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Contenedores, bolsas de basura, cagadas y meadas de perro. ¡Escaleras de incendios! Instintivamente, me vuelvo y tiendo la mano a Alicia. Instintivamente, ella la agarra. Nos miramos.

-Esto no significa nada, sólo estoy asustada.

-Tranquila, voy a soltarte cuando estemos abajo.


Bajamos. Con prisas, con ansia por sentirnos fuera del alcance de ese ser. Cautos. Puede estar en cualquier lado.


Entre el último peldaño de las escaleras y el suelo hay como tres o cuatro metros de distancia. Hay que saltar, pero también hay varias bolsas de basura en el callejón, que serán nuestro colchón.


Suelto la mano de Alicia. Ella cierra los ojos y da un paso al frente. Cae. Una bolsa se rompe. Se desparraman palomitas. Alicia rueda hasta una esquina. Dos segundos inmóvil. Se apoya en un brazo, luego en otro, y se incorpora. Respiro aliviado. Después, ella grita; me mira a mí, mira las bolsas de basura.


Algo se revuelve bajo las bolsas de basura. El mendigo. Ha perdido todo rastro de afabilidad. Emerge de entre el amasijo de plástico negro y se lanza a por Alicia. La agarra del brazo, la zarandea, la lanza contra la pared, se escucha el crack de su cabeza contra el muro…

Y yo me vuelvo insensible; salto al callejón, se me clava algo que hay en una de las bolsas, pero me da igual, porque ya tengo heridas en el brazo y he podido seguir avanzando, y ese hombre no va a volver a ponerle la mano encima a mi chica.

No me ha visto llegar, así que le agarro del pelo, su cabeza hacia atrás, y tiro como si la piel fuera una máscara; no lo es, a juzgar por sus gritos. Alicia también chilla. No me extrañaría que la muy zorra pensase que esto que estoy haciendo por ella también es reprochable. Corre. Avanza por el callejón hasta llegar a la Gran Vía.


-¡Socorro! ¡Ayuda, ayuuuuuuuuuda!


El mendigo ha desfallecido. Paso por encima de él y, cuando voy a seguir los pasos de Alicia, descubro que no puedo moverme. Algo me inmoviliza. El ser… Pero no me da miedo. Estoy envolviéndome en su calidez poco a poco. La sensación me recuerda a cuando mi madre, de niño, me llevaba a la playa y, al atardecer, con el mar en calma, me cogía de la mano y se sentaba conmigo en la orilla. No me había dado cuenta hasta ahora de cuánto necesitaba un descanso. Cerrar los ojos, dejarme caer, aliviar tensión…

La última vez que Alicia y yo hicimos el amor. Las llamadas a deshora. Las llamadas a horas normales sin respuesta. Las peleas. La borrachera con amigos que acabó en gritos en mitad de la calle. Su cara. Mirando a un camarero del que había sido compañera de clase en el instituto. Buscando en su móvil algún signo. Oyéndola hablar en sueños sobre alguien que no soy yo. La primera separación. La segunda. La última. Búscándola por las calles…


Mis pensamientos, mis recuerdos, fluyen. Se evaporan a través de mis poros, los absorbe él. Toda mi convulsión se revuelve, ahora, bajo su piel. Y estoy horrorizado: descubro que no tengo pensamientos y recuerdos, sino escorpiones, arañas y serpientes. Se atacan entre sí.

Estoy viendo lo que había en mi cabeza; estoy viendo mis dolores, mis migrañas: explosiones de veneno, fruto de la batalla, disparadas a las paredes de mi cráneo. Mi consciencia vuelve al callejón. El ser me sonríe. Vuelve el miedo. Me suelta y se escabulle. Repta entre las bolsas de basura, sube por la fachada como una lagartija de tamaño humano, confundiéndose con las sombras de la escalera de incendios.


En la boca del callejón, Alicia señala hacia donde yo estoy. Varios viandantes han acudido a auxiliarla. Está alterada, llora, se consuela en el hombro de una chica. Doy un paso. Puedo moverme. Otro. Otro más. Me siento liviano. Me siento ingrávido. Me…

Una enfermera me dice que me desmayé y me di un mal golpe en la cabeza. He pasado siete días ingresado, pero ya no hay ningún motivo para que continúe en el hospital, así que me toca salir.

En estos siete días, Alicia no se ha acercado a verme ni una sola vez. Y no me importa. Debería estar escandalizado, asustado, horrorizado de mí mismo, pero me siento bien. Sin embargo, en algún momento tendré que enfrentarme a ello, y será doloroso: antes, era un hombre malvado y rencoroso.

De alguna manera, aquel ser absorbió todo el odio que había en mí. La cuestión es que, sin ese odio, no soy nada. Estoy muerto. Deambulo por las calles y mi cabeza vaga, imprecisa, por recuerdos que ahora no provocan ni ira ni rabia. Todo lo que yo era, lo que me daba sentido, ya no está.

Alicia no ha venido a visitarme, y no la odio por eso. Tampoco la deseo. Pienso en ella como quien piensa en un maniquí. A veces, me detengo en la acera frente a la fachada del cine.


A veces, me parece ver al ser, encaramado en el letrero luminoso, observando a los viandantes de la Gran Vía. Pero nadie más parece verlo.

Una vez, le dije a uno de los mendigos: “Eh, mira el luminoso del cine. ¿Qué es aquello que está enroscado en los hierros de arriba?”.


El mendigo miró hacia donde yo le decía. Luego me miró a mí, y salió corriendo. A veces, lo que yo pienso que es esa cosa resulta ser sólo una sombra de la fachada.

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