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Cuando se enteró de que Lucía estaba embarazada su primer impulso fue reventarla de una paliza, abrirla en canal como si fuera un cerdo y esparcir sus entrañas por toda la casa. Se tranquilizó fumándose un cigarrillo, saboreando cada calada y abriendo la boca como un sapo para que el humo buscara la libertad resbalando hacia arriba por su cara. «Eres una puta y te has quedado preñada para joderme… pero ya veremos quién jode a quién», pensó. Apuró el cigarrillo y se levantó de un saltito que le recordó de repente el golpe que dan los jueces para decir solemnemente: «Visto para sentencia».

—Se levanta la sesión —dijo saboreando cada letra.

Y las palabras quedaron grabadas en las paredes de la habitación como testigos mudos de sus intenciones.

Durante todo el embarazo ocultó lo que sentía, el rechazo y el asco que le daba todo aquello, y por eso cada segundo que pasaba sólo servía para acrecentar su odio. No puso reparos en cumplir con todas las visitas obligatorias: ginecóloga, matrona y ecógrafa, y a todas les dedicó la mejor de sus sonrisas. Los retrasos eran habituales y provocaban la ira de Lucía, molesta por el sentimiento de culpabilidad, al estropearle una tarde de gimnasio a Fran. Pero se equivocaba, Fran saboreaba aquella situación repasando mentalmente lo que gustosamente haría con cada una de las pacientes allí varadas, ajeno a las disculpas de Lucía… «A esa rubia tan sonriente le haría un drenaje uterino con el agua del acuario, así esos peces aburridos verían al besugo que lleva dentro, ji, ji, ji. Mira esa pelirroja, no me extraña que te la hayan clavado, estás para metértela hasta que se desgaste, pero todas sois iguales. Te mereces un premio por puta. Te ponía a cuatro patas atada a estas sillas tan cómodas, te despelotaba y con mis propias manos te desgarraba el culo hasta sacarte al monstruo por la espalda… ¡a lo mejor invento una nueva técnica de cesárea! ji, ji, ji… ¡La podría llamar técnica anal manual!».

Durante siete meses descargó su furia en el gimnasio. Pasaba horas enteras haciendo pesas, obsesionado por desarrollar músculos desconocidos para la inmensa mayoría de los mortales. El boxeo completaba su locura. Era tal la agresividad que chorreaba por sus poros que pocos se atrevían a cruzar guantes con él, por más protecciones que se pusieran grandes moratones les tatuarían la cara durante semanas. En poco tiempo pasó de ser un tipo anónimo a ser despreciado, y de no haber temido una brutal represalia, el dueño del gimnasio gustosamente lo habría echado cuando rompió un saco de arena a base de golpes. Las drogas y los esteroides estaban acabando con las pocas neuronas que lo mantenían emparentado con el Homo Sapiens.

Lucía, ajena a todo, disfrutaba de su primer embarazo y pensaba, sin compartirlo con nadie, que el niño que llevaba en sus entrañas uniría definitivamente su inestable matrimonio. Veía tan distinto a Fran que una pequeña sonrisa se había instalado en su boca permanentemente. Hacían el amor y después disfrutaban de largas veladas de cine acaramelados frente al televisor. La única queja que tenía y que se guardaba para ella era que nunca le tocaba la tripa, nunca la acariciaba para sentir al hijo de ambos, ni siquiera cuando Aarón pataleaba reclamando la presencia de las manos protectoras de sus progenitores.

Ese día cumplía exactamente veintiocho semanas de gestación. Para celebrarlo, Fran dedicó parte de la mañana a colgar en el techo del dormitorio un gancho y, como no había consultado con ella su ubicación, discutieron acaloradamente. Lucía no entendía por qué tenía que colgar ahí el saco de entrenamiento.

—Ya te lo he explicado cien veces, cariño. Ésta es la habitación más grande de la casa y si tengo el gancho fijado al techo, algunos días puedo colgar aquí el saco en un momento y dar unos golpes, así no tengo que bajar tanto al gimnasio. Lo hago para estar más tiempo contigo, cariño.

