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Como director del Museo Arqueológico de la ciudad de…, no pude dejar de sentirme sinceramente emocionado cuándo la institución qué presido recibió, ayer por la tarde, su última y flamante adquisición. Me refiero a una estaquilla de oro procedente de Guatemala, cuyo valor artístico y, sobre todo, arqueológico resulta difícil de imaginar, más aún teniendo en cuenta los numerosos enigmas que plantea.

Es, realmente, uno de ésos objetos misteriosos a los qué la imaginación popular acaba rodeando de típicas (y tópicas) leyendas sobre civilizaciones perdidas y maldiciones ancestrales, para su posterior aprovechamiento por parte de ocultistas y redactores de prensa sensacionalista.

Fue hallada por un pescador indio entre los carrizales que rodean las orillas del lago Atitlán, conocido entre los naturalistas por la profundidad de sus aguas y por ser el único hábitat de un somormujo no volador llamado “poc”. Se ha dicho en numerosas ocasiones qué en las profundidades de dicho lago yacen las ruinas de una antigua ciudad maya, sepultada por las aguas tras una catástrofe acaecida en tiempos inmemoriales, aunque, por supuesto, la existencia de la misma jamás ha podido ser demostrada.

En cuanto a la estatuilla, los expertos le atribuyen casi diez siglos de antigüedad (sería, por tanto, muy anterior al apogeo de la civilización maya) y, aunque sigue las convenciones del arte precolombino, ha sido cincelada con una innegable habilidad artística, digna de un Benvenuto Cellini o de cualquier otro genio de la orfebrería europea.

Representa a un ser monstruoso, semejante a un hombre con cabeza de serpiente: a buen seguro un dios o demonio, que en otros tiempos probablemente conoció la atemorizada adoración de aquellos crueles sacerdotes que se teñían la piel con la sangre de los sacrificios humanos. Según algunos expertos, podría tratarse de Yig, el dios-serpiente de los antiguos mexicanos, lo cual no resulta muy tranquilizador, si tenemos en cuenta los siniestros rumores que se cuentan sobre esa divinidad. Aunque, por supuesto, nunca me he permitido de concederles demasiado crédito a tales rumores, propios de mentes supersticiosas y primitivas.

O mejor dicho, nunca les había concedido demasiado crédito… hasta que mis ojos se posaron por primera vez sobre el diabólico rostro de la estatuilla. Cuando lo hice, no pude reprimir un brusco estremecimiento de puro horror espiritual, aunque me sería imposible decir qué fue lo que me asustó realmente, si aquel terrible rostro de dragón sonriente o aquellos ojos de inefable maldad, que durante un instante parecieron devolverme la mirada, como se dice que hace el Infierno con quienes se atreven a contemplarlo.

Lo cierto es que no pude más que dedicarles un pensamiento de gratitud a los operarios que se apresuraron a introducir la reliquia en la caja fuerte, donde permanecerá hasta que las autoridades del museo la declaren apta para ser expuesta ante el público. Pero, aunque perder de vista aquella detestable estaquilla me ayudó a superar el intenso terror que se había apoderado de mis entrañas, no alivió una sensación de malestar, que durante el resto de la tarde me impidió concentrarme debidamente en mis tareas.

La hora de volver a casa fue, de hecho, muy bien recibida, pese a que me costó más de lo normal llegar a mi domicilio. Me sentía débil y ligeramente mareado, como cuando el organismo está incubando una enfermedad, y cada paso que daba suponía para mí un esfuerzo casi heroico. Así, cuando llegué ya era bastante tarde y la casa estaba vacía. Mi esposa se hallaba fuera, de congreso en Madrid, y mi hija Jessica, como buena adolescente, había salido de marcha con sus amigas para celebrar que era viernes.

Como me sentía demasiado cansado incluso para ver la televisión o leer, me limité a cenar las sobras del mediodía y a meterme en cama. Aunque temía que el malestar, y sobre todo el persistente recuerdo del rostro de Yig, me impedirían conciliar el sueño, lo cierto es que no tardé en caer profundamente dormido. Horas después (todavía era noche cerrada), me desperté dando un respingo.

