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Moneda

Cuando la gente piensa acerca de su infancia, tiene buenos recuerdos de sus mascotas, o sobre los viajes que realizaron, sobre libros, películas, programas o juegos con los que crecieron. Usualmente pueden pensar que su vida actual es aburrida o monótona en comparación.

Tenemos una tendencia a olvidar que nuestra infancia estuvo siempre llena de negatividad. Nadie parece recordar que las mascotas mueren, que los viajes no valían las agotadoras horas en el coche y la forma en que los medios de entretenimiento no eran tan espectaculares como lo pudieran recordar. Si la gente simplemente se detuviera a pensar, tal vez verían cuán miserable era su adolescencia.

No entienden la avalancha de emociones que experimenta alguien durante este período temprano en sus vidas. Recuerdas cuando tu mamá te compró ese helado en el parque, pero has empujado de tu memoria, hasta la profundad de tu mente, el recuerdo de tu gato huyendo. Por supuesto que te acuerdas de aquella vez cuando se fuiste a la casa del pequeño Billy a soplar burbujas, pero seguramente has olvidado esas horas que pasaste en vela, temeroso de los monstruos en tu habitación.

Ah sí, te acuerdas de ellos ahora. No estás seguro de dónde vienen, o cuando comenzaron a aparecer, pero te acuerdas de ellos. Recuerdas cómo te despertaste bañado en sudor frío entre las sábanas retorcidas, de cómo cada sombra y cada sonido se contorsionó en una figura amenazante o aleatoria por el suelo, te acuerdas de cómo las criaturas de tus pesadillas se escondían en los rincones, debajo de la cama, en el armario, en los mismos lugares en los que esos bichos que tanto odiabas residían.

Pero, por supuesto, con el tiempo creciste. Te diste cuenta de que los monstruos no eran reales. Finalmente comprendiste que la figura en tu cabecera era simplemente la sombra de las ramas del árbol a las afueras de tu ventana.

Los pies que se arrastraban por los suelos de la cocina en la planta baja, eran en realidad las pisadas del perro en busca de migajas y sobras. Todas esas pesadillas eran solo tu imaginación, una vez creciste, utilizaste tu forma primitiva de la deducción; atar cabos.

Pero, ¿y si te dijera que te has equivocado en la deducción de una cosa así?

¿Qué a medida que creciste solo pensabas que habías racionalizado qué era de lo que te escondías todos esos años? ¿Qué los monstruos que pensabas existían no solo eran producto de tu imaginación, sino que eran seres reales de la oscuridad? ¿Y qué con la edad se te olvidó cómo reconocer los signos de su existencia?

Pero por supuesto que no es del todo cierto, ¿verdad? No, tú eres más inteligente que eso. Tú lo sabes mejor que eso. No puedo convencerte de pensar lo contrario. Sabes que no existen los monstruos.

No, no los que estás pensando de todos modos.

Supongo que debo explicarme. No hay manera de que pudieras convencerte de tales novedades antes de explicarme.

Crecí como tú, como cualquier niño normal en ese momento. Vivía en mi pequeña habitación en la casa mis padres. Asistía a la escuela local, tenía amigos con los que jugaba y me gustaban los mismos juguetes y dibujos animados como a todos los demás. La única diferencia era que mientras todos los otros niños vivían en casas a lo largo de las carreteras principales, la mía era más cercana a la entrada del pueblo.

Esta zona en la que vivía estaba en el borde de un bosque. No me importaba mucho, a pesar de que mi madre me había prohibido ir a ese lugar, fui tantas veces como quise. Fue divertido para mí subir a los árboles y hurgar a los muchos bichos que se encontraban allí. Era un lugar divertido para ir cuando no quería hacer mis tareas.

No fue sino hasta unos años después cuando ya era capaz de reconstruir la historia de esta zona boscosa, que después de investigar, descubrí que solía haber un claro en el bosque. El cual se utilizó mucho en el pasado como un terreno de estacionamiento para carros gitanos.

Los gitanos podían residir en ese claro cuando viajaban a través de ésta ciudad, y se alojaban allí por semanas -incluso meses- antes de mudarse a la siguiente ubicación.

Ellos usaron el término gitano con poco rigor de la historia, ya que no creo que eso sea exactamente lo que eran. No robaban de los bolsillos y no trataban de actuar como mendigos. Aparte su llegada y partida era tan desapercibida que la gente del pueblo apenas sabía que existían.