El asunto quedó zanjado con una cena romántica a la luz de las velas y una botella de champán francés…

Notó un fuerte tirón y al intentar moverse no pudo. Sintió que sus manos y pies estaban atados y que alguien le estaba tapando la boca con un pañuelo. No podía ver nada, los ojos se le llenaron de lágrimas de auténtico pavor y aunque intentó levantar la cabeza para ver más allá de su tripa, una callosa mano cubrió su cara empujándola violentamente contra la almohada. Trató de girarse, pelear o defenderse, pero una bofetada le premió su esfuerzo con un labio roto. Trató de gritar, no podía rendirse, de su amordazada boca sólo logró escapar un agudo zumbido: «¡Fran!», gritó en su interior, «¡Fran…! ayuda… cariño, ayúdame por favor…». Sus manos atadas empezaron a elevarse contra su voluntad hasta dejar los brazos estirados apuntando al techo, una gruesa cuerda atada a ellas se tensó y lentamente fue arrastrando al resto del cuerpo. De la cuerda brotó un crujido que sonó a lamento y fue izada a pequeños tirones hasta tocar el gancho, quedando colgada como un saco.

Lucía ahogó un grito en un mar de lágrimas cuando lo vio. Todas sus esperanzas se acababan de esfumar. Llevaba puesta una bata de boxeador y ocultaba su cabeza con la capucha dándole un aspecto fantasmal, la miró amparado por las sombras y el brillo de sus ojos fue como dos dagas de cristal clavándose en su corazón. Era Fran.

La desnudó cortándole el pijama con un machete de doble filo, provocando a su paso finos cortes longitudinales que abrieron la carne dibujando líneas caprichosas.

—¡Pareces un pollo colgado en la pollería del súper! —le dijo, aguantando a duras penas para no reírse.

Se quitó la bata y la lanzó a un rincón de su imaginario ring, se ajustó los guantes de dieciséis onzas comprados para la ocasión y empezó a bailar a su alrededor. Lanzaba golpes sin llegar a tocarla como si estuviera midiendo las distancias, acompañándose rítmicamente por la respiración. Adelantó la pierna derecha y su cuerpo acompañó el primer golpe, un crochet de izquierdas directo a la parte baja del vientre.

Los ojos de Lucía se abrieron como lo habría hecho su boca para gritar de dolor. Dio un paso atrás y tras un breve movimiento de piernas lanzó dos directos seguidos al sitio exacto donde el médico ponía el ecógrafo para ver a su hijo y hacerle fotos. Dos chorros de sangre salieron por la nariz de su mujer duchando literalmente a Fran, que no se lo esperaba. Recuperó por inercia la distancia adecuada, se limpió los ojos como pudo con los guantes, mientras el resto le resbalaba por la cara y manchaba su musculoso cuerpo. Una ira irracional le hizo gritar «¡puta!» y su reacción inmediata fue descargar un directo brutal a su cara. Los débiles músculos de su cuello no pudieron sujetar la embestida y su cabeza rebotó contra su espalda. Un crujir de huesos la acompañó en los sucesivos rebotes mientras su melena rubia se enredaba tapándole el rostro. Su nariz había desaparecido dejando visibles los orificios nasales y sus ojos cerrados para siempre empezaron a llorar sangre.

