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Muerte-desconocido

Hacía frío y a mis pies helados cada vez les costaba más avanzar. La escarcha del asfalto crujía bajo mis pasos y mis manos entumecidas reclamaban urgentemente un poco de calor.

Un manto de nieve cubría toda la región y los carámbanos asomaban como afilados dientes en los bordes de los tejados dándole a la zona el aspecto de una postal de Navidad. Sin embargo, la tarde era gris y unas nubes plomizas cubrían el cielo desde el amanecer.

En otras circunstancias habría disfrutado del bello paisaje que se extendía ante mí, pero había algo en el aire, en la atmósfera de aquel lugar, que daba al pueblo una apariencia tétrica y triste a la vez.

Poco a poco, fui vislumbrando con mayor nitidez la iglesia. El tramo de carretera por la que yo bajaba, descendía directamente hasta ella. La construcción se hallaba al pie del asfalto y una multitud de coches se distribuían en torno a su perímetro.

Algún que otro rezagado se apresuraba a entrar, suspirando, después de echar un vistazo al reloj. Inconscientemente, salvé el escalón del vestíbulo y, empujando con unas manos congeladas de frío una de las puertas de acceso, penetré en el interior de la iglesia.

La estancia estaba abarrotada. El número de bancos no era suficiente para acomodar a tantas personas por lo que, la muchedumbre había ocupado los pasillos. Busqué un hueco entre la gente y, en ese momento, mis ojos tropezaron con un objeto situado frente a los primeros asientos.

Inmóvil, lo contemplé lentamente. Un ataúd yacía a los pies del altar. Y yo me quedé allí, mirándolo, tratando de comprender, de asimilar, mientras un torrente de recuerdos emergía de nuevo en mi cabeza, empujándome a la realidad en la que no quería creer.

-Fue horrible-me había dicho-Yo corría y corría, pero mis piernas pesaban como el plomo y no podía avanzar. Una oscuridad cada vez más densa comenzó a rodearme, hasta que ya no pude ver un solo palmo de luz.

Y una sensación extraña se apoderó de mí. Tenía miedo, mucho miedo y el pánico que sentía se hizo insoportable en mi interior. Escuché una voz fría, fría y dura que susurraba en mi oído no sé qué palabras. Y alcancé a ver, en medio de la oscuridad, a una dama.

El velo que llevaba ocultaba su rostro a mis ojos, pero pude notar su sonrisa, cruel y despiadada. Su cuerpo estaba cubierto por un infinito vestido de lino blanco y su extremada palidez se confundía hábilmente con los pliegues del sudario. Sus pies descalzos avanzaron hacia mí, dejando un rastro de sangre.

Quise correr, quise gritar... Un sudor frío cubrió mi cuerpo. Despacio, muy despacio, noté como si una mano invisible pero inmensamente poderosa rodease mi garganta. Me ahogaba, en ese instante Sam hizo una pausa. Se estremeció. Bajó la cabeza y su voz se convirtió en un murmullo. El dolor y la angustia me abrumaron hasta el punto de hacerse inaguantables.

Y me desvanecí, entretanto veía como aquel ser diabólico se reía, con el brazo extendido y la mano cerrada en el aire, como si estuviese asfixiando a alguien. Una carcajada aguda retumbó en mis oídos mientras caía más y más y la oscuridad se cernía en torno a mí.

Sam alzó de nuevo la cabeza y me miró con aquellos preciosos ojos marrones suyos, esbozando una sonrisa.

-No es la primera, ni la segunda vez que lo sueño, pero me sigue resultando especialmente agradable despertar y ver aliviado que todo ha sido una pesadilla.

Poco podía sospechar Sam que sus sueños eran algo más que eso.

A los dos días lo habían encontrado muerto, en su habitación. Una soga ceñía su cuello y el informe policial apuntaba al suicidio.

Sin embargo, lo que había desconcertado a los agentes había sido la expresión de su rostro. Sus facciones estaban contraídas en una mueca de profundo terror.

Ahora, de pie allí, en medio de la gente, las imágenes cruzaban confusas mi pensamiento, mientras un río de lágrimas surcaba mis mejillas sin apenas darme cuenta, observando cómo el sacerdote bendecía el féretro donde, en ese instante, descansaba el cuerpo inerte del que había sido mi mejor amigo.

Las campanas sonaron, lentas, lúgubres, tristísimas sin conseguir amortiguar el grito de desesperación y desconsuelo de una muchacha que vio truncada la ilusión de una boda, desecha su vida al perder a la persona que más quería, el llanto eterno de una madre y un padre a quienes les fue arrancado su único hijo, siendo así, imposible, devolverles la completa felicidad.

Las lápidas del cementerio estaban cubiertas de nieve, la cual abrigaba con su frío manto a todos los que allí duermen el sueño eterno.

La familia del difunto se había marchado al término del funeral. Su chica, agobiada de dolor, había llorado hasta quedarse sin lágrimas. Pero ya no quedaba nadie allí.

El cementerio estaba desierto. Una niebla espesa que había surgido al final de la tarde cubría, ahora, toda la zona. Me paré frente a la tumba de Sam y la observé largamente. Yo era la única a la que había confiado su sueño y nadie sabría realmente cómo había muerto.

Aunque la autopsia del forense afirmase que había fallecido por asfixia, ningún agente había podido averiguar las circunstancias exactas en las que se había producido la muerte.

En ese momento escuché un extraño sonido.

El roce de una tela contra el suelo. El tenue susurro de unos pasos que no quieren ser descubiertos. Por un instante, tuve la certeza de no estar sola en el cementerio, y volví la cabeza.

De nuevo, silencio. Sin embargo, la sensación de que había alguien más en el lugar regresó al cabo de unos segundos y esta vez miré con mayor ahínco a mí alrededor. Creí divisar en medio de la niebla una figura que iba y venía entre las tumbas. Sus rasgos no estaban bien definidos pero, a pesar de todo, pude distinguir el velo del que Sam me había hablado en su sueño.

Fue solo un momento. Cuando volví a mirar, la figura se había desvanecido.

La noche caía cuando me alejé de allí. El cielo desprendía tonos rojizos y anaranjados anunciando el fin del atardecer. Pensé en la extraña muerte de mi amigo.

Un suicidio. ¿Y si no lo fuera?

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