía unos cincuenta siglos, debían predisponerse a vivir austeramente en el mundo exterior, y entregados a la molicie en las noches de luna llena, congregados en un inmenso templo secreto.

Ahí, la Mater se dejaba adorar y, una vez satisfecha, compartía con sus fieles una porción de los tributos que ellos mismos debían procurarle. 

José mantuvo la cabeza hasta el momento de su muerte. Sólo eso faltó que le amputaran. Rebeca lloró al verlo partir, luego de que Ernesto le aplicara la extremaunción de un modo muy particular, pues involucró el uso de hierbas y aceites que normalmente no entraña ese ritual. Pero, como la palabra de Ernesto era casi divina, Rebeca no se atrevió a cuestionarlo.

Cuando ella se disponía a organizar el entierro, Ernesto la reprendió:

—¿Crees que papá descansará en un agujero, donde cualquier mortal no creyente pueda pisotearlo? ¿Estás loca?

Rebeca tragó saliva y guardó silencio.

Ernesto llamó por celular a dos miembros de su grey, quienes amortajaron los despojos de José y se los llevaron en silencio. Rebeca se quedó a solas un rato, hasta que la curiosidad derrotó a su templanza. Se caló un chal y se dirigió a la parroquia. El silencio y la oscuridad imperaban. Llegó a su destino y notó que la puerta estaba cerrada con llave.

Se anunció en vano mediante aldabonazos, y ya se disponía a marcharse cuando percibió un olor fétido, venido de la parte posterior de la parroquia. Lentamente se aproximó a la aparente fuente de la pestilencia, y halló en el terreno, entre unos matorrales, una trampa. La abrió con dificultad y se vio ante una oscuridad y un hedor apenas tolerables.

Decidida a desandar sus pasos, giró sobre los talones, y en ese momento se paró en seco, obligada por unos cantos que claramente provenían de la profundidad que había descubierto. Regresó junto al hoyo, se inclinó y, a despecho del olor, aguzó el oído.

Cerró los ojos cuando un chorro de sangre le salpicó la cara. No tuvo tiempo de incorporarse porque algo o alguien la aferró por el cuello y rudamente la hizo bajar. Perdió el conocimiento mientras escuchaba un clamor insistente: “¡Mater!” Abrió los ojos y se sintió particularmente entumecida. Tenía la vista nublada por un líquido rojo que le goteaba de las pestañas. Inútilmente quiso incorporarse.

Cientos de lámparas de aceite iluminaban parcamente la caverna, cuyo techo era tan alto que no podía verse. El aquelarre estaba en su cenit, Rebeca no podía moverse porque le habían amputado brazos y piernas, y allá, no muy lejos de su posición, en medio de una desquiciada multitud moderada por Ernesto, la inconcebible Mater cedía a la gula con miembros pálidos, arrugados y sanguinolentos, recién despegados del cuerpo de una no creyente.

Rebeca murió mientras su hijo la arrastraba por el pelo hacia la Mater.

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