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—¡Molly! —musité, casi a punto de llorar. El frío viento azotaba mis labios, haciendo que se resecaran cada vez más rápidamente—. ¡Molly!… tengo miedo…

Mi hermana mayor seguía discutiendo con su pareja a través del celular. Me acurruqué más debajo de mis sábanas, no podía conciliar el sueño y mucho menos controlar esa paranoia. Cada sombra se convertía en una pesadilla, cada sonido me daba la sensación de que estaba acompañada por un ente maligno. Sin sospechar que estaba más que acompañada… Mi cuerpo temblaba, ahora ya no era el inclemente viento, sino el terror que desarrollaba en el fondo de mi corazón. Ese terror que se deja sentir cuando la garganta se seca, sintiéndote miserable a cada minuto. Pronto, los latidos de mi corazón golpeaban contra el colchón… ¿por qué Molly no dejaba de discutir?

Ya no me importaba nada, mi nariz empezó a escocerse, las lágrimas empezaron a fluir.

—¡Molly!… por favor… —Mi hermana me calló con sólo una palabra. Más palabras de odio… Dios mío, ¿cuándo acabaría esto? Ese viento no era natural. Mi hermana estaba tan cerca, pero a la vez lejos. Pronto se terminaría esto, ya había rezado mis oraciones, ¡esto no debería pasar!

Inconscientemente, dirigí la mirada hacia el techo. La oscuridad lo devoraba todo, rebelándose contra mí. Un chirriar de dientes me mostraba que ya casi era la hora. Inmediatamente, abracé una de mis almohadas. Mi hermana estaba al borde de las lágrimas, ella lo quería mucho. La señal empezó a irse y sus maldiciones resonaron en toda la habitación.

Pronto conciliaría el sueño. La daga sumisa de la noche se dejó ver a través de un hombre, quien, silenciosamente, se infiltró por la gran ventana de mi cuarto. Gran descuido mío al dejarla abierta esa noche. No se percató de mi presencia. Mientras los sollozos de Molly se volvían cada vez más incontrolables, oí varios ruidos en el piso de arriba. Cada golpe que daba debilitaba mi espíritu, pero me sentía protegida. Sólo esperaba que la noche llegase a su fin.

Las luces de un carro reflejándose en los vidrios de las ventanas superiores rebelaron el diabólico rostro del asesino: era un vil ladrón que siempre acechó mi casa. Mis padres nunca me hicieron caso. Mi hermana dejó de llorar. La noche se puso aún más oscura. Caí desmayada, para dar inicio al sueño eterno.

Miro el reloj despertador, ya es hora de ir al cementerio.

Al conducir puedo sentir una presencia en los asientos de atrás. Me niego a ver, ya sé quién es. Vivir aquella experiencia me había dado una sensibilidad increíble. Siento una respiración en mi nuca, que eriza todos mis vellos. Lo mejor es darme prisa.

Deposito una rosa previamente comprada en una tienda cercana al cementerio en la tumba de Molly, mi querida hermana mayor. Rezo un par de oraciones, sin embargo, me olvidé de la mayor parte de ellas. Hace mucho tiempo había perdido la fe, aun teniendo en estos días el título de católica.

Siempre tengo estos sueños el día de la tragedia. Molly me recuerda esa noche. Esa oscura noche, cuando decidí matarla, por el bien de todos. Convenciéndome, reemplazando mis recuerdos, acerca de un asesino que nunca existió, que nunca nació, y que además, es inocente. Sobre todo, porque Molly estaba cansada de no poder dormir… y yo también.

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