Fran dio unos saltitos mientras estiraba los brazos y empezó a bailar de nuevo. Descargó una lluvia de golpes sobre la indefensa tripa y con cada uno de ellos salpicó pequeñas gotas de sangre en todas direcciones, manchando incluso el techo. Lanzaba un crochet de izquierdas, recuperaba la posición y daba un directo, bailaba, un gancho y otro directo. Con cada golpe el cuerpo inerte de Lucía se estremecía acompañado por el eco sordo del impacto del guante contra la carne desnuda. De repente la cuerda que ataba sus pies se soltó, sus piernas se abrieron como si tuvieran un resorte y un torrente de fluidos sanguinolentos se abrió paso hasta el suelo provocando un tremendo estruendo y formando un gran charco a los pies de su mujer:

—¡Meona! —le dijo al cadáver mientras chapoteaba salpicando enseres y paredes.</p>

Sin saber por qué se acercó a ella para darle un beso, se supone que de despedida, apartando como pudo el pañuelo que le tapaba la boca. Pero fue como destapar una botella de champán francés y una violenta bocanada de líquidos impactó de lleno en su cabeza. Su cara desapareció bajo una cascada de coágulos. Su boca se llenó de trozos viscosos y aún calientes y no pudo evitar tragar algunos para no ahogarse. Vomitó con saña toda la cena. Las violentas arcadas le contrajeron el estómago y le agrandaron la ira. Se limpió torpemente los ojos y la boca. Esbozó media sonrisa y sus ojos brillaron como los de un lobo hambriento. Empezó a bailar de nuevo, un, dos, tres y descargaba un golpe, un, dos, tres y así una y otra vez hasta que su hijo decidió nacer. Simplemente el último impacto lo catapultó hacia el exterior y de no haber sido por el cordón umbilical se habría estrellado contra el suelo. Allí quedó colgando y cubierto por trozos de placenta, tripas y sangre, mientras seguían cayendo restos licuados del interior de su madre. Su instinto reclamó su derecho a la vida y un tremendo berrido salió por su garganta abriéndose paso a la fuerza. Fran, que no lo había visto salir, se quedó paralizado: «¿Qué coño ha sido eso?», pensó, y otro grito desesperado le hizo saltar hacia atrás. Su hijo empezó a llorar y a mover brazos y piernas en el aire y su llanto fue in creciendo.

—¡Hijoputa, vas a despertar a todo el vecindario! —le dijo, y sin pensárselo dos veces preparó la pierna derecha para estamparlo de una patada.

Pero al tomar impulso su pierna de apoyo resbaló y le hizo volar por los aires. A fin de cuentas Lucía se había vengado de él llenándole el suelo de litros de líquido amniótico, sangre y vísceras deshechas y de no haberse resbalado al menos lo habría tenido que limpiar. Cayó de cabeza en la mesita de cristal regalo de bodas de sus suegros. Los cristales rotos le abrieron el cuello por mil sitios distintos y en unos segundos se desangró. Un profundo silencio tomó el relevo al estruendo de la caída de Fran y poco a poco el único testigo de aquello se quedó colgando de su madre a la espera de que alguien le diera consuelo.

El vecino de abajo alertó a la policía a la mañana siguiente porque creía oír el llanto de un bebé, y había aparecido una gran mancha negra en el techo de su dormitorio de la que goteaba algo rojo.


Años después, a su salida del hospital, fue acogido por fin por una familia que no se dejó impresionar por las terribles secuelas que le deformaban el cuerpo y, sobre todo, la cara. Le dieron todo el cariño posible pero sabían, porque lo sentían, que en el fondo de su hijo adoptivo había algo que le marcaba con más fuerza que las deformidades exteriores. Ese año cumpliría dieciocho y pensaban regalarle algo especial aunque no sabían el qué. Pero Aarón se adelantó sin saberlo a las intenciones de sus padres y decidió que era el momento de dar respuesta a algo que llevaba tiempo rondando por su abultada cabeza.</p>

