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Se había equivocado muchas veces en su vida. Una de ellas fue cuando se compró un coche coreano de segunda mano y otra cuando, al empezar a salir humo de debajo del capó del Kia, tomó el desvío hacia Ultramort. “Quizás el chico tenga razón”, supuso. “Además, el siguiente pueblo queda a 40 kilómetros y seguro que no llego.”

Pocos kilómetros atrás se había detenido en una gasolinera para repostar y pedir que le echaran una mano con el ruido proveniente del motor. El chico que le atendió, un joven universitario en su primer trabajo de verano, le dijo que sólo le podía poner gasolina, porque de mecánica no tenía ni idea.

-Si ve que no va a llegar lejos, tome el siguiente desvío. Le llevará a un pueblo donde quizá le puedan ayudar –dijo.

Una carretera estrecha y que se dirigía hacia un grupo de montañas cubiertas de espesos bosques de pino carrasco se tendía ante él. Eran las primeras montañas al sur del Pirineo catalán con las que se encontraba todo conductor camino de la frontera con Francia. Ultramort quedaba entre ellas, en lo profundo de un valle, y en él terminaba la carretera. Antes de llegar a las montañas se debían atravesar extensos campos de trigo.

Marc Kalan pasó por ellos con la respiración contenida rogando que no se detuviera el coche antes de llegar al pueblo. Y continuó rogando una vez en las curvas que formaban la carretera en el fondo del valle. Ya quedaba poco. A lo lejos se veía el campanario de la iglesia del pueblo sobresaliendo como un dedo enfermizo que rascara el cielo. El coche emitió un carraspeo, después una explosión y por último se negó a continuar.

Marc se bajó del coche.

“Viva la fiabilidad asiática. La próxima vez, si no es japonés, el tío del concesionario se va a meter el coche por donde te dije”.

Le parecía que el pueblo estaba ya cerca. Al bajar del coche empezó a echar de menos el aire acondicionado. Resopló pensando en el esfuerzo que tendría que hacer y se encaminó hacia el grupo de casas.

Durante todo el camino le acompañó una extraña sensación de irrealidad que se acentuó al entrar en Ultramort. La iglesia, una construcción del siglo XIX sin ningún valor en particular, era el edificio alrededor del cual se había urbanizado el municipio. Las otras construcciones eran casas blancas de planta baja o de una planta. No había nadie en las calles. Marc pensó que quizás había un partido de fútbol en la tele. Pero era lunes y los lunes no había fútbol.

“Será por el calor, entonces. O quizás trabajan todos fuera del pueblo”.

Golpeó con los nudillos la puerta de la primera casa para preguntar si alguien podía hacerse cargo de su coche. Pero nadie contestó. Lo intentó en la casa contigua y el resultado fue el mismo, así como las siguientes cuatro veces.

“Un mal día para hacer amigos”.

Se encaminó a la iglesia. Siempre hay una plaza delante de las iglesias donde se reúnen los mayores para recordar que un día tuvieron vida. Cuando llegó a los pies de la iglesia, encontró una plaza, con una fuente para beber, plátanos centenarios, un manzano cargado de fruta aún verde y bancos en los que no había nadie.

“Parece que están jugando conmigo. Mira, un tipo de ciudad. Vamos a escondernos y a reírnos un rato”, pensó.

“O mejor aún, un pueblo fantasma. Todos han muerto asesinados, o un suicidio colectivo.”

Cuando sus pensamientos hicieron una pausa, escuchó la lejana voz de un hombre. La voz le hizo darse cuenta de por qué tenía esa extraña sensación de irrealidad desde que se había bajado del coche. No se oía nada a parte de las lejanas palabras susurradas como si le hablaran al oído. No había perros en las calles, ni gatos, ni gallinas fuera de los corrales. Pero es que ni tan siquiera había oído el sonido de los grillos en el campo, aunque siempre se escuchaban en las calurosas sobremesas del verano. Marc intentó percibir algún sonido que no fuera la voz que provenía de la iglesia. En Ultramort ni siquiera corría el aire ni el agua en las fuentes. Parecía estar bajo una cúpula de cristal insonora.

