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Ojos (1)

Estoy cansado, realmente cansado… No puedo más, pero aún así me resisto a intentar dormir. Llevo mucho tiempo corriendo, viajando, intentando escapar de un horrendo destino que me he ganado a pulso. Aunque en ese entonces no imaginaba lo que mis acciones desencadenarían a futuro. Fue mi decisión la que me llevó a esto.

No fue intencional, y aún así fue mi culpa que todo esto sucediese, por mi maldita curiosidad y mi estúpida impulsividad. Ahora no puedo hacer más que correr, intentar escapar, huir de algo que no descansa ni se detiene por encontrarme.

No sé cuánto tiempo más podré seguir así… El sueño es insoportable, el cansancio abrazador, la fatiga inmensa… pero no puedo dormir. No debo dormir. Ni en mis sueños estoy a salvo. De hecho es allí donde más peligro corro. Él puede verme cuando duermo, oh sí, claro que puede… Su mirada duele como el filo de una navaja introduciéndose en mi estómago; profunda y desgarradoramente repulsiva. Me aterra.

No voy a dar mi nombre, porque no tendría sentido, sólo escribo esto para entretener mi mente y evitar rendirme al sueño, al menos por un par de horas, hasta que la señorita detrás del mostrador me comunique que haya un asiento libre para el vuelo más inmediato. A cualquier lugar, no me importa, sólo quiero estar en movimiento, ya que así es la única forma de conciliar el sueño con menos riesgos de que me atrape.

Pero no he de engañarme, no es seguro, nunca lo es.

Necesito dormir, mi cuerpo necesita reposo, pero mi mente corre un gran peligro… y temo que también mi alma.

Desconozco la naturaleza de lo que estoy viviendo realmente, pero no creo querer saber. Lo que he visto me basta para evitar querer saber más. Me rehúso a intentar comprender lo que sucede realmente. Sólo quiero escapar.

Debido a lo que vi, a lo que sé, he estado huyendo todo este tiempo, sin siquiera detenerme a pensar en mis posibilidades de éxito.

A medida que los días pasan mi esperanza mengua exponencialmente, y con ella mi cordura. No sé si algún día lograré liberarme de mi perseguidor. Todo indica que no, y eso me quita todo vestigio de voluntad y estabilidad emocional que he logrado mantener después de ello. Pero no he de rendirme, no aún.

No es esperanza lo que me mueve, sino 0miedo. Podría describir todas las pesadillas y horrores habidos y por haber en la imaginación más retorcida del psicótico más demente que este mundo pueda engendrar, y sólo lograrían hacerme sentir a salvo comparado con él. Sobretodo porque él es real. Y me ha visto.

Hace ya tres meses que corro. Tres meses en el infierno. Tres meses de miedo.

Pero no cualquier miedo, sino el horror, un horror que desearía calificar “de otro mundo”, pero lamentablemente no lo es. Es un horror que habita este mismo mundo, o al menos lo transita, al igual que otros. No tiene nombre, y si lo tuviera no quiero saberlo, su rostro me atormenta en mis recuerdos exaltándose cada ves que divago en pensamientos aleatorios, como si en esos momentos él estuviera mirándome. Sé que lo hace.

Todo comenzó esa noche maldita. Un fatídico martes en el que fui transferido a un poblado rural en algún lugar de Europa, como nuevo miembro del cuerpo de policía local. Era un pueblo pequeño, tranquilo, humilde. La gente era cálida, un poco hosca, pero agradable.

Al ser un poblado de unas pocas casas de madera, dedicados a la agricultura y ganadería ovina, no era un lugar en el que ocurriesen muchos delitos más que algún que otro ladrón de gallinas movido por el hambre o la necesidad, por lo que mi nueva vida prometía ser relajada y poco emocionante.

Justo lo que necesitaba, la vida en la ciudad me sobre-extenuaba y el estrés resultante me estaba convirtiendo en un patán.

Por lo que veía como un gran alivio ser reasignado a un lugar así.

Cómo me arrepiento.

Compartía mi trabajo con otros dos oficiales, el comisario y su ayudante. Cinco policías para un pueblo de diez o quince habitantes.

Todo iba muy bien, la gente me recibió con mucha calidez, y en pocos días me sentí como en casa. La rutina diaria se sentía como una dulce terapia contra el estrés, y el aire me estaba sentando muy bien.

Hubo un par de problemas referentes a ciertas disputas territoriales entre dos vecinos que cultivaban cereales cerca de la ruta principal, que conectaba el pueblo con la ciudad más cercana, pero no fue gran cosa y pudo ser solucionado con un poco de elocuencia y sentido común.