Le resultó sencillo engañar a su hermano mayor adoptivo, dos años mayor que él, y llevárselo hasta un apartado rincón de las afueras con el pretexto de hacer graffitis a unos vagones de tren abandonados en unas vías muertas. Allí le dio a beber un brebaje que lo dejó dormido antes de que pudiera reaccionar. Y en medio de aquel cementerio ferroviario lo enterró de pie hasta la cabeza y se sentó a mirarlo. Admiraba su obra y se dio cuenta de que realmente le gustaba ver una cabeza humana saliendo de la tierra, pero no sabía por qué, simplemente le atraía tener a alguien indefenso a sus pies. Estaba, sin saberlo, dando salida al deseo interior que le oprimía el corazón. «¿Y ahora qué hago con Hugo?», pensaba. Sus ojos se posaron en una vieja herramienta apoyada en un vagón. Un inesperado brillo había llamado su atención como señalándole que estaba allí para él. Era una gran maza de las que usaban para montar las vías. Le costó levantarla, pesaba bastante, la enorme cabeza de hierro estaba medio oxidada y sin embargo se manejaba con soltura gracias a su extenso mango, que permitía cogerla con las dos manos.

Cuando los ojos de Hugo se abrieron no tuvo tiempo de verlo venir. La maza impactó contra su cara hundiéndole el pómulo derecho. Fue brutal, con los nervios de la primera vez Aarón no controló la fuerza y se empleó tan a fondo que un ojo de su hermano adoptivo salió disparado impulsado por el impacto. Una especie de gorgoteo salió por la boca deformada de Aarón, encantado con el resultado. Hugo gritó, chilló. La maza se elevó en el aire y golpeó contra su boca abierta llevándose a su paso todos los dientes que encontró en el camino. Volvió a golpear, esta vez directo al mentón, que crujió, y la mandíbula inferior se quedó desplazada hacia un lado. La sangre salía a chorros por los agujeros que habían dejado los dientes arrancados, formando finos surtidores que volaban en todas direcciones. Hugo ya no gritaba, con respirar tenía suficiente, y por su garganta tan solo salía un pequeño silbido. Clavó el ojo que le quedaba sobre su hermano, pudo verlo recortado contra la luz esgrimiendo un gran mazo chorreante de sangre. Supo que iba a morir, vio más allá de las deformidades y las cicatrices, vio un animal, una bestia marcada por la naturaleza, pudo contemplar que su interior era oscuro y sobrecogedor, tenía ante sí a un demonio que le guiñaba el ojo.

—Es hora de ir acabando —dijo mientras se daba la vuelta.

Transmitió toda su fuerza a la maza y machacó el occipital. El golpe abrió un boquete enorme hundiéndose en el cráneo hasta el punto de quedarse atrancada. Aarón movió el mango en todas direcciones tratando de desencajarlo, sin darse cuenta estaba batiendo la masa encefálica tan enérgicamente que cuando logró sacar la maza un puré grisáceo salió lentamente por el agujero. Miró boquiabierto aquella masa humeante que se iba amontonando. «Eso es lo que somos, mierda arrugada». Y como acto de repulsa acompañando a sus pensamientos dio un mazazo a la pequeña montaña gris. El resultado fue el lógico en estos casos y una lluvia de sesos salpicó todo a su alrededor. Se quedó paralizado al ver su cuerpo entero cubierto por esos pequeños grumos. Miró instintivamente en torno suyo por si alguien lo había visto hacer el ridículo de esa manera y a continuación rompió a reír a carcajadas. «¡Seré gilipollas…!», se dijo, sin poder dejar de reír.


El inspector de policía encargado del caso estuvo examinando aquello un buen rato y, a pesar de su larga experiencia en homicidios, esto le confirmaba su lema diario: «¡Y yo que creía haberlo visto todo!», pensó. Su ayudante se acercó con cuidado de no mancharse los zapatos con los restos esparcidos por todos lados y tras permanecer en silencio le preguntó:

—¿Qué opinas?

—Opino —respondió el inspector— que es una putada. Y que además el que ha hecho esto no es un enfermo mental, es un psicópata, cruel y frío, incapaz de sentir el dolor ajeno. Habrá más cadáveres te lo aseguro. Los golpes no siguen una pauta, es como si hubiera estado aprendiendo, probando…

Aquella muerte no había sido en balde, y algo de razón llevaba el comisario, porque una nueva afición había nacido en Aarón, había descubierto la pasión oculta que presentía, que lo carcomía y que lo atormentaba por no poder arrancársela a su corazón: el golf.

