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Me siento en la tercera fila. Es imposible saber dónde se sentó ella, pero esta fila está bien. Cerca de la pantalla, donde se ubican los dos únicos y viejos altavoces; lejos de la puerta de entrada, que chirría. Espero. Se oyen pasos en alguna otra parte del cine, pero no en esta sala. Estoy en el sótano. 

En la sala grande exhiben un estreno americano. Sería una exageración decir que había cola, pero al menos se percibía un cierto revuelo. En la sala “B” se oyen, se sienten, sus pasos: el techo, el suelo que ellos pisan, tiembla, a pesar de la moqueta. ¿Por qué vendría Alicia a ver una película como “Noche y Muerte”?

Su compañera de piso, Elena, estuvo a punto de acompañarla, pero en el último momento se lo pensó mejor. También me dijo: “Es enfermizo seguir los pasos de tu ex novia por toda la ciudad”.Puede ser, pero aquí estoy, ¿no?

Los altavoces tiemblan, como si acabaran de hacer contacto.Pero no se apagan las luces ni suena ninguna canción ni se proyecta nada en la pantalla que, por cierto, tiene una esquina sucia y doblada hacia adentro.La puerta de la sala cruje al abrirse: parece que no voy a ser el único espectador.

“Noche y Muerte” es una película francesa que, asegura, toma los códigos del cine de terror adolescente, los desnuda del efectismo del género y los trasmuta para convertir la historia en un romance apasionante. Y en cine con mayúsculas, según un crítico de un importante periódico nacional.

No veo qué interés pudo tener Alicia en verla. Ella es de cómics, adaptaciones de cómics y largas sagas de fantasía… Incluso físicamente parece un dibujo animado japonés de carne y hueso. Yo… Yo sí soy un amante del cine en Mayúsculas. Detesto lo fútil y lo accesorio. En mi vida, siempre he buscado lo imprescindible y trascendente. Creía, por ejemplo, que mi relación con Alicia era irreemplazable, única, valiosa. Ingenuo de mí. Pensaba que tenía una joya.

Suena una radio. ¿En serio?  ¿De verdad, quienquiera que haya entrado en la sala, ha puesto su puto mp3 en alto mientras empieza la película?

Noto cómo está a punto de tener lugar uno de mis ataques de ira. Uno de esos que Alicia tanto detestaba cuando estábamos juntos. Me agarro al reposamanos de la butaca y me giro… me detengo en seco.

Juraría que el otro cliente de la sala es un mendigo. Lleva un abrigo de mujer, sucio y roído. Su pelo, ralo y largo, cae sólo por un lado de su cara, llena de manchas negras y restos de comida. Sostiene una vieja radio que se está quedando sin pilas en el regazo. Se ha sentado en el otro cuerpo de butacas.

El pasillo central nos separa. Vale, quizá es un mendigo, y tal vez está loco. Pero eso no le da derecho a estropearme la proyección (es más que una proyección, ¿recuerdas? Es un paso más en mi proceso suicida de reabrir todas las heridas y dejar en carne viva mi última pero más auténtica relación). He pagado una cantidad desorbitada, en comparación con la calidad del pase al que voy a asistir, así que… Termino de darme la vuelta y mi butaca cruje. El mendigo reacciona. Mira en mi dirección, pero no hacia mí.

—¿Hola? ¿Quién hay? ¿Quién es? No entiendo nada. ¿Es ciego?

El mendigo apaga la radio antes de decir: "¿Eres tú, diablo?"

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