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Un abismo bajo tu cama

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Me temblaban las piernas. Aquella silueta de aquel hombre alto, tan alto como un árbol con manos alargadas y garras puntiagudas logró acelerar mi corazón como nunca antes en mi vida. Asustada, trataba de pensar en qué hacer, pero mi mente se encontraba bloqueada. No sabía si quedarme allí parada, observando aquel espectro reflejado en la inmensidad del suelo, o correr de manera desmesurada y gritar hasta más no poder.

Luego de un minuto creí que aquella “cosa” vendría por mí y me comería, reaccioné como pude y corrí, corrí lo más lejos posible. Cansada y sin aliento llegué a la parada del bus. Sin pensarlo dos veces aproveché y me monté en el bus próximo en partir a mi casa. Cuando llegué, aún no me creía lo que había visto, aunque no sé por qué razón constantemente desde mi niñez veo sombras, escucho ruidos, pasos y personas hablando. Cuando estoy en algún sitio desolado, incluyendo mi casa, estando sola, pero aquello no se igualaba a cualquier cosa que haya visto antes.

Ya en mi casa, decidí darme un baño, quería relajarme porque pensaba que aquello era producto de mi imaginación. Una vez duchada, me vestí y busqué mis audífonos para acostarme un rato y escuchar algo de música. Sin darme cuenta caí en un profundo sueño. Al despertar, noté que habían pasado al menos tres horas. Dejé los audífonos a un extremo de la cama y me dirigí al baño nuevamente, esta vez para orinar, llegando al pasillo que comunica con el baño se va la luz.

Sin nada que me alumbrara a mi alrededor, volví al cuarto. Preferí aguantar las ganas de orinar, entré, cerré la puerta y me senté junto a mi escritorio con una linterna que me había regalado mi padre unos meses atrás. Él sabía que detesto la oscuridad, solo se oía el sonido del botón de encender/apagar, y allí me encontraba encendiendo y apagando la luz, encendiendo y apagando la luz de aquella linterna. Minutos más tarde decidí regresar a mi cama, la luz aún no regresaba y las ganas de orinar se intensificaban, en posición fetal y con las piernas dobladas. Lo menos que deseaba era estirarlas, ya que en las noches vivía un trauma, creyendo que si dormía con las piernas rectas y totalmente erguidas, “alguien” o “algo” me agarraría por los pies y me llevaría con él a la plena oscuridad bajo la cama.

Cuando empezaba a quedarme dormida otra vez, un extraño y ligero ruido me hizo ponerme alerta. Abrazaba mi linterna, era lo único que me permitía tener seguridad y, debido a la poca luz que emitía, deduje que en cualquier momento quedaría sin batería y se apagaría. A mi mente la asaltó aquella sensación inquietante que percibí con aquella silueta; acto seguido, de manera casi automática, escuché tres golpes bajo la cama, como anunciando que estaba allí presente.

Mi linterna empezaba apagarse y mis ganas de orinar ya no las soportaba. Llena de mucho pavor, con mis ojos llenos de lágrimas y exhalando gemidos sollozos por aquella desesperada angustia, quise asomarme bajo la cama. Lo que sea que fuese, quería correr el riesgo. Ya estaba cansada de temerle a la oscuridad. A pocos centímetros del suelo con el cuerpo y cabeza doblados se me cae la linterna.

Lo último que escuché fue el ruido de la misma rodar bajo la cama. Ahora sí, la oscuridad me arropaba. Cerré los ojos muy fuertemente y sentí cómo me jalaban, la sensación en ese momento fue de caer en un abismo sin fondo. Luchaba para equilibrarme, pero la fuerza que me jalaba era inmensa. En eso me sujetan por los pies y entonces quedé de cabeza hacia el abismo. Me apretaban los tobillos como si quisieran arrancármelos, sentía fuertes puntazos similares a 50 agujas clavándose en mi piel al mismo tiempo. Perdí el conocimiento.

Desperté en el medio del cuarto, pero algo raro sucedía, no sentía mis pies. La luz había regresado y al alzar la vista note como mi cuarto estaba cubierto por aquella sustancia pegajosa casi verdosa con un olor repugnante. Lo extraño eran aquellas marcas de sangre que se dirigían bajo la cama. Me asomé para lograr sacar la linterna, volteando mi cabeza hacia el lado opuesto. Cuando tanteé el frío piso y sujeté la linterna, a punto de sacarla escuché aquel susurro, esa voz ronca y estremecedora que nunca olvidaré:

-¿Quieres que te ayude?

Mi cuerpo se erizó completamente, pues aquella cosa se encontraba a mi lado, respirando sobre mi cuello, esperando que yo volteara. Un caliente líquido bajaba por mi pierna. Me oriné, soy una cobarde, lo sé, pero aquello era lo más aterrador que me había pasado. Oí pasos en el comedor, mis padres estaban de vuelta en casa cuando la voz apenas y me salía. Grité: “Auxilio”, y mi madre entró al cuarto.

Al día siguiente le conté todo, pero no me creyó. Me dijo que cuando entró al cuarto todo estaba limpio y ordenado, exactamente como ella lo dejó antes de irse, pero lo que no logró explicarse fue que al abrir la puerta vio cómo una cola negra peluda puntiaguda, parecida a la de un perro, se introducía rápidamente debajo de la cama.

Hasta el día de hoy no hablamos más del tema, ya que dos días después encontraron a uno de mis vecinos en la entrada del patio cubierto por esa sustancia verdosa que encontré en mi cuarto, sin pies ni manos con una nota que decía… ¡No me dejaste ayudarte!

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