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Tiene  un nuevo mensaje.

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El siguiente mensaje lo encontré en mi contestador automático el día anterior. Pobre desgraciado, seguramente había marcado un número aleatorio. Hablaba de sombras y no dejaba de gritar "mierda".


"¿Son conscientes de que alguna vez en sus vidas han notado la presencia de Ellos, los Observadores?

Una sombra huyendo de la luz de una farola. Tú caminando a casa, rodeado de noche, y ese cosquilleo en la nuca. Siempre están allí, siempre están observando. Incluso por el rabillo del ojo puedes sentirlos: oscuras figuras humanoides envueltas en un negro profundo. Por mucho que lo intentes, procurando sorprenderlos antes de anularse ante tu visión, será en vano. Jamás permanecerán en el mismo lugar el tiempo suficiente: esa es su naturaleza.

A menos que...

A menos que hayas sido "elegido". Que te hayan juzgado apto para su propósito. Si eres afortunado, ni siquiera intuirás su presencia. Pero yo no puedo ser coherente con esta advertencia porque yo los he visto. Para ser más explícito, he visto a uno de Ellos.

Desconozco la razón de esa elección, de ese criterio para determinar quién es apto y quién no. Tiendo a pensar que nos consideran como sujetos de prueba, "ratones de laboratorio", diría yo.

Los llamo Observadores por ese acto que los caracteriza íntimamente: observarnos. Y cuando saben que ha culminado el tiempo de observación, simplemente te secuestran. ¿Adónde? Quién sabe. Ellos vienen en la hora más inexacta y menos esperada de "tu" día, cuando estás solo y el único sonido pertenece al susurro de las hojas, el viento entre los árboles, el repiqueteo de la lluvia contra el cristal de la ventana cerrada.

Las puertas no pueden detenerlos. Ninguna de nuestras barreras patéticas puede. Si quieren atravesarlas, lo harán, así como colarse a través de los espacios más pequeños. Y cuando lleguen a ti, confía en mis palabras, lo harán, siempre lo hacen: eres suyo.

¿Correr? ¿Huir? Imposible. Una vez que te han visto, ¿qué puedes hacer por tu redención? Eso fue lo que me pasó.

Caminaba ayer por la noche, de vuelta del trabajo. Creo que ayer por la noche, sí... Y esa sensación: algo que se escurre por el rabillo del ojo. Temí: acaso un ladrón seguía mis pasos, posibilidad que no podía descartarse, dado que era usual en el área de Londres donde vivía.

Me volví en la espera de frustrar al potencial atacante... Nadie. Solo yo cruzando un laberinto de callejones oscuros, con la lluvia mojando mi rostro, rumbo a mi apartamento.

Oh, mi apartamento, la gran oficina. El piso superior de un almacén portuario, dormitorio, sala de estar, comedor, cocina híbrida y un modesto cuarto de baño amurallado, provisto de una ducha instalada a bajo costo, hecho que coincide con la mayoría de muebles que poseo.

La lluvia se vuelve más pesada. Hay un agujero en la valla opuesta, franqueando mi paso, de modo que me escabullo por este y abrí las grandes puertas del almacén. Me apresuré a acceder al gran espacio del interior del lóbrego recinto. Volví a cerrar las puertas y luego subí por las escaleras.

Colgué mi goteante abrigo de la percha, dejé mi bolso en el suelo y vestí mi pijama tras guardar mi traje barato. Me recosté en la cama y encendí la TV. Si tan solo hubiese predecido lo que sucedería, mi último día habría sido el mejor de mi vida... Entonces se fue la luz. Suspiré. El mal tiempo: lo más probable era que una línea de energía había sido derribada. Me dormí.

Con un sobresalto desperté: había resonado un seco golpe a mi puerta. Me arrastré fuera de la cama, y caminé en dirección a la puerta en el mayor silencio que me permitía.

La abrí, disimulando el chillido que efectúa al hacerlo, y me asomé. Uno de los paneles había sido arrancado del techo y rota una ventana.

"¡Mierda!", me dije a mí mismo, "Tengo bastante con las deudas y se me viene esto".

Volví a mi cama y me quedé dormido. Ellos estaban allí. Sentí que alguien tocaba mis brazos. Mis ojos se abrieron de golpe, vislumbrando alrededor de la habitación, trastornado. Tres de Ellos me sostenían de las manos y otro tomó mi cabeza, elevándome en el aire. Las hojas zumbaban fuera. Perdí el conocimiento.

Cuando volví en mí me encontraba en un pequeño cuarto oscuro, paneles oxidados se alineaban en las paredes, y la habitación estaba atestada de un fino, humo gris. Incapaz de moverme, tendido sobre lo que parecía una mesa, no me contuve. Había un teléfono, metido en el bolsillo de mi bata. Las lágrimas corrían por mi cara. Me pasé horas tratando de llegar a este, escuchando el crujido del metal crecido.

Cuando por fin me hice con él, el mensaje de registro siendo presionado, quise advertirte, antes que se hiciese demasiado tarde también para ti... Oh, mierda, s-si lees esto podría tratarse de una amenaza... ¡Mierda! Lo lamento muchísimo... Oh, mierda, están aquí... ¡No permaneceré por mucho tiempo!

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Mensaje recibido 12:01a.m.

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