Así transcurrieron varias semanas, en las que fui conociendo a la gente y sus costumbres. Me llamaba mucho la atención que los aldeanos siempre evitaran un sendero de cabras en la ladera de una sierra cercana, a unos Km. al Noroeste, y cuando hacía comentarios al respecto todos evitaban el asunto de las formas más curiosas.

Supersticiones, por supuesto, la gente de lugares así suele tener fuertes supersticiones, así como costumbres y tradiciones. Como el hecho que todos tocaban el marco de la puerta al ingresar a una casa, como pidiéndole permiso a la construcción para acceder a ella más allá de que el dueño le haya invitado a pasar. No cuestiono tales costumbres y supersticiones, por eso nunca insistí en demasía por averiguar más sobre aquel sendero.

Pero el día que un ladrón de ganado se llevó la oveja favorita del señor Gutiérrez y escapó a través del dichoso sendero, no pude quedarme tranquilo con el abandono de la búsqueda, por parte de mis compañeros de trabajo y la aprobación del señor.

Insistí en continuar pero se negaban rotundamente sin aceptar dar explicaciones.

“El mal yace al final de ese camino” fue lo único que atinaron decirme ante mi decidida insistencia.

No conforme, me resolví a proseguir la caza del ladronzuelo por mi propia cuenta. Estaba oscureciendo, por lo cual los demás se mostraban tensos estando cerca del sendero. Al proclamar que continuaría la búsqueda sólo me miraron estupefactos, decían que era una locura, que estaba anocheciendo y era más peligroso, ya que en la noche la barrera entre este mundo y “aquel”, como se refirieron, era más débil.

Hice caso omiso de dicha advertencia, y vi en la oscuridad creciente una buena oportunidad de atraparlo, pues seguramente el ladrón no viajaría en la oscuridad, y menos sabiendo que los aldeanos del lugar temían el camino que había tomado, supuse.

Aún así, por precaución me tomé el tiempo de regresar al cuartel de policía y tomar balas para mi revolver. Entonces sin más tiempo que perder me puse en camino.

Se me erizó la piel cuando observé la mirada de la gente sobre mí mientras salía del pueblo. Me miraban con desaprobación, pero no de forma despectiva, más bien sentían lástima, como si supieran el gran error que estaba cometiendo. Definitivamente lo sabían.

Atravesé el campo que separaba el pueblo del sendero maldito con inusitada calma, que sería mi perdición, pero entonces no lo sabía.

El sendero corría recto, con algunos tramos sinuosos esquivando rocas y accidentes del terreno, al principio no lo noté, pero el silencio era absoluto, no había alimañas ni se escuchaban los habituales grillos ni chicharras. En un comienzo no me afectó, pero al cabo de media hora de caminar el aberrante silencio comenzó a inquietarme.

Entonces me pareció escuchar un murmullo leve más adelante, aceleré el paso y pude ver una sombra que se alejaba corriendo. Emprendí carrera aún con la poca visión que poseía en la absoluta oscuridad, la luna distante apenas se veía entre las espesas nubes de invierno.

Habré recorrido cuatrocientos metros y ya cerca del pequeño valle entre las sierras la luna asomó iluminando tenuemente, lo suficiente para vislumbrar una estructura cavernosa en una ladera, me acerqué sigilosamente y lamenté no tener una lámpara o linterna.

Ingresé con cautela, escuchaba los pasos de mi objetivo más adelante, estaba completamente oscuro así que encendí mi encendedor con la esperanza de obtener un poco de visión, pero sólo conseguí quemarme un dedo y seguir sin ver en absoluto. Me decidí por continuar y avancé cuidadosamente. Luego de un buen tramo de caminata a oscuras, tanteando las rocosas paredes húmedas, distinguí luz y mi paso se aceleró con más confianza.

Una extraña sensación me inundó repentinamente, pero no le di mucha importancia, lo asocié con el lúgubre ambiente del lugar.

Acercándome al fantasmal resplandor pálido que había observado anteriormente, noté que mi piel se erizaba, ya al final del túnel no sabría describir lo que encontré.

Habrán pasado un par de horas desde que partí, recién estaba anocheciendo, pero allí me encontraba ante una reja antigua, de oscuro hierro oxidado y al otro lado, una iluminación fantasmal que no parecía de este mundo.

De hecho, detrás de la reja era de día, o daba esa impresión. Sé que suena demasiado irreal, pero esa era la imagen que presencié entonces. Aunque una bruma nebulosa parecía opacar todo lo que había del otro lado. Me llamó la atención unos pequeños cúmulos humeantes de rebuscada forma piramidal esparcidos por todos lados detrás.