Puedo decir lo que estás pensando. Poco después de que se fueran comenzaron a ocurrir algunas cosas raras. Las cosas desaparecían, las personas morían y la ciudad en sí se convirtió en una especie de pueblo fantasma extraño en el que todo el mundo seguía viviendo, vaya lógica ¿verdad?

Bien, podrías estar equivocado. ¿Sabes lo que ha cambiado? Absolutamente nada. Ni una sola cosa era diferente de cuando los gitanos dejaron la ciudad.

Así que un día a finales del verano, decidí hacer una excursión por el bosque. Mi madre me había dejado en la caja de arena y me informó  que tendría que hacer mi cama por la tarde. Ella tenía pocas habilidades parentales, y aún no había comprendido el concepto de que el patio trasero no es seguro para un niño de mi edad, mucho menos sin supervisión. Cuando se fue, dejé caer mis juguetitos y me dirigí a la parte trasera del patio donde estaba el camino.

No sé si se pueda considerar un camino, pero así es como le he llamado en ese momento. Era un lugar estrecho donde los árboles abrían paso al bosque, algunos arbustos habían sido colocados para bloquear la entrada. Un adulto sería demasiado alto como para poder  ver el camino y poder pasar debido a la fuerza con que se colocaron, pero yo todavía era un niño. Tuve la oportunidad de ver una pequeña abertura entre los matorrales.

Era lo suficientemente bajo como para pasar por la inclinación de la tierra, y era lo bastante pequeño en ese entonces como para escurrirme debajo. Mi madre me cuestionaría después el estado de mis pantalones, pero yo era un niño listo. Después de sacar con una pala un poco de arena de la caja y embarrarlo en las rodillas de mis pantalones, nunca sabría la diferencia.

El bosque en sí era mucho más interesante que el paisaje suave del patio. Estaba lleno de altos árboles, pájaros e insectos de colores fuertes. Todos se fusionaban en una cosa mágica. Era algo que ni mi caja de arena de color beige, ni el interior azul desvanecido de mi habitación, eran capaces de igualar.

Con ánimos aventureros ese día,  decidí profundizarme entre  la hierba alta. Se veía tan atractivo, tan... pacífico. Las ramas parecían formar una curva hacia arriba, formando un techo cóncavo por encima de mi cabeza. Era un espectáculo tan acogedor  que me invitaba a  ir más profundo.

Después de vagar bastante lejos o tal vez solo un poco, nunca estás seguro de un recuerdo de la infancia, ¿verdad? Me encontré con un gran claro. Los árboles sobre mi cabeza se dispersaron, y la hierba raleó a la altura de las rodillas. Nunca había llegado tan lejos antes, y me tomó poco tiempo para disfrutar de la atmósfera. Fue entonces cuando me di cuenta de que el lugar no estaba completamente vacío.

En la esquina derecha del campo estaba un carruaje. Sus pinturas eran de brillante color rosa, amarillo y azul, y daba paso a una bardilla de madera. Las ventanas estaban llenas de polvo y eran opacas, pero no  había una sola grieta en ellas.

Tras una inspección más cerca me di cuenta que la rueda posterior izquierda había desaparecido, por lo que el vehículo en su totalidad estaba encaramado en un ángulo de lo más peculiar. Yo no entendía, pero ahora creo que la rueda de madera se había roto o se le había perdido una pieza clave. Sin querer interactuar con el  asentamiento que les rodeaba, los viajeros tomaron la rueda con ellos con la esperanza de un día repararla y volver.

Recuerdo que la perilla de oro en la puerta frente a mí me intrigó. Como un cuervo  sobre las joyas,  me acerqué. Calentada por el sol del mediodía, la empuñadura dorada prácticamente quemaba al tacto. Para alcanzar, me vi obligado a subir a la primera rueda  e inclinarme lo suficiente para agarrarme con fuerza. Con las manos pequeñas, yo era capaz de girar y tirar de la puerta de par en par.

La decepción se apoderó de mí cuando me di cuenta de lo que había dentro. No había un tesoro oculto de perlas pequeñas  apiladas entre las  legendarias  bolas de cristal y las cartas del tarot, ni nada por el estilo. En mis años de adulto habría asumido que ellos habían tomado hasta el último de sus objetos de valor. Pero, por desgracia, era poco más que un bebé. Yo no sabía nada de nada  y  caí en frustración.

