FANDOM


La verdad es que no sé cómo empezó. Si aquellas noches en la casa de campo de mi abuelo tuvo algo que ver, o aquellas voces en la oscuridad del bosque, o los gritos provenientes de la despensa o simplemente que me estaba volviendo loco era el fruto de lo que estaba apunto de ocurrirme.

Me llamo Edu, y tengo 19 años. Pese a mi edad parezco bastante más joven; de hecho, los médicos dijeron que era preocupante que todavía no me hubiera cambiado la voz. Pero eso da igual. Era primavera y una vez más volvía a casa de mi abuelo tras pasar la mañana en el colegio. Mis padres murieron atropellados, o al menos eso parecía, en la carretera que hay rodeando el pueblo, pero nunca se demostró que fuera un vehículo el que los mató.

Pero no me gusta hablar de eso... Al llegar a casa de mi abuelo hice lo de siempre: me duché, me cambié de ropa, hice la comida y desperté a mi abuelo, que como de costumbre yacía borracho en el sofá del sótano, le quite la botella de la mano y le llamé a la mesa. No había nada de extraño ese día.

El polen de las flores flotaba en el aire como si fueran paracaídas de pequeños insectos, la brisa suave bajaba la colina trayendo consigo las especias de los campos de tomillo, los rebaños de los pastores pastaban por el verde césped que cubría los interminables terrenos de mi tio... todo era normal. Pero las peores cosas de la vida vienen cuando menos te lo esperas. De repente un golpe seco en la puerta me sacó de mi ensimismamiento.

"¿Qué ocurre?", pensé. Bajé la escalera tan rápido como pude.

Otro golpe seco en el suelo, como de un cuerpo cayendo... y lo vi, tendido en el suelo.

"¡Abuelo!", grité. Pegué un salto desde la escalera a donde había caído, me agaché y le tomé el pulso.

"¡Aún late!".

"¡Abuelo, despierta!", pero no parecía respirar...

Cogí a mi abuelo en brazos y lo llevé a la furgoneta. Lo metí con dificultad en el asiento de detrás y arranqué. No tenía carnet de conducir porque suspendía siempre el examen teórico, pero ya había conducido esa vieja chatarra lo suficiente como para aprobar el práctico. Aceleré y fui lo más rápido que pude a la clínica del pueblo. Mientras mi abuelo hablaba:

"Les... les... les he visto..."

No entendía muy bien las palabras, pero supe que decía:

"He... he visto a tu ... madre, hijo."

Mi juicio sabía que mi abuelo deliraba, pero un escalofrío subió desde mi cuello al oír esas palabras. Llegamos a la clínica donde, bajándome de la furgoneta pedí ayuda. Salieron dos enfermeras a ayudarme y trajeron una silla de ruedas para mi abuelo. Horas después me dijeron que había tenido un infarto y que se quedaría esa noche allí. Más contento, y un poco menos nervioso, entre, saludé a mi abuelo y me fui. Dejé la furgoneta en la casa y la cerré, pues había quedado con mis amigos.

Lo cierto es que no me lo pasé muy bien con ellos, no porque me acosaran con las preguntas sobre lo de mi abuelo, si no porque recordaba lo que me dijo y sus palabras sonaban vagamente en mi cabeza:

"Les he visto... he visto a tu madre, hijo... les he visto..."

Tantas emociones me habían cansado mucho así que volví a casa y me acosté en el mismo sofá sucio en el que dormía la mona mi abuelo. Intenté no pensar en lo que había pasado y dormí. Algo que no hubiera hecho si hubiera sabido lo que me esperaba al despertar.

Me desperté lentamente, era de noche todavía y me incorporé frotándome los ojos. Me eché hacia atrás mirando la escalera por la que había bajado para ayudar a mi abuelo. Estaba en el sótano, que pese a ser sótano estaba muy bien amueblado e incluso tenía chimenea. Me di cuenta en ese momento... Yo no había encendido la chimenea... 

Otro escalofrío mucho más fuerte subió desde mi espalda. Estaba sentado en el sofá que daba la espalda a la escalera, me había dormido y una chimenea se había encendido sola. Me incorporé y examiné la chimenea. No había nada raro e intenté recordar si la había encendido yo y no me acordaba. Pero no, yo no había sido. Subí la escalera peldaño a peldaño, aquella estrecha escalera que subía al piso principal de la casa. Sin hacer mucho ruido llegue arriba y miré a los dos lados del pasillo. Ninguna luz estaba encendida. Salí fuera y no vi nada raro. Me quedé en el porche pensando en mi abuelo y nada más ocurrió esa noche.

Mi abuelo se recuperó del infarto, pero estaba siguiendo un tratamiento para sus problemas de hígado así que se quedó en el hospital más tiempo. Durante una semana le estuve preguntando sobre lo que me dijo en la furgoneta, pero él siempre lo negaba. Yo no sabía qué pasaba, pero me parecía demasiado raro. Me estaba volviendo demasiado pensativo y mucho más callado...

Después de hablar con mi mejor amiga, Claudia, sobre lo que había pasado y tras meditar mucho, los dos decidimos hacer una sesión de ouija para asegurarnos de que no pasaba nada malo. Pusimos el tablero en el sótano que fue donde mi abuelo se desmayó.

Cada uno cogió un cojín y se lo puso de silla en el suelo. Nos sentamos, apagamos la luz eléctrica y encendimos tres velas. Ninguno de los dos creíamos en ese tipo de cosas, pero aún así con mucho respeto e incluso temor comenzamos la sesión. Al principio no hubo respuesta de ningún tipo, todo estaba en silencio y a oscuras.

"Esto es una tontería", dije y soplé una de las velas.

No se apagó así que soplé con más fuerza pero tampoco se apagó. Miré a Claudia con extraño y ella me miro a mí frunciendo el ceño. Ambos nos acercamos a la vela y sople con todas mis fuerzas... y la vela se apagó. Nos reímos de lo que acababa de ocurrir:

"Me había asustado", me dijo entre risas.

Y en ese momento la vela se encendió.

"Edu, ¡qué ha pasado!", gritó.

"No lo sé, ¡no te levantes!"

Claudia empezó a respirar muy fuerte, sentía que se iba a desmayar, hablé con ella, la convencí para seguir la sesión:

"Ha sido una señal, lo sé", le dije.

Y temerosa, pero a la vez, brava y valiente, aceptó y se arrimó al tablero. Seguía sin moverse por muchas preguntas que le hiciéramos al aire y, de repente, aquello se movió. No se describirlo, era un movimiento lento, suave y preciso. Yo no lo movía, eso era seguro y Claudia parecía no moverlo... T...U...R...E...S... Cuando me di cuenta, solo yo tenía los dedos sobre el indicador, y Claudia estaba apuntando las letras que aparecían.

Entonces sentí de verdad que estaba hablando con un espíritu.

"Claudia...", dije con voz temblorosa.

"¿Qué pasa?"

"Esto se mueve solo."

"Lo sé, Edu, lo sé."

Su tranquilidad era pasmosa, sobre todo después de haberla visto minutos antes. Ahora estaba relajada y es más, diría que hasta controlaba la situación.

P...U...E...S...T...A...

Yo me mantenía firme con los dedos sobre el indicador, leyendo atentamente las letras sobre las que posaba hasta que conseguimos todas las letras y el indicador se paró.

TURESPUESTANOESTAENESTAVIDA.

"Tu respuesta no está en esta vida."

"¿Qué querrá decir?", pensé.

Clauida y yo nos sentíamos mucho más cómodos. El indicador comenzó a moverse solo: ...M...U...E...R...E.

MUERE. Claudia y yo nos miramos asustados, a ella se le saltaron las lágrimas y a mí me empezaba a dar demasiado miedo. Cerramos la sesión, apagamos las velas, encendimos las luces y contemplamos atónitos, como las paredes estaban manchadas de sangre, moldeando formas que decían: MUERE, MUERE, MUERE.

Claudia chilló, y se aferró a mí. La puerta de la escalera no se abría, la eché abajo y subimos la escalera; la sangre nos perseguía por las paredes, por el pasillo, por la puerta. Llegamos a la furgoneta y nos metimos los dos.

La sangre había formado un charco del que no podíamos salir y unas siluetas negras se reflejaban desde el interior de la casa. Aceleré todo lo que pude, pero no servía para nada. Unas figuras negras salieron de la nada y se acercaban lentamente a la furgoneta, no parecía que andaran... más bien, flotaban y cada vez eran más las que salían del bosque, de la casa... La luz de la luna los iluminaba y les hacía parecer espectros negros sin cara, con un manto sobre las cabezas y los hombros, y extraños susurros venían de ellos.

Claudia aterrorizada, me agarró el brazo gritando. Yo intentaba salir de aquel charco de sangre cuando entonces la vi... Blanca, y pura, una luz de estrella bajó del cielo e iluminó todo el lugar. Las sombras negras con mantos, como asustadas, volaron hacia el bosque y el charco de sangre se filtró en el suelo. Miré la luz blanca, que se alejaba. La luz blanca que parecía haberme salvado, a mí y a Claudia.

Fuimos a casa de Claudia, donde allí miramos por el balcón. Desde allí se veía la casa de mi abuelo. Callados miramos el lugar donde habíamos iniciado la sesión de ouija y el lugar donde, no sabemos por qué, parecía que íbamos a morir.

Esa noche dormí junto a Claudia. Al principio no podíamos dormir pensando en lo que había pasado, pero le dije que recordáramos la luz blanca, que había sido nuestro ángel de la guarda y caímos en un profundo sueño.

No hubo mañana, nos despertamos de nuevo por la noche, mirándonos, pensé que me había enamorado de ella y recordé cuando se aferraba a mí asustada; ella no cerraba los ojos, permanecía inmóvil, mirándome.

Sonreí, sonrió y noté como algo o alguien se incorporaba detrás mía en la cama. Me asusté y un nuevo escalofrío me atrapó. Miré a Claudia, que estaba pálida como la nieve mirando detrás de mí algo que solo yo quedaba por conocer.

Miré hacia atrás y descubrí que algo que estaba metido en la cama se había incorporado, cubierto por la sábana blanca de la cama de Claudia. Dentro, algo giró de manera que parecía una cabeza encarándonos. Mi respiración aumentó, y también la de Claudia. Permanecimos inmóviles cuando de repente se desvaneció y la sábana cayó en la cama.

Mi mano temblorosa apartó la sabana y descubrí un colgante..., un colgante con la foto de mi madre.

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

También en FANDOM

Wiki al azar