A pesar del dolor por la muerte de su hijo mayor los afligidos padres cumplieron con su compromiso de hacerle un regalo especial en su dieciocho cumpleaños, y le compraron un juego completo de palos de golf, a petición suya.

Lo intentó en todos los campos en cien kilómetros a la redonda y en todos le dijeron prácticamente lo mismo: «Lo sentimos muchísimo, señor, esto es un Club Privado y no admitimos nuevos socios si no vienen recomendados por cinco asociados». Pero la realidad, y él lo sabía, era que no le admitían por sus deformidades. Infatigable al desaliento practicó en su casa con la Wii a falta de campos, y se instruyó con manuales a falta de profesores. Se compró lo que podría decirse «un típico» atuendo inglés y un par de zapatos. Ansioso por probarlo se encaminó hacia el Parque del Retiro y estuvo merodeando hasta que vio lo que buscaba: un calvo. No uno cualquiera, tenía que ser uno con la cabeza pequeña, y aquél la tenía perfecta. Un cráneo tan pulido que desafiaba a la porcelana.

No le costó hacerse con su víctima. Aarón tenía una apariencia poco agraciada, pero su inteligencia era sublime. Lo metió en el maletero del coche de su padre atado de pies y manos, y lo amenazó con degollarlo si hacía tonterías, para acto seguido hacerle beber su brebaje durmiente.

Cuando el calvo abrió de nuevo los ojos, lentamente, con la pesadez propia del despertar, y consiguió adaptarlos a la luz y enfocar, se quedó boquiabierto. Realmente era lo único que podía mover porque su cuerpo estaba enterrado hasta el cuello, ni siquiera se había dado cuenta. Ante él, recortado contra el cielo, se erigía una figura extravagante; empezó a recorrerla con la mirada desde abajo hacia arriba. Unos majestuosos zapatos a dos colores, blanco y marrón, con suela de clavos, desafiantes. Los calcetines eran azul marino con rombos grises y rosas y le llegaban hasta las rodillas y desde allí lucía pantalones bombachos grises. El resto no mejoraba lo presente, y se cubría con una camisa rosa pálido con chaleco del mismo color y rombos a juego con los calcetines. Haciendo un considerable esfuerzo por ver más forzó hacia atrás la cabeza y vio el monstruoso aspecto de su raptor. La cabeza descomunal, desproporcionada y deformada, cubierta con una gorra escocesa de las que tienen una borla en el medio. Pero lo peor era su cara, tenía el pómulo derecho hundido y en consecuencia la nariz se torcía hacia ese lado, y su barbilla totalmente desplazada hacia la izquierda dejaba al aire unos descolocados dientes amarillos. Para rematar el cuadro abstracto, su ojo izquierdo no tenía párpados y parecía que iba a caer en cualquier momento. Pero sonreía, o eso parecía, y estaba como orgulloso o contento por algo, sólo le faltaba silbar. Animado de repente por esa muestra de cordialidad se sintió reconfortado y le preguntó:</p>

—Todo esto es una broma, ¿verdad?</p>

—¿Broma? Pues no, lo lamento. Todos llevamos algo dentro y hay que dejarlo salir, o corres el riesgo de que te deforme el cuerpo. Créeme, a mí me ha pasado, yo no lo hice a tiempo y mira qué secuelas me ha dejado intentando salir por algún sitio. Pero por fin he averiguado lo que era: el golf. No lo supe hasta el otro día. Ahora sólo tengo que mejorar mi hándicap y tú me vas a ayudar —respondió, mientras jugueteaba con un tee y un pequeño martillo.

—¿Qué es eso? —preguntó el calvo, infinitamente inquieto.

—Se llama tee y se clava en el césped para sostener la bola.

