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180px-DreamStalker

¿Por qué los adultos podían ser tan estúpidos?

¿Por qué se negaban a aceptar lo que era evidente, incluso cuando tenían las pruebas delante de sus propios ojos?

Eso pensaba Julián, mientras se limpiaba las heridas en el lavatorio del baño, parado frente al espejo del botiquín y dándole la espalda a la bañera de loza. Se frotó un trozo de algodón embebido en alcohol y dio un pequeño respingo: quemaba. Se trataban de tres marcas en la piel de su estómago, inexplicables marcas en formas de garra, aparecidas durante la noche anterior, mientras dormía. Era la cuarta vez que le ocurría esto, y por cuarta vez, su madre descreyó del relato:

-Te lo hiciste mientras dormías, niño estúpido. La próxima vez, cuando te quejes de esto, yo misma te cortaré las uñas, porque tu historia de fantasmas ya me está cansando.

Julián terminó de limpiarse la herida y se puso la playera. Recordó que la noche anterior había tenido pesadillas, había soñado otra vez con aquella bestia que la atormentaba desde hace ya varios días. Él siempre sentía miedo al verlo, porque sabía que siempre lo perseguía hasta darle alcance. Sus ojos eran dos agujeros negros, y tenía una sonrisa enorme y grotesca, que le cortaba el rostro en dos. Le mostraba unas uñas largas y afiladas, cubiertas por mugre y costras de sangre, y luego le rasguñaba algunas parte del cuerpo.

Notaba cómo de los agujeros de sus cuencas comenzaban a salir gusanos blancos, que resbalaban por sus mejillas como asquerosas lágrimas reptantes. En este punto Julián siempre despertaba, y cuando se miraba el lugar del cuerpo donde la bestia en sueños la había rasguñado, lo encontraba sangrante y con aquellas tres marcas en forma de garra.

-Todo ha sido real-pensaba entonces.

-Esa bestia existe.

Solo que su madre no pensaba de igual forma.

-Lo haces para llamar la atención, para joderme- le decía-. Desde que murió tu padre, mi vida ya es lo suficientemente dura, y tú encima haces todo lo posible para complicarla.

Volvió a tener el sueño tres días después, un domingo lluvioso. En esa ocasión la bestia lo hirió en el hombro y, cuando el despertó, no se sintió seguro ni aliviado al salir de la pesadilla. Abrió los parpados en la oscuridad y tanteó con desesperación el interruptor de la luz; percibía que una presencia se había colado en la habitación, algo maligno que lo observaba desde algún oscuro rincón.

Cuando finalmente encendió la lámpara, lanzó un grito: había un rostro en la ventana, un rostro que flotaba en la noche, y se reía de el, mientras los gusanos caían a raudales desde los agujeros de sus cavidades.

Su madre entró un minuto después. Julián, llorando, le explicó lo que había ocurrido y le mostró las heridas en su hombro derecho; la madre, que tenía signos de resaca en su envejecido rostro, lo tomó de los pelos y lo zamaqueó.

-Me quieres hacer la vida imposible, ¿eh? ¿Crees que puedes jugar conmigo? Te mostraré que estás equivocada, pequeño demonio.

Lo arrastró hacia la cocina y le encajó un golpe. Julián cayó sobre el mueble aparador y se aferró la cabeza, que ahora también sangraba, junto con el hombro. Cerró los párpados con fuerza, porque aquello era demasiado y se sentía abrumado por la experiencia que acababa de vivir.

Escuchó que su madre abría el cajón de la alacena; cuando volvió a mirar, vio que la mujer se le acercaba con un cuchillo. Pensó que sería su fin. Su madre había enloquecido por el alcohol y por la muerte trágica de su marido; ahora solo quedaba esperar un trágico final para los dos.

Pero su madre no pensaba matarlo. Lo que hizo, en cambio, fue cortarle las uñas con el cuchillo, una por una. Al principio Julián se resistió, pero cuando su madre le cortó la yema del dedo índice, se dio cuenta que era mejor no moverse, era mejor esperar que finalizara la tarea, y mientras tanto, poner la mente en blanco y fingir que aquello en realidad no estaba pasando.

-Ahora no podrás rasguñarte mientras duermes- le dijo la mujer al terminar-. Ahora dejarás de joderme la vida con esa mierda del fantasma. Véte a dormir, pero antes límpiate la herida, o se te infectará.

-Sí, mamá- dijo Julián, con voz neutral, agachando la cabeza y sorbiéndose los mocos-. Prometo que no volverá a pasar.

Se metió al baño y se limpió las heridas, mientras escuchaba que su madre, en la otra habitación, se acostaba y al rato comenzaba a roncar.

Dos noches después, volvió a suceder. La pesadilla era igual que antes o incluso peor. Los gusanos seguían cayendo a montones de sus cuencas cavernosos. Cuando algunos de esos bichos llegaban a su boca, la bestia sacaba una lengua negra y los devoraba. Una noche lo tomó por los hombros y comenzaron a volar, hasta terminar en un cuarto que le resultó conocido de inmediato: era la habitación de su madre. La criatura señaló a la mujer, que dormía inquieta sobre su cama de dos plazas.

Se acercó a su madre y le mordió la cara. En ese momento, Julián despertó.

Tenía su pijama machada de sangre. Pero se dio cuenta de que no había despertado por eso, sino por un grito. Se levantó de la cama y fue hasta la habitación de su madre.

Encontró a la mujer encogida en la cama, temblando y con los ojos desorbitados. Vio que su rostro estaba cubierto de sangre: con un gesto que era despectivo y al mismo tiempo temeroso, le señaló las heridas:

-¿Eso también lo hicieron mis uñas?

-Véte- dijo la madre-. Véte de aquí.

-Soñaste lo mismo que yo, ¿verdad?

Su madre agarró la lámpara de la mesita de luz y se la arrojó. Si Julián no se hubiese agachado, la pesada base le hubiese dado de lleno en la frente.

-¡Véte de aquí, maldito!

Las pesadillas continuaron y con ello su madre comenzó a darse cuenta de la gravedad del problema. A los pocos días llegó con un charlatán que decía saber sobre brujería y que se mofaba de ser un experto en ese tipo de cosas. No funcionó, pero la segunda opción sí: el sacerdote de la parroquia del pueblo había accedido a visitar la casa y con él la calma volvió.

Asistieron un par de semanas a la iglesia, su madre parecía haber cambiado, pero luego volvió a ser la de siempre. Durante la última misa lo abrazó y le dio un beso en la frente, para beneplácito del sacerdote y del vecindario. Julián no dijo nada, y le devolvió tibiamente el abrazo. Aunque deseó, con todas sus fuerzas, volver a creer en su madre alguna vez.

¿Tenía sentido albergar algún tipo de esperanza?

Se miró las uñas, toscamente cortadas por un cuchillo, y supo que no, que todo se había ido al diablo hacía mucho tiempo. Sabía que aquella bestia lo seguiría atormentando por muchos años más.

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