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Su mente parecía enfocada en un cajón de la cocina. Su madre le hablaba sobre su próxima separación con su padre e intentaba disimular el gran odio que sentía hacia ellos en ese instante.

Quería salir de ese lugar, lo había pensado por mucho tiempo, ya tenía sus maletas hechas, tenía un plan que no podía fallar, todo listo, sólo le impedía algo dentro de ella que le clavaba los pies a las heladas y duras baldosas. Un algo muy espantoso, que le provocaba escalofríos en la columna, algo que se había metido dentro de ella y no podía salir...

Intentó sentarse. Total, a esa hora todos dormían y la luz no volvería hasta las 2 de la mañana. Fracasó, como ella esperaba. Intentó caminar, pero sus pies dolían literalmente, sentía como la sangre corría por sus pies, y libremente caía al suelo y hacía dibujos en el suelo. Sentía cómo la manija de la maleta rozaba su boca y le dejaba un corte profundo y la sangre manchaba su hermosa remera blanca. Sentía cómo ese algo dentro de ella le ataba las manos y la hacía moverse exitosamente contra el armario con puertas de espejo, dejando un golpe ensangrentado en el centro...

La mujer policía preguntaba cuándo había sido la última vez que los futuros divorciados padres habían visto a su extraviada hija, ellos, absortos en sus pensamientos y llantos, afirmaron que el día anterior había sido su último día de contacto. La mujer policía sintió pena por esa pareja y tomó nota sobre la posible "escena" de escape.

Lo que no podían entender: ¿por qué había sangre en el suelo con dos agujeros? ¿Por qué había sogas de un material extraño sobre la cama, atadas como si hubiesen atado a alguien, y ese alguien por arte de magia se las hubiera quitado sin desnudarlas? ¿Qué era ese hueco en el espejo con sangre? ¿De quién era toda esa sangre? Muchas preguntas venían a sus cabezas.

La madre hablaba con su ex-esposo en la cocina sobre lo mal que había tomado su hija el tema del divorcio. El hombre solo asentía y decía que tenía toda la culpa, como un idiota. La mujer se frustró y salió de la cocina. Fue a la habitación de su hija, a contemplar lo que en algún tiempo atrás había sido un lugar de sueños de azúcar y arco iris, pero sólo encontró el cuarto más deprimente que pudo haber imaginado. Sintió una punzada en su estómago y salió del cuarto con una expresión de dolor en su cara. El hombre, que seguía en la cocina, la llevó al hospital de guardia, ya que la mujer tenía un agujero en su vientre.

Su preciada hija, con cicatrices en los pies, cabeza y manos aparece en un reflejo del café, una tarde, en la cocina. El hombre se asusta, se da vuelta, y al no ver nada, agarra la taza de café y la tira, pues ya no deseaba tomar más. Cansado del trajín de la semana, sube a su cuarto a descansar. No pasan 5 minutos que se encuentra bajando las escaleras a las corridas y entrando bruscamente en la cocina, buscando el cajón de los cubiertos situado frente a la mesa. Lo abrió a tientas en medio de la penumbra, y sacó el picahielos que habían recibido el día de su boda, de parte de un amigo suyo. Lo tomó, lo colocó sobre la mesa, y subió de nuevo a su cuarto a dormir.

-Tu padre y yo nos vamos a divorciar. Te quedarás un tiempo con tu abuela hasta que los trámites estén completos.

-Pero, ¿no entiendes que con ustedes dos separados yo podría morir literalmente?

-No digas esas cosas.

-No sabes lo que haces...

-Pues, ¿qué estás mirando dentro de ese cajón? ¿Quieres comer algo?

-¿Qué cajón? ¿Pues no ves que hay alguien detrás de ti?

Aquella noche todo volvió a suceder... Gritos en el cuarto de la extraviada hija, golpes en el suelo, sonidos de salpicaduras, gemidos y sonidos de vidrios rompiéndose. Sonidos secos de cuerpos cayendo al suelo como libros empolvados, muebles corriéndose reiterada y desesperadamente... Todo se oía.

La niña miraba cómo las maletas bailaban en el aire, y la golpeaban reiteradamente, sentía cómo la sangre dejaba de fluir por sus venas, sus pies parecían volcanes en erupción al ver que la sangre fluía libre y lentamente de los agujeros formados por los picahielos, cómo su cabeza escribía con sangre en las paredes un mensaje de adiós.

El hombre pensó en el suicidio, oyó que su hija quería hablarle desde el lugar donde se escondía. Tenía razón. Su hija se sentó en su silla, en la cocina, abrió el cajón, sacó el picahielos, lo puso sobre la mesa y se quedó observando el cajón, abierto, con ojos sin pupilas, blancos como la leche, brillantes como la luna. El hombre sintió una fuerte punzada en su pecho. Su sonrisa era inmensa, pues había visto a su hija antes de morir.

Solo un alma había en la calle, era el alma de su hija, raptada por un algo que había vivido dentro de ella por mucho tiempo, y que quería independizarse. Ese algo era el culpable de que el hombre muriera con un picahielos en el corazón. Ese algo era el culpable de haber hecho que una vida terminara clavada en el suelo, que una soga atara la inocencia de una niña, que un espejo librara de pensamientos a alguien puro, que una maleta evitara que alguien aún no tocado por la maldad predicara lo bueno de vivir. Ese algo era culpable de una muerte.

Ese algo es el culpable de muchas cosas que evitan que hagamos cosas buenas y nos impulsa a los suicidios, a las matanzas, a cosas que solo alguien tan espeluznante como ese algo puede lograr que un mortal haga.

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