Se arrodilló, sujetó la pequeña pieza con dos dedos como si fuera un clavo y de un violento martillazo se lo incrustó en lo alto de la cabeza. Su víctima aulló de dolor. Aarón se quedó mirando cómo resbalaba caprichosamente la sangre por todas direcciones. Dos hilos se le deslizaron por la frente al calvo y en su recorrido arrastraron lágrimas de terror, remansadas en sus ojos. Acto seguido colocó una pelota de golf en el tee, se separó, flexionó ambas piernas y se dispuso a sacar. Cogió una madera tres de su repleta bolsa y la probó balanceándola con fuerza. La gran masa ovalada en la que terminaba el palo iba y venía hasta que, retorciendo el tronco y los hombros para coger impulso, lanzó un tremendo golpe. Puso la mano a modo de visera y siguió la trayectoria de la pelota con la vista hasta que se perdió a lo lejos. Al calvo, el zumbido y el impacto le habían dejado sordo y se puso a sollozar temblando de miedo en el interior de su tumba vertical. De nuevo, Aarón colocó otra bola con delicadeza y cogió un palo más pesado, una madera uno. Ejecutó escrupulosamente la coreografía golfística como si estuviera en la Master Cup y lanzó un tremendo golpe, que no alcanzó su objetivo: dio más abajo llevándose por delante la bóveda craneal. Los sesos quedaron al descubierto. Aarón se asomó y tras un breve vistazo dejó caer un escupitajo en señal de fastidio. El calvo gritó y, sollozando, le preguntó:

—¿Qué ha pasado? He sentido como una punzada y tengo frío en la cabeza…

Aarón se desternilló por la pregunta y se tuvo que apoyar en el palo para no caerse. Cuando se secó las lágrimas se recreó en la estética de lo inesperado: una cabeza saliendo de la tierra totalmente ensangrentada con los sesos brillando al sol.</p>

—Es hora de jugar a lo grande —dijo chasqueando la lengua.

Metió el palo en su bolsa y sacó de ella la maza. Se plantó delante de lo que quedaba de la cabeza:

—Te presento a mi palo preferido, un wedge especial, diseñado sólo para jugadores con un toque personal.

Se colocó a un lado y tomando todo el impulso que pudo la estampó contra el ojo izquierdo. El calvo sintió la embestida de un tranvía en su cara. Su ojo reventó salpicando sangre, dejando las pestañas pegadas al hierro en señal de protesta. El maxilar izquierdo se rompió desgarrando la piel de la frente y dejando visible el borde aserrado del hueso. El siguiente golpe impactó en la barbilla arrastrando al mismo tiempo un pegote de tierra compactada por la sangre, la mandíbula inferior habría salido volando arrancada de sus ejes de no haber sido por la piel del cuello y gracias a eso sólo quedó tendida en el suelo. La lengua liberada de su apoyo se quedó colgando como si fuera una corbata: su garganta intentó articular alguna palabra, «hijoputa» tal vez, pero únicamente emitió un gracioso gorgoteo provocando una llovizna de diminutas gotas de sangre catapultadas por la vibración de las cuerdas vocales.

—Vaya cacho boca, se te ve todo —dijo Aarón—. Y todavía tienes ganas de hablar, ¡qué tío!, pero no se te entiende nada y te voy a ayudar. Voy a buscarte las palabras en el cerebro.

Se arremangó, se arrodilló y metió las dos manos en su cabeza. Hurgó como el que busca pepitas de oro en un montón de tierra. Una violenta sacudida tensó el cuerpo del calvo dentro de su agujero y un estertor liberador le paró los pulmones. Remover el cerebro en busca de palabras es ardua tarea. Rebuscó a conciencia sacando puñados que iba estrujando con minuciosidad, parándose para examinar cualquier dureza que llamara su atención. Poco a poco fue vaciando el cráneo y delante de sus rodillas unas grandes hormigas de cabeza roja empezaron a llevarse pequeños recuerdos, incluso alguna, sin saberlo, se llevó las neuronas que en su día le dieron al corazón la orden de empezar a latir. El cráneo vacío le trajo la imagen de un váter. «¿Por qué no?», pensó. Se bajó los pantalones y se cagó dentro.


