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Ustedes que están tranquilamente leyendo esta historia, quiero hacerles una pregunta: "¿Creen en los fantasmas, en los aparecidos, o quizás mejor, creen en la vida después de la muerte?"

Hay creencias populares que cuentan historias de aparecidos, como en los médanos, en que se cree que todas las noches sale la Santa Compaña, los cuerpos de los muertos que deambulan noche tras noche sin descanso, y ay de aquel que se cruce en su camino; su muerte estará próxima. Pero solo son creencias populares que se han ido transmitiendo de generación en generación; o quizás hay algo más. Piensen y recapaciten mientras leen el relato de esta noche que lleva por título:

"Hace tres meses que perdí a mi esposa Laura en un accidente de automóvil. Desde ese día no la he podido olvidar. Todavía recuerdo su precioso pelo largo, su aroma fresco y natural, sus preciosos ojos azules, pero sobre todo lo que no he podido olvidar es su preciosa sonrisa.

Todo este tiempo no he dejado de llevarle un ramo de rosas rojas a su tumba, sus flores favoritas. Y no he dejado de pedirle que regrese a mi lado...".

En el reloj de pared sonaron las doce de la medianoche y José se dispuso a acostarse. En ese instante sonaron unos golpes en la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas? José no esperaba ninguna visita.

Abrió la puerta y en su cara se dibujó un gesto de estupor. Al otro lado, en el frío de la noche, estaba su esposa Laura; no podía ser, pero era ella, mucho más demacrada, pero era Laura. José se dispuso a abrazarla y en ese momento, de la boca de Laura salieron estas palabras:

"No me toques, no se te ocurra tocarme. Si he venido ha sido solamente porque tú me lo has pedido".

Laura entró en la casa y se sentó en su sillón favorito, y pidió a José:

"Tráeme un ovillo de lana y las agujas de hacer punto".

José entró en la habitación y volvió con las cosas que le había pedido su esposa. Cuando Laura las cogió en sus manos, comenzó a hacer punto frenéticamente; parecía un autómata. José se quedó absorto mirándola, y no se dio cuenta de algo que se movía en uno de los ojos de Laura... ¡Era un gusano!

Además tampoco se apercibió de que un trozo de piel de la mejilla de Laura había caído al suelo, y se podía ver el hueso. José estaba cansado. Preguntó a Laura si quería acostarse, esta negó con la cabeza. José se acostó.

Despertó a las cinco de la madrugada. Se acercó al sillón y allí estaba Laura, haciendo puntosn en la lana. Parecía algo demoníaco y José se abalanzó para quitarle las agujas, entonces...

A las nueve de la mañana entró en la casa la señora de la limpieza. Y la escena que vio en el comedor no la olvidaría nunca. En el suelo, en medio de un gran charco de sangre, estaba el cuerpo inerte de José con el cuello atravesado por dos agujas de punto.

Y en el sillón estaba su esposa Laura...

Esperamos que les haya gustado el relato, que pasen una feliz noche, y cuidado con las agujas de hacer punto.

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