Había tenido una horrible pesadilla, que no podía -ni deseaba- recordar con detalle, aunque a buen seguro la maldita reliquia de Yig había jugado un papel importante en ella. Como no me sentía con ánimo para retomar el sueño y mi cansancio de la víspera se había disipado, decidí levantarme y hacer algo para pasar el resto de la noche. Así también podría comprobar a qué hora volvía Jessica de sus aventuras nocturnas.

Quise mirarme en el espejo de mi cuarto, para ver si mi rostro aún reflejaba las secuelas de la pesadilla, pero entonces recordé que dicho espejo había sido retirado la semana pasada, cuando hice pintar las paredes, y que todavía no había sido devuelto a su sitio de siempre. También pensé en dirigirme a la cocina, a comer algo, pero, pese a que mi cena había sido muy frugal, no sentía el menor apetito. Es más, hubiera podido jurar que me pesaba el estómago, como si estuviera digiriendo un banquete. 

Al final opté por ir al salón y ponerme a escuchar la radio, que puse a bajo volumen para no molestar a los vecinos. Cuando encendí el aparato, el locutor estaba hablando de ciertos hechos sangrientos acaecidos recientemente en una aldea de Guatemala, pero el volumen estaba tan bajo que no me pude enterar de los detalles, aunque sí de que, casualmente, dicha aldea se hallaba cerca del lago Atitlán. Aumenté un poco el volumen, justo a tiempo para escuchar una noticia de última hora que acababa de llegar a la emisora.

Al parecer, la policía había hallado, en mi propia ciudad y no muy lejos de mi barrio, el cadáver de un mendigo, que presentaba signos de violencia y había sido parcialmente devorado por perros vagabundos u otros animales.

Esa noticia no dejó de intranquilizarme, pues, aunque sabía que Jessica pasaría la noche acompañada por sus amigas, no me agradaba que mi hija anduviera fuera de casa si en la ciudad andaba suelto un asesino. Decidí que, le gustara o no, la llamaría al móvil para ordenar que volviera a casa lo antes posible y me encaminé hacia la sala donde teníamos el teléfono.

Pero cuando llegué al pasillo estuve a punto de resbalar, pues el suelo estaba húmedo. Una vez que me hube recuperado del susto, encendí la luz y vi en el suelo manchas de un líquido rojo y viscoso. Aparentemente, Jessica había andado con los frascos de tinte para el pelo que suele usar su madre y se le había vertido algo. Como de costumbre, tendría que limpiar yo lo que mi hija ensuciaba, y con ese fin me dirigí al cuarto sin muebles donde guardamos, entre otros muchos objetos, la fregona y el cubo.

Una vez que hube entrado en el cuarto de la fregona, busqué el interruptor de la luz, pues temía tropezar con alguno de los numerosos trastos que se amontonaban allí, y, tras no pocos tanteos, conseguí hallarlo y encenderlo. Entonces, cuando la luz inundó el cuarto, sentí en mis entrañas el clímax de los horrores que un alma humana puede presenciar sin perderse en la nada.

¡Allí, en mi propia casa, se hallaba la imagen viviente del terrible dios Yig!

Pero ahora lo que tenía ante mis ojos ya no era una estatuilla, sino un monstruo de carne y hueso, con su repulsiva cabeza de reptil absurdamente colocada sobre un cuerpo antropoide, sus terribles colmillos teñidos de sangre y sus ojos diabólicos ardiendo en las llamas impías de un apetito insaciable. 

Una vez que el instinto de supervivencia pudo imponerse al terror paralizante que intentaba apoderarse de mi ser para entregarme al monstruo, salí del cuarto chillando como un loco (los vecinos pensarían, seguramente, que era el típico adolescente borracho que pasaba por la calle el viernes por la noche) y no me detuve hasta que me hube encerrado en mi cuarto y arrojado sobre mi cama, temblando y gimoteando como un niño.

Sin duda, lo más prudente hubiera sido abandonar la casa para buscar ayuda, pero el miedo me había impulsado a actuar de una forma irracional, buscando un refugio temporal en vez de uno definitivo. Con todo, la puerta era sólida y el pestillo seguro, por lo que acaso pudieran protegerme del monstruo.