Aarón, felizmente reconciliado con su interior más salvaje, paseaba por la calle Preciados en busca de candidatos a caddie cuando unos cánticos acompañados de campanillas llamaron su atención. Unos personajes que no había visto nunca desfilaban alegremente ofreciendo bollitos. Iban vestidos con túnicas naranjas y calzaban sandalias. Sintió una erección tan repentina que tuvo que taparse con disimulo. El motivo: una docena de calvos le proponía la felicidad eterna portando cráneos perfectamente rapados y barnizados. Cráneos de todas las formas y colores, cráneos y más cráneos. Babeaba de placer. Uno en concreto se dirigió a el, y se dejó engatusar. Sin saber cómo, el portador de semejante obra de arte se encontró atado en el maletero de un coche.

Despertó porque sintió cosquillas, no se podía mover y estaba enterrado hasta la barbilla. Un suave cepillo le estaba sacando brillo a su cabeza con furor. Miró con el rabillo del ojo y distinguió a alguien de rodillas a su lado.</p>

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

El masaje se paró en seco para continuar inmediatamente.

—Vamos a intentar un birdie —respondió Aarón.

—Perdona mi ignorancia hermano, pero ¿qué es un birdie? —el masaje se detuvo de nuevo.

—Es hacer un recorrido en un golpe menos del par, es para mejorar mi hándicap.

El aprendiz de Hare Krishna ató cabos y aunque sólo había leído textos religiosos no era tonto, y viéndose como se veía y estando con quién estaba llegó a una nefasta conclusión: iba a morir. «No por las buenas, hermano», pensó.

—Oye hermano, si me ayudas a salir de aquí te diré una fórmula, una que hará que alcances grados de concentración inimaginables y que puedas llegar a ser maestro de maestros, o más —dijo, tratando de disimular las ganas de llorar que le imponía la desesperación.

—Lo siento pero no te voy a sacar de ahí, me la puedes decir tal y como estás —le respondió Aarón con una mal disimulada indiferencia.

—Está bien te la diré: mecagoentuputamadre engendrodel diablo espero queardas enlos infiernos para elrestodelaeternidad ytu alma sepudra en unpozodemierda.

—¿Qué? —dijo Aarón—. No me he enterado de nada. Repítemela.

—Mecagoentuputamadre engendrodel diablo espero queardas enlos infiernos para elrestodelaeternidad ytu alma sepudra en unpozodemierda.

Aarón acercó su oreja a la boca del calvo hasta casi tocarla y en ese instante, como un tiburón saliendo del agua, una boca abierta al límite se cerró como un cepo sobre el expuesto cuello. El pinchazo de dolor le hizo estirar las piernas y convulsionarse violentamente en un intento desesperado por soltarse. Pero la mordaza no le soltó. El Hare notó la boca llena de sangre, que tuvo que tragar para no tener que soltar a su presa. Cuanto más se movía Aarón más le dolía, y en vista de que no le iba a soltar dejó de moverse y trató de calmarse. No sirvió de nada, apretando los dientes en un último esfuerzo el Hare logró arrancar un trozo de carne llevándose la yugular por delante. Aarón se llevó las manos al cuello intentando tapar el boquete mientras grandes chorros a presión salían en todas direcciones de entre sus dedos. La pulcra calva y todo a su alrededor se cubrió de rojo. La vida se le iba por momentos, cayó al suelo y se arrastró en busca de la maza en un último y desesperado intento por vengarse, pero terminó de desangrarse con ella en la mano.

El Hare escupió el trozo de carne y empezó a gritar con todas sus fuerzas, pero pasó el día y por toda contestación tuvo el latido de su corazón dentro de aquella tumba vertical. Había montones de basura y escombros hasta donde podía ver y supuso que, tarde o temprano, alguien aparecería por allí. Siguió gritando hasta que su garganta se secó. Cayó la noche y con ella la desolación. Estaba a punto de dormirse cuando cientos de pequeños brillos parpadearon en la oscuridad.

