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- No lo harás- dijo la madre.- No te pondrás ese tonto piercing en la nariz. Te afeará. Tienes un rostro hermoso, ¿por qué quieres arruinarlo así?

Pero Carina no la escuchaba. Tenía quince años y sus amigas exhibían orgullosas sus tatuajes y piercings, todas excepto ella.

Por si fuera poco, el día anterior, en el colegio, un compañero le había dicho que parecía una nena de diez. Ella fingió no escucharlo, pero lo primero que hizo al llegar a casa fue pararse desnuda frente al espejo del baño.

Y entonces pensó, con desaliento, que su compañero tenía razón; aparentaba diez o a lo sumo doce años.

Los pechos planos, la cara aniñada, incluso ese maldito flequillo que usaba desde que tenía memoria… Con razón nunca la invitaban a las fiestas. Aunque un piercing podría cambiarlo todo. Sus amigas la respetarían, y los chicos… bueno, los chicos quizás comenzarían a mirarla.

- Quiero hacerlo, madre- insistió ella-. Soy dueña de mi cuerpo, puedo hacer lo que quiera con él.

- Cuando cumplas dieciocho te lo dejaré hacer.

- ¡Faltan tres años, mamá!- gritó Carina.- ¡Para ese entonces seré una vieja!

- No exageres, hija- sonrió la madre, acariciándole el pelo-. Además, los piercings son peligrosos. Fíjate en lo ocurrido con la nieta de Mabel Giménez.

- Oh, por Dios- dijo la chica, poniendo los ojos en blanco.- ¿Acaso crees que todavía tengo siete años y me asusto con los cuentos del Coco?

- Lo que le sucedió a esa chica fue horrible- prosiguió la madre, sin prestarle atención-. Ella también quería ponerse un piercing, en la lengua. Y lo hizo, porque los padres eran muy permisivos.

Piercing

- Sí, y después vino el lobo y se la comió. Seguro.

-Fue peor. La lengua se le empezó a hinchar. El tipo que le puso el piercing le advirtió que pasaría algo así, que era una reacción normal, pero a la noche esa chica apenas podía hablar.

Y a eso de las dos de la mañana comenzó a ahogarse. La lengua se le había hinchado tanto que le obstruía las vías respiratorias.

La llevaron de urgencia al hospital, y luego de quitarle el piercing tuvieron que hacerle una traqueotomía y le inyectaron penicilina. Pero aún así su lengua seguía creciendo. Los médicos no podían explicarse este fenómeno y comenzaban a sospechar que el piercing tenía algo, una sustancia venenosa o algo así.

Los padres, además de asustados, estaban lógicamente furiosos, querían denunciar al tipo que había colocado el piercing. Preguntaron a una amiga de la chica dónde quedaba el local, y ésta los llevó a un barrio oscuro y lleno de casas abandonadas...

- Sabes muchos detalles- dijo Carina, tratando de parecer sarcástica aunque había comenzado a impresionarse por la historia.

- Y les mostró el local- siguió la madre-. Y allí no había nada. El local estaba cerrado y parecía en abandono desde hacía mucho tiempo. La amiga de la chica juró y rejuró que habían ido ahí, y para convencerlos dio detalles del tipo. Dijo que era gordo y tenía el pelo largo. Y el tatuaje de una tarántula negra en la palma de la mano.

Los padres dieron aviso a la policía, y entonces recibieron una llamada urgente del hospital. Su hija estaba muriendo. La lengua había crecido tanto que se había deformado. Ya no podía cerrar la boca porque un trozo esponjoso de lengua asomaba permanentemente entre sus labios.

Les mostraron una radiografía del cráneo de la pobre chica: la lengua era como un pulpo enorme, ramificado y vivo, que ocupaba gran parte de la cabeza. Poco después murió.

- Oh, por Dios- dijo Carina, llevándose inconsciente una mano a la boca.

-Bueno, no quería asustarte pero eso fue lo que pasó. Ahora vayamos a dormir, ya es tarde y mañana tienes colegio.


Pero a mitad de la noche Carina se llevó una mano a la frente. ¡Qué tonta había sido!¡Haberse dejado asustar por esa ridícula historia!

Se levantó de la cama y mandó un mensaje a su mejor amiga:

“Lo haré esta noche, pásame a buscar en media hora”.

Luego se vistió y salió por la ventana. No tuvo que esperar mucho: al rato el coche destartalado de su amiga apareció doblando la bocacalle.

“¿Sabes dónde ir?”, preguntó Carina. Y su amiga le dijo que claro, y la llevó a un lugar donde la atendió un hombre alto y delgado. Carina se relajó. En el relato de su madre, el hombre era gordo y además tenía el pelo largo.

- Yo esperaré afuera, las agujas me impresionan- dijo su amiga.

- ¿Es tu primera vez?- dijo el joven, una vez que quedaron solos.

- Sí- respondió Carina, de repente nerviosa.

El hombre la sentó en una silla algo sucia y le colocó unos grilletes en las muñecas. La chica lo miró interrogante.

- ¿Qué haces?

- Es por tu seguridad- dijo el tipo, mostrándole una pequeña jeringa.- Muchos se mueven cuando les pongo la anestesia local.

Pero Carina no miró la jeringa, sino la mano del hombre, cuya palma extendida tenía el tatuaje de una tarántula negra.

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