Estuve tentado de abrir la ventana y pedir ayuda, pero no me atreví, temiendo que mis gritos le indicasen la situación de mi escondrijo a la criatura. Pasé varias horas sumido en el más abyecto de los terrores y, aunque durante todo aquel tiempo no volví a tener la menor noticia de la bestia, asomarme al exterior para comprobar si había abandonado la casa era algo totalmente superior a mis pobres fuerzas. Pensé que, después de todo, había sido injusto con la pobre Jessica, pues estaba claro que el líquido rojo del pasillo no podía ser sino la sangre que goteaba de las fauces de la bestia.

Esta, sin duda, se había hartado devorando la carne del pobre mendigo, y quién sabe si la de más personas inocentes cuyos restos aún no habrían sido localizados, antes de buscar refugio en mi propia casa, lo cual, a buen seguro, no podía ser una mera coincidencia. 

El amanecer no tardó demasiado en iluminar tenuemente mi habitación, pero la llegada de los pálidos rayos del sol matinal, lejos de espantar los terrores de la noche, trajeron a mi alma una nueva e intolerable angustia. ¡Jessica volvería en cualquier momento, ignorante de todo, y, si el monstruo aún estaba en la casa, podría hacerle daño! Incapaz de soportar una posibilidad tan atroz, me armé de valor y, agarrando una lamparilla como arma contundente, abrí la puerta y salí al pasillo, dispuesto a luchar contra el engendro.

Este no aparecía por ningún lado, aunque las manchas de sangre, ya seca, permanecían sobre el suelo del pasillo, atestiguando que la presencia del Mal en mi casa había sido algo más que una simple pesadilla. Ya empezaba a respirar aliviado, pensando que el ser se había ido, cuando se abrió la puerta del vestíbulo y Jessica, pálida y soñolienta, entró en la casa. Corrí hacia ella, con deseos de abrazarla, pero entonces vi cómo mi hija palidecía bruscamente y se ponía a gritar como una loca, con los ojos desorbitados por el horror.

Yo me volví, temeroso de que el ser se hallase a mis espaldas, pero no vi nada. Y entonces lo comprendí todo. Recordé el espejo de mi cuarto. ¡Lo habíamos guardado en el cuarto de la fregona! Así que… Era una verdad atroz e inexplicable, pero era la verdad: la maldición de un dios desconocido y cruel había caído sobre mí por razones que nunca seré capaz de comprender y mi destino estaba sellado para siempre. Una ojeada al espejo del vestíbulo me confirmó, con implacable certeza, la horrible conjetura que los gritos de mi hija habían hecho nacer en mi alma.

¡Yo ya no era yo! ¡Yo era el dios Yig!

¡Su faz de serpiente había suplantado las facciones de mi rostro, convirtiéndome en un ser repulsivo semejante a él, y cambiando mis instintos humanos por otros mucho más oscuros, al igual que había hecho con los rasgos de mi cara!

Fuera como fuera, no podía permitir que los gritos de Jessica llamasen la atención de los vecinos. Con un ímpetu y una velocidad que me parecieron fuera de lo común, me abalancé sobre ella y le tapé la boca, apretando sus labios con todas mis fuerzas. Por suerte, nadie la había oído. Mis vecinos están tan hartos de los ruidos que hacen por la noche los chavales del barrio que los viernes y los sábados se van a la cama atiborrados de pastillas. Por ahora, estaba salvado.

Han pasado varias horas. Incapaz de utilizar mi voz humana para razonar con Jessica, me he visto obligado a esconderla en el armario de mi habitación, bien atada y amordazada. No sé qué haré con ella, ni si podré contener la creciente sed de sangre que me quema las entrañas. Si lo consigo, esta noche saldré en busca de una nueva presa, preferentemente otro pobre mendigo sin hogar. Pero si no, mucho me temo que deberé sacrificar a mi propia niña para calmar esta ansia bestial que me roe por dentro. En todo caso, me consolaré pensando que la responsabilidad de mis crímenes no será mía, sino de la maldición del dios Yig.

¡El mismo dios que me transmitió su espíritu a través de esa estatuilla diabólica que pronto, cuando sea expuesta ante el gran público, desatará sobre el mundo horrores sin cuento!

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