—¿Hola? —exclamó.

Por respuesta obtuvo un chillido y al momento cientos de ellos respondieron enloquecidos. La luna apareció entre las nubes y le mostró un ejército de enormes ratas de lomo plateado y dientes amarillos. Se lanzaron en tromba dando saltos y atropellándose entre ellas mientras chillaban de excitación. Intentó decir algo, pero de su garganta no salió nada, apenas si entraba ya el aire. Se fijó en el cuerpo caído porque ante su sorpresa y alivio, de momento, se dirigieron hacia él. Estaba boca arriba y, al arrastrarse, su tripa se había quedado al aire. Pudo ver con claridad cómo una rata asquerosa se acercaba lentamente mientras el resto la rodeaba como una guardia de honor. La rata en cuestión entró por el boquete del cuello y desapareció en su interior camino de sus intestinos. Al poco la tripa empezó a moverse, algo por dentro pugnaba por salir y abultaba la piel. De repente la panza se abrió y la rata sacó de golpe medio cuerpo impregnada de líquidos viscosos, chillando y enseñando amenazadoramente los dientes manchados de sangre. Los intestinos empezaron a salir empujados por el cambio de presión y en ese momento el ejército de roedores se lanzó a devorar el cadáver. Arrancaban jirones de carne que engullían sin masticar y, ansiosas por ese banquete inesperado, devoraban músculos, venas, órganos y vísceras peleándose entre ellas. Los líquidos intestinales en proceso de descomposición provocaron una reyerta entre dos de ellas que acabó cuando una se comió a la otra. Lo devoraron sin piedad y se comieron su deformado cuerpo hasta rebañar los huesos. Se tomaron un respiro mientras se limpiaban los bigotes y las patas delanteras y una vez perfectamente aseadas se fueron a por el postre.

El chico las vio acercarse incapaz siquiera de gritar. Venían tranquilamente sin atropellarse, en silencio. Lo rodearon y le masticaron la cabeza. Empezaron por los ojos, a pequeñas dentelladas, hasta que una dio un tirón y sacó lo que quedaba yéndose triunfante con su botín. Como no cabían por las cuencas vacías se dedicaron a comerle la nariz y las orejas, los labios y la piel de la cara hasta llegar al hueso. Tan sólo le dejaron el cuero cabelludo. Pero, por desgracia, con eso no te mueres, duele, pero no te mueres. Su instinto de venganza le ordenó al Hare abrir la boca, sellada hasta entonces, porque su cerebro había despertado y reclamaba morir matando.

Abrió la boca y una rata teñida de rojo entró en ella buscando más comida, en ese momento la cerró apretando con tal ira que la partió en dos. Su boca se llenó de vísceras y jugos de roedor, la escupió y volvió a abrir la trampa. A la siguiente la decapitó tragándose la sangre caliente, era ponzoñosa pero le reconfortó la garganta y sin poder evitarlo se relamió. Fue amontonando mitades de rata a las que iba exprimiendo en su boca todos los fluidos, sin desaprovechar una gota, hasta que se saciaron con los trozos de sus compañeras muertas y lo dejaron.

Lo sacaron con cuidado todavía con vida al cabo de unos días. Su aspecto era monstruoso, había sobrevivido a pesar de todo y no se explicaban cómo lo había logrado, porque lo normal era que hubiera muerto de inanición. Divagaba repitiendo la misma frase con un hilo de voz:

—Busca en tu interior y déjalo salir… busca en tu interior y déjalo salir… yo ya lo he encontrado… y lo dejaré salir… lo dejaré salir…

—¡Venga jefe, mire! ¡Qué raro es esto! Se han comido todo menos un trozo —dijo el ayudante del inspector mirando el esqueleto pelado y blanqueado por el sol.

—¿Qué estás diciendo? —el ayudante señaló un pegote arrugado y ennegrecido de carne que estaba entre las costillas.

— ¡Joder! