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Claudia y yo bajamos las escaleras de la clínica y corrimos fuera de ella y por las estrechas calles del pueblo. Cansados y asustados, nos dirigíamos hacia la casa de mi abuelo. El sol comenzaba a salir y el dulce brillo azul del aura comenzaba a verse en el cielo, ya casi olvidado por nosotros. Hicimos una breve pausa junto al parque para retomar el aliento y Claudia y yo nos abrazamos. Ambos cerramos los ojos y nos sentimos mutuamente. Una brisa fría comenzó a fluir entre las calles del pueblo. Nos abrazamos un poquito más fuerte y sentimos un poco más de calor... pero en ese momento el frío comenzó a aumentar y se hizo casi insoportable y decidimos hablar los ojos...

Lentamente abrí los ojos y contemplé los de Claudia, llorosos y con una fina capa de hielo sobre las cejas y las pestañas. Ella los abrió lentamente y me miro. El vaho de los dos se fundía en uno y el frío era inmenso para ser primavera. Había comenzado a nevar y ahora a penas se veía el cielo ya que una niebla espesa, que hacía que todo pareciese blanco, había cubierto ese pueblo en ese abrir y cerrar de ojos que nos habíamos permitido Claudia y yo para descansar.

Sin ropa de abrigo, Claudia y yo nos abrazamos más fuerte para hallar calor. El parque que estaba al lado de nosotros se volvió tenebroso pese a la luz blanca que contenía la niebla. Todo estaba en silencio y vagamente se distinguían algunos trampolines, columpios y toboganes. Todos gélidos y quietos como cualquier estatua de hielo. Entre la niebla y la nieve apenas se distinguía el color del césped que cubría aquel parque o ni siquiera se distinguía la distancia entre ellos dos y el próximo edificio.

Quedamos contemplando la situación y decidimos ponernos a andar. Claudia tiritaba de frío y yo intentaba mantenerme fuerte y resistir el frío. Me quité la camisa y se la puse a ella mientras que yo me quedé en camiseta. Nunca se lo dije, pero ese frío hacía sentirme más débil y aún así, le cogí de la mano y la conduje por las calles. Nada de nada, ni un ruido, ni un movimiento, ni siquiera el ruido de un viento inexistente que nos aclarase que seguíamos vivos o quizás es que era por el frío, que se nos había olvidado sentir el suave tacto que ofrece una brisa fría. Entonces lo escuchamos...

Ñick, ñiiiiick, hacía un suave y tímido chirrido. Nos dimos al vuelta, pues el ruido provenía del parque que ya íbamos a dejar atrás. Una ruleta daba vueltas lentamente sobre sí misma y los columpios se balanceaban suavemente... era muy extraño.

Claudia me dio dos golpes en el pecho y señaló con el dedo en la niebla. Entornando los ojos y cubriéndome la vista, pues la nieve era más intensa entonces, distinguí en la lejanía una difusa mancha negra con el tamaño, más o menos, de una persona que cada vez se hacía más nítida y supuse, entonces, que alguien se acercaba caminando. Nos escondimos tras una esquina y miramos de reojo a la mancha que cada vez se notaba más su silueta. Era una persona. De repente, cuando ya se veía claramente su estatura, su barba, pues era un hombre, y sus facciones, nos dimos cuenta de que un brillo extraño salía de su mano, y entonces recordamos a aquella mujer de la clínica.

-Es un cuchillo -pensé.

-Lo sé -dijo Claudia.

Echamos a correr despavoridos. Ya no nos importaba el frío, corríamos y corríamos. Llegamos a mi casa y yo entré a coger un poco de dinero para largarnos de allí. Cogí un poco de comida de la despensa y lo metí todo en una bolsa. Cogí las llaves de la camioneta y... un momento...

Una silla de ruedas se había volcado en medio del salón. Aterrorizado, pensé en mi abuelo y de cómo habría llegado a la casa en medio de todo el caos que se había producido. Bajé al sótano y contemplé cómo mi abuelo sostenía a un pequeño bebé. 

-Abuelo, ¿qué haces aquí? ¿Te encuentras bien? ¿Quién es ese bebé?

Mi abuelo rió.

-¿De qué te ríes? ¿Qué está ocurriendo?

-No lo reconoces, ¿verdad?

-Abuelo, ¿qué está pasando?

-Este, Eduardo, es tu hijo.

-Hijo... ¿Qué hijo?

-Es tu bebé. No lo recuerdas, lo sé. Tu padre tampoco te recordaba a tí, cuando pasó todo esto mismo que ha ocurrido, hace 15 años... Tu familia siempre ha estado maldita y siempre lo estará... es un hecho extraño, nosotros no recordamos nunca haber tenido un hijo. El caso es que al tenerlo contagian también a la persona con el que lo tienen. Es decir, tú no recuerdas haber tenido este hijo; Claudia, tampoco. De hecho, esto es un ciclo, y como bien te respondieron en tu sesión de ouija: "Tu respuesta no está en esta vida".

-¡Pero si tú estabas en la clínica! No puede ser. ¡Abuelo!

-Deja de llamarme abuelo, por favor. Ser tu abuelo implicaría estar muerto, y aunque en parte es cierto, no me gustaría compartir la maldición de tu familia...

-Edu, ¿qué está diciendo tu abuelo?

-No lo sé. Pero no creo que sea cierto.

-Es muy sencillo, la luz blanca que salió del cielo cuando te acosaban las sombras y la furgoneta se había quedado atrapada en ese charco de sangre... era tu madre.

-Mi madre...-susurré- pero, ¿y mi padre?

-A tu padre también lo has visto, en cierto modo. La persona que se levantó de la cama de Claudia y te dejó ese colgante de oro que llevas en el cuello.

-Entonces... ¿tú quién eres?

-Yo no pertenezco a tu familia. Y tampoco estoy vivo aunque tampoco se puede decir que estoy muerto. Soy un alma en pena, fui el mayordomo del primer ascendiente en tu familia, y siempre he cuidado de ella, incluso después de muerto. Desafortunadamente, la pequeña maldición que recae sobre vosotros siempre se acaba cumpliendo.

-¿Qué maldición? ¿Qué nos espera?

-Eso no os lo puedo decir, porque ni yo mismo lo sé. Sin embargo sé que se terminará cumpliendo.

-No entiendo nada -bajé la cabeza.

-No hace falta -se acercó y me apoyó la mano en el hombro.- Sé que querías irte de este pueblo. Vete ahora.

Alcé la vista y le mire a los ojos. No sé por qué, pero sabía que debía irme, con Claudia. Ambos nos metimos en la furgoneta y nos dirigimos hacia la ciudad. El bosque que rodeaba la carretera era verde, y el frío había desaparecido. Todo era como hace quince años, la carretera, mis padres... ahora era la misma carretera, y Claudia y yo... sabía cuál era nuestro destino, pero se lo oculté, puesto que la respuesta del destino no está en esta vida, sino en otra.

La furgoneta comenzó a fallar, íbamos muy deprisa; esta se salió del carril y de la carretera.

-Sabía que ocurriría esto -dijo Claudia, y yo recordé que ella me leía la mente y todo lo que yo sabía, lo sabía ella. Preparados para la muerte, nos cogimos de la mano mientras la furgoneta caía...

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