No sabría explicarlo realmente, pero en ese momento tenía la impresión de que podrían ser cualquier cosa, como si todo objeto, ser, o cosa se viera así desde este punto.

No obstante, presentí como si un peligro inimaginable me esperara del otro lado, pero al ver a mi presa saltando la reja en ese mismo momento y desparecer entre la bruma en forma de otro oscuro cúmulo humeante, no me detuve a considerar dicha sensación, y salté yo también.

El averno me lleve si miento al describir el panorama que encontré al otro lado; era de día… Sí, de día, aunque deberían haber sido las 11 de la noche, allí había un cielo aberrantemente azul, con nubes blancas reposando pacíficamente en lo alto. Era horrible, ese cielo azul me inspiraba una punzante sensación de antinaturalidad que me es imposible explicar.

Estaba en una especie de granja abandonada, la tierra estaba labrada muy profundamente, cada zanja tendría cerca de 50cm de profundidad, lo que hacía algo dificultoso caminar. A un lado había una elevación pequeña en la que estaban “sembradas” todo tipo de herramientas de jardinería; palas, rastrillos de mano, y utensilios varios, todos enterrados por el mango, creando una imagen que resultaba extrañamente perturbadora.

Algo me decía que no tocara ninguno de esos objetos, o lo lamentaría. Así que avancé unos metros y me detuve a contemplar estupefacto el paisaje frente a mí, un enorme bosque verde que abarcaba todo, montañas a lo lejos regalándole a la escena sus tonos grises y blancos en la lejanía.

Pero más sorprendente eran esas edificaciones que asomaban entre la espesura lejana, parecían rascacielos, pero eran de un color plateado, metalizado, redondeados, sin ángulos o lados rectos, recordaba a viejas imágenes futuristas de épocas pasadas e inspiraban una sensación de soledad enorme, no me pregunten por qué.

Volteé al escuchar pasos alejándose a la carrera, y vi a mi objetivo adentrándose en el bosque. Me dispuse a seguirlo pero otra visión me detuvo helándome la sangre. En el límite del bosque con el espacio abierto en el que me encontraba había otras muchas edificaciones, estas de ladrillo, contemporáneas, pero destruidas por el paso del tiempo.

La inquietante sensación de dicho panorama era desoladora, me aterroricé indescriptiblemente ante la estremecedora sensación de amargura y tristeza que me produjo la visión de esa ruinosa parodia del mundo al que pertenecía, pero nada comparado a lo que vendría a continuación.

Me acerqué dubitativo, temeroso por motivos desconocidos para mí, cuando un murmullo de pasos pesados sobre una derruida construcción cercana me sobresaltó. Dirigí mi mirada hacia el lugar de donde provenían, de pronto observo un individuo caminando pesadamente sobre el techo de lo que al parecer, alguna vez había sido una casa.

Era un hombre, delgado, con la piel pegada a los huesos, le costaba caminar, parecía herido, tenía los brazos cruzados al pecho, como con frío, su piel verdosa de putrefacción, emitiendo sonidos agonizantes. Palidecí, no reaccioné de ninguna manera pues me era imposible siquiera concebir qué demonios era eso, entonces ya cerca del borde del techo se inclinó y vomitó gran cantidad de una sustancia verdosa, putrefacta y viscosa.

Me hice a un lado, pues se me ocurrió que pudiera ser ácido, pero no lo parecía una vez cayó, aunque tuve la sensación de que nada bueno resultaría si lo tocara. No sabía qué pensar, ni qué hacer, hasta que presté atención a todo mí alrededor. El lugar estaba plagado de seres igual sino más repugnantes, eran decenas o más, sólo caminaban, se arrastraban, reptaban o se desplazaban de formas inconcebiblemente extrañas y repugnantemente escalofriantes.

Me horroricé. Por alguna razón ninguno reparó en mi presencia, era como si no existiera. Presumí que mientras no los tocara a ellos o cualquier cosa en el lugar seguiría siendo así. Pero en ese momento caí presa del pánico y el terror.

Di media vuelta resuelto a irme, pero algo dentro de mí me advirtió que no debía, tuve la sensación de que ese detestable lugar en el que me encontraba no me dejaría, como si presintiera que ese infernal escenario en el que me encontraba tuviera la capacidad y el deber de evitar que todo ser, ente, o cosa saliera, y yo no era la excepción.

Me llegó el pensamiento de que quizá tuviera que permanecer allí eternamente, en compañía de esos engendros salidos de quién sabe qué retorcida concepción de la realidad, desplazándose sin rumbo, autómatas escalofriantes cubiertos de sangre y sustancias viscosas de inescrutable procedencia, llenos de verrugas, tumores enormes de mas de 60cm de circunferencia, seres aformes reptando entre figuras retorcidas de aberrante e indescriptible morbosidad, potenciado por el hecho que todos conservaban algún rasgo que hacía pensar que alguna vez fueron humanos.

