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Ana era una chica como cualquiera de quince años, disfrutaba de escuchar música, leer relatos de terror, mirar vídeos de cómo desollar hombres vivos, lo típico, sin embargo tenía una pequeña obsesión:


Su compañero de salón, Franco, durante horas podía perderse en sus profundos ojos azules, le encantaba dibujarlo aunque nunca podía igualar la belleza y el color de aquellos ojos; pero a pesar de lo mucho que ella lo observaba él nunca le dirigía una mirada y Ana odiaba eso.


Al terminar las clases ella solía seguirlo hasta su casa sin que él lo notara, le parecía tan fascinante, tan atractivo, incluso su forma de caminar le resultaba hipnotizante.


Se quedaba fuera de su casa esperando que se asomara por alguna ventana o que volviera a salir para seguirlo nuevamente. Nunca se había atrevido a hablarle pues se sentía demasiado insignificante, pero un día eso cambió.


Durante el intermedio entre clases comenzó un nuevo retrato de Franco, ya no era necesario que lo observara pues tenía bien grabado en su mente cada poro de su rostro, cuando estaba por terminarlo escuchó una voz detrás de ella que la hizo voltear enseguida.


-¿Ese soy yo? – pronunció la voz de su amado.


-S…sí – contestó ella nerviosa, contemplando extasiada que esos ojos la miraban.


-Eres muy buena dibujando, ¿me lo regalas cuando lo termines?


La respuesta de ella fue una obvia afirmación y se esforzó al máximo para emular al original, le tomó toda la tarde para terminar algo que la satisficiera, era sin duda el mejor que había hecho pero como siempre, no creía que los ojos lograran la perfección de los reales, de cualquier forma a él le había gustado y entregárselo sería un buen pretexto para verlo.


Fue hasta su casa ilusionada por la reacción que él tendría al ver el dibujo, tal vez le gustaría tanto que la invitaría a salir, así ella podría contemplar de cerca aquellos ojos que le fascinaban y sobretodo sería mirada por él.


Llegó a la puerta donde lo había visto entrar tantas veces y al tocar el timbre sintió que estaba soñando pero en cuanto él abrió la puerta su sueño se derrumbó.


-¿Cómo supiste donde vivo? – preguntó él extrañado y molesto.


-Vine a traerte el dibujo - dijo Ana entregándoselo y evitando contestar.


-¡Te hice una pregunta! ¿me sigues o qué?


-Sólo una vez…tú me gustas mucho y…-comenzó a decir ella pero él no la dejó terminar.


-Maldita loca me enfermas, ¡no te vuelvas a acercar a mí! – dijo él arrojándole el dibujo en la cara causándole un corte del que brotó un hilillo de sangre.


-No puedo hacer eso – dijo ella y antes de que él pudiera reaccionar le inyectó un tranquilizante en la pierna.


Cuando él despertó estaba amordazado y atado a una silla en el cuarto de Ana, había docenas de retratos y fotografías suyas en las paredes, se le revolvió el estómago, cerró los ojos e intentó despertarse de ese sueño macabro, pero esa era la realidad. Ana se acercó a él y jaló su cabello bruscamente girando su cabeza hacia ella.


-¡Mírame! – le gritó, pero él no abrió los ojos, lo abofeteó fuertemente un par de veces, él siguió sin reaccionar, ella tomó un cuchillo y comenzó a clavarlo frenéticamente en las piernas de Franco mientras gritaba:


“¡Mírame! ¡Mírame!”.


Finalmente él abrió los ojos mirando suplicante a Ana que tenía una desquiciada expresión en su rostro, los ojos desorbitados, estaba salpicada de sangre y sonreía maliciosamente mientras lo acariciaba.


-Son tan perfectos, azules, brillantes, quiero que me observen siempre – dijo ella fervorosamente


– y eso es lo que harán. –


Volvió a tomar el cuchillo y lentamente le cortó los párpados a Franco tratando de no dañar los globos oculares mientras él forcejeaba y gemía de dolor causando que le hiciera cortes en las mejillas y la frente de los cuales comenzó a brotar abundante sangre.


Ana observó aquel ser lleno de líquido rojizo que se retorcía y gimoteaba, ya no se parecía al joven que contemplaba todos los días en la escuela, pero no le importaba, aquellos ojos azules seguían intactos, así que con la ayuda de una cuchara y su cuchillo se dispuso a extraerlos.


El proceso fue más complicado de lo que pensó pero al final valió la pena cuando tuvo ese par de hermosos ojos en sus manos, los colocó sobre el dibujo que había hecho esa tarde, ahora era perfecto y la miraría siempre que ella quisiera.

Autor:Fairuza

Fuente: http://fairuzaescritora.blogspot.com.es/right|link=

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