Por la entonación de la voz supuso que sería la del cura del pueblo. La iglesia también le produjo desazón sin ninguna causa aparente. Se acercó más y empujó el viejo portón de roble y cerezo.

Todo el pueblo estaba en la iglesia y todos se giraron para mirar a la persona que había interrumpido la homilía del padre Malestany. El cura estaba delante del altar. Vestía una sotana negra, la cual resaltaba su altura. Tenía los pómulos marcados y la barbilla prominente. El pelo echado hacia atrás dejaba bien visibles los ojos grises y la frente despejada. Era severo en todos los detalles.

El silencio y las miradas se prolongaron más de lo natural. Marc estaba acostumbrado a sentir las miradas, a veces de admiración y concentración y otras de desprecio e indiferencia, de los alumnos durante sus clases. Pero en ese momento se sintió como si fuera un novato y le hubieran puesto en su primer día de clase ante un grupo conflictivo.

-Perdón. Es que se me ha estropeado el coche a las afueras del pueblo y buscaba a alguien que me pudiera ayudar –se atrevió a decir.

Nadie respondió. Ni nadie dejó de mirarle.

Fue el padre Malestany quien habló.

-Joan y Aleix, id con él y ayudadle. Si no podéis hacer nada, traedlo de vuelta –dijo el cura.

Dos hombres de mediana edad, de hombros anchos, piel tostada y cara seria se levantaron de la última fila.

-Gracias –dijo Marc.

Los tres se encaminaron al coche. Marc entre los dos hombres.

-He llamado a unas cuantas casas y nadie me ha contestado. ¿Todo el mundo está en la iglesia?

Aleix le miró sin contestar. Marc pensó que no responder significaba que era evidente que sí. Aun así, él, que no era muy hablador, se sintió en la obligación de dar conversación a las personas que le tenían que ayudar a salir del agujero en el que se había metido.

-La verdad es que hacía años que yo no pisaba una –confesó creyendo que eso rompería el hielo-. Ha tenido que estropeárseme el coche para que lo hiciera. Ha empezado a salir humo del capó y he pensado que todavía podría llegar a alguna ciudad pero qué va, me he tenido que desviar hacia su pueblo porque estaba claro que no iba a llegar lejos. ¿Son ustedes mecánicos? –preguntó.

-No. Bueno, sí, pero de tractores –contestó Aleix sin mirarle.

-¿De tractores? Entonces, ¿cómo van a arreglarlo? –preguntó Marc con inquietud–. Quizás, si me dejaran, podría llamar por teléfono al coche de ayuda en carretera. Así no molestaría tanto y podrían seguir con lo suyo.

-El caso es que no tenemos teléfono, ni fijo ni móvil. ¿Usted no lleva móvil?

-Ayer llegué de un largo viaje y todavía no me he comprado ninguno. De donde vengo tampoco había móviles; y fijos, bueno, alguno había. –No le gustaba explicar a desconocidos dónde había estado. Consideraba que eso era hacer gala de persona viajada. Y a él, las personas que presumían de sus viajes le revolvían el estómago porque presumir significa que no viajas para conocer sino para sentirte orgulloso de ti y de tu país. Ya se sabe, el resto del mundo está lleno de pobres, de desgraciados, de gente sin cultura, de tradiciones estúpidas, de comidas horrorosas que sólo podrían comer los animales. Y esa forma de ver el mundo, como antropólogo, no podía sufrirla.

Llegaron al Kia. Marc abrió el capó y los tres hombres miraron el motor. Interés era lo único que Marc podía poner porque no sabía nada de mecánica. Joan revisó las conexiones de la batería, miró el nivel de aceite, el carburador.

-Ya lo tengo –dijo Joan.

-¿Sí?

-Sí, sí, acérquese y mire aquí.

Marc creyó que el no dejarle de lado como a un ignorante era un detalle de fina educación difícil de encontrar en los mecánicos de la ciudad.

-¿Aquí? –dijo señalando la batería.

-Sí. Acérquese más.

Y Marc se acercó.

Cuando le golpearon le vino a la cabeza una visión de la iglesia de Ultramort. En ella no había cruces, ni dentro ni fuera. Por eso le había inquietado. Cayó al suelo inconsciente.

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