Este pensamiento insoportable terminó de destruir lo poco que quedaba de mi pobre cordura. Estaba luchando contra mí mismo por decidirme a arriesgarme a regresar, cuando noté para pavor de mi ya destruida estabilidad emocional, que accidentalmente había removido uno de los utensilios enterrados descritos anteriormente. Eso no era bueno.

Un grito desgarrado y apagado me hizo voltear nuevamente.

A unos metros a mi derecha, sobre los restos de lo que parecía haber sido una casa de dos plantas se encontraba un ser humanoide, diferente al resto, pues este inspiraba una imponencia aterradora. Era alto, unos dos metros y veinte o treinta cm, flaco, raquítico, pero la poca musculatura que poseía le daba un aspecto siniestramente aterrador.

Estaba cubierto de vendajes por todo el cuerpo como única vestimenta. Lo cubría una gran cantidad de sangre, pero no podría asegurar que fuera suya, en su mano izquierda empuñaba un machete de un metro diez de largo, oxidado y cubierto de sangre seca.

Pegó un salto enorme hacia mí, pero presa del pánico no atiné a moverme siquiera. Cayó enfrente de mí, apenas a unos cm, aunque no se percató de mi presencia. Lejos de aliviarme por ello tal fue mi aterrorizada reacción que lo golpeé en el rostro. No le produje daño alguno, ni siquiera pareció afectarle, apenas el golpe logró voltearle levemente el rostro, y como me temía ya no era invisible ante él.

Sin saber qué hacer o esperar permanecí inmóvil cautivo del miedo. Volteó hacia mí y me miró con lo que podría definir como una expresión de inexpresiva furia retorcidamente demoníaca. Si mis piernas no temblaron al ver lo que vi, fue debido al miedo paralizante del que era víctima. Su rostro asquerosamente deforme, una boca de lado a lado, sin mejillas, llena de cientos de diminutos dientes, y suturas por doquier estaba coronado por un enorme ojo que le cruzaba la cara de forma diagonal.

Un ojo amarillento observándome detenidamente. En él pude vislumbrar toda la sanguinaria, cruel, despiadada y tortuosa alma de tal inenarrable criatura pesadillesca.

Me es imposible describir el horror… el terror que sentí. No recuerdo qué sucedió, solo sé que corrí. Corrí y corrí, salté la reja y volví, presa del horror y el terror más aberrantemente-surrealista jamás concebido por conciencia alguna. Corrí, sólo corrí, robé un caballo y cabalgué desquiciadamente hacia la ciudad, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para recuperar algo de compostura y comprar un pasaje de tren lo más lejos e inmediato posible.

Hace ya tres meses que huyo, y aún no me siento a salvo. No puedo explicarlo, pero de alguna forma entendí que ese engendro ciclópeo no descansaría hasta atraparme. En el momento que me miró supe que estaba perdido, como si el hecho de que me hubiera visto significara que supiera quién soy, como si me hubiera marcado, él ahora me conocía y me había convertido en su presa.

No me es posible saber si hay algún lugar seguro en esta tierra. Tengo miedo, estoy desesperado, no sé qué hacer, sólo espero que nunca me encuentre, aunque tenga que llegar hasta el mismísimo fin del mundo, no me detendré jamás, no dejaré que me atrape, prefiero morir antes que eso. Y lo he considerado, pero algo me impide terminar con mi vida, temo que sea por su influencia antinatural.

Algo va mal, de repente el aeropuerto parece abandonado, la señorita detrás del mostrador no está, no hay nadie más en la sala de espera y el silencio se hace notar. Tengo miedo, creo que él está cerca. Me escondí detrás del mostrador, estoy desesperado, no tengo a donde ir y siento olor a sangre vieja…

¡Dios! Escucho pasos pesados y el sonido de metal siendo arrastrado por el suelo. Él está aquí, lo sé, por dios, ¡Estoy atrapado! El sonido del metal se escucha cada vez más cerca.

Una respiración forzosa al otro lado del mostrador, ¡Dios mío, por favor, apiádate de mi!

Él me encontró, está del otro lado del mostrador, lo sé, lo sé, me saborea, siento el olor a la sangre que lo cubre y el rasgado respirar, estoy perdido, no puedo ver, tengo miedo, me tiemblan las manos y no puedo moverme. Alguien que me ayude por favor no quiero qu-[el texto termina abruptamente].

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