El tejido de los asientos no era mejor que el exterior del carro. Estaban ligeramente rasgados y descoloridos por los muchos años en el tiempo. Muescas se encontraban profundamente presionadas en ellos, haciendo alusión a la cantidad de ocasiones en que las personas lo habían ocupado. Alfombra intrincada había servido de forro  para el suelo y el techo, y la estantería se construyó en el interior para el almacenamiento del equipaje.

Fue entonces cuando me di cuenta de algo en la esquina, más atrás de la plataforma. Tras una investigación más profunda, y después de limpiar las telarañas, saqué lo que parecía ser una pequeña caja de madera. Grabada con símbolos que no reconocí. Plagada de gemas en la parte superior y los lados, las bisagras de metal estaban cerradas por lo oxidado. Me di cuenta de que sería incapaz de abrirla con las manos desnudas.

No recuerdo el próximo curso de los acontecimientos con mucha claridad. Estoy seguro de que fui de regreso a la entrada, oí a mi madre llamándome por mi nombre. Esperé hasta que sus gritos callaron antes de correr para la caja de arena. Al darme cuenta de que la caja todavía se encontraba  bajo mi brazo, enterré el objeto antes de continuar caminando a mi casa. Concluyó al verme que yo había estado jugando en un lugar donde no se oía. Luego me hizo hacer mi cama, y ​​me dio de comer mantequilla de maní y jalea para el almuerzo. Mi día transcurrió con normalidad, y mi madre me metió a la casa una vez la noche había caído.

Había escuchado con tanta precaución, asegurándome de que mis padres estuvieran en la cama antes de que yo hiciera mi camino a fuera de nuevo. Mi padre siempre había sido de un sueño pesado, y mi madre nunca prestó mucha atención a los ruidos en la noche. Me dirigí a la pequeña caja de color beige en el medio del patio y estuve cuidando de no manchar mi pijama. Saqué la caja y me la llevé de vuelta a mi habitación, cerciorándome de no dar un paso en los lugares ruidosos del suelo. Una vez dentro, me fui a la cama con el contenedor seguro debajo de mi brazo.

Cuando la mañana había llegado por fin, y mi madre me había despertado para que desayunara un tazón de cereales con sabor sospechosamente barato y a cartón, regresé a mi habitación. Saqué la caja después de que estuve seguro de que ninguno de mis padres estaría vigilándome.

Recorrí mi habitación, yo necesitaba algo para hacer una palanca. Yo no sería capaz de romperla por el miedo de alertar a mis padres. Recordando a un pequeño soldado de juguete que figura dentro de mi caja donde los guardo, lo agarré y encajé entre el hueco de las dos mitades. Trabajé a lo largo de la grieta para asegurarme de que no había suciedad en el camino, y finalmente, inserté mi soldado en el centro del frente. Forcé con tanto peso como pude a la pequeña figura hasta que el cuadro cedió y la tapa se abrió de golpe.

Contenido dentro, sobre un tejido púrpura suave y aterciopelada,  estaba una moneda de oro. La sujeté hacía la luz, pude ver los hermosos patrones circulares rodeando una sola gema amarilla por un lado, y una frase escrita en un idioma que no conocía al otro. Parecía brillar con la filtración de la luz a través de las ventanas. La moneda se sentía de alguna manera más ligera de lo que debería haber sido, y me sentí atraído por ella.

La sacaba cada cierto tiempo para verla, pero por lo demás, mantuve oculto mi hallazgo de mis padres. Tuve que enterrarla por debajo de la ropa que no coincidía con la de la época actual. Fui capaz de mantener mi secreto personal durante algunos años.

Un día, traté de llevarla conmigo a clase. Habíamos saltado del preescolar a un nuevo grado, teniendo que hacer un show, presentando y contando algo sobre nuestros grados anteriores, pero aún así podíamos traer cosas para los proyectos. Recientemente nos habían dado una tarea que nos obligó a traer algo de nuestra infancia para presentar a la clase. Pensé, ¿qué mejor, que mi querida moneda gitana de oro?

La metí en mi bolsillo y no me acuerdo de ser capaz de mantener las manos fuera de él. Mis dedos bailaban a lo largo de su borde y la gema desprendía un calor del que no me podía resistir, me daba sosiego. La solté brevemente para coger mi bolsa y despedir a mi madre antes de meter la mano de inmediato en mi bolsillo.

Me acerqué a la orilla de la banqueta para esperar el autobús. Estaba tan absorto en la anticipación, el entusiasmo, y ya estaba sintiendo los primeros revoloteos de las alas de mariposa profundas en el estómago. Apenas pude contenerme cuando escuché el putt familiar de motor del  gran vehículo amarillo. Cuando se detuvo en la esquina miré hacia arriba, tan feliz y orgulloso. Se había detenido al lado de la calle y las puertas se abrieron para mí.

Fue entonces cuando lo vi.

Las mariposas revoloteando profundas en mí  fueron inmediatamente reemplazadas por pinchazos de asco y miedo. En el asiento del conductor, en lugar de una imagen familiar del hombre alegre que estaba acostumbrado a ver, me encontré cara a cara con una criatura de aspecto hórrido. Sus ojos eran negros, pequeños y brillantes, y no mostraba inteligencia. Tenía un aspecto de color púrpura-negro, como si hubiera estado pudriéndose bajo tierra durante semanas. Estaba desnudo, y su sexo había desaparecido. Sonrió con dientes podridos.

Me gritó como nunca lo había hecho antes. Me di la vuelta y corrí hacia la casa, justo a tiempo para ver una segunda criatura llegado a la puerta. Éste también estaba desnudo, pero era más femenina en cuanto a figura. Sus cuencas estaban vacías, y  agujeros negros sin alma tomaron su lugar. Su forma era delgada, huesuda y parecía débil. Un fluido estaba incrustado en  el interior de sus muslos. Abrió la boca y produjo un sonido largo de gárgara antes de escupir.

No me acuerdo, pero por lo que puedo deducir, es que entonces  me di la vuelta y estrellé de cabeza contra la puerta del autobús. Mi visión borrosa, y luego en gris, a continuación, ennegrecida.

Me desperté en la cama de un hospital. Ropas azuladas llenas de polvo habían reemplazado la ropa escolar, tubos y agujas salían de cada cavidad. Mi madre estaba sentada a mi lado, y me explicó que los médicos querían hacer algunas pruebas para asegurarse de que estaba bien. Ahora sé que realmente estaban haciendo pruebas de  enfermedades mentales.

Yo hubiera pensado que eran más inteligentes que eso.

Una vez que se confirmó mi estado físicamente saludable, aparte de los tres puntos de sutura en la frente, me devolvieron mi ropa. Fue bueno salir de la bata, pero oh, era mucho mejor tener la moneda de nuevo.

Sentí su peso en el bolsillo. Tan brillante, tan cálida.
Donación Botero. Casa de la Moneda. Gitana con pandereta de cerca. Bogotá
 Después de un montón de gritos y lucha,  finalmente fui capaz de averiguar lo que había sucedido. Me tomó todos estos años unir las piezas, pero finalmente lo tengo. Los médicos, después de verme apuntando hacia ellos y aullar de miedo, me diagnosticaron con lo que debe haber sido un caso grave e incurable de demencia o esquizofrenia o la enfermedad de la semana que pudieran repartir. Me encerraron aquí por eso.

Pero yo sé la verdad. Esta moneda fue un regalo. Me la ha dado alguna deidad superior, y me ha dado el poder de ver a la gente como lo que son. El conductor del autobús era un cerdo glotón que solo pensaba en su miembro. Mi madre, mi querida madre, había pasado de un hombre a otro tantas veces que perdió su identidad.

Estos son los monstruos que se escondían de ti cuando duermes. ¿Ese vecino de tu calle? ¿La qué riega sus flores cada mañana? Sí, ella es uno de ellos. Al igual que el hombre que te enseñó matemáticas en la escuela hasta hace pocos años. Y no podríamos olvidar a tus parientes y amigos más cercanos, ¿podemos?

Lo sé todo, lo veo todo. Incluso tú no eres inmune a los ojos de la moneda, a los ojos de Dios, ahora mis ojos. Lo sé todo sobre tus pecados. Todo sobre tus pequeños secretos, todas esas cosas que tomaste cuando eras pequeño, todas esas mentiras que dijiste en tu infancia.

Pero puedo redimirte de todo, si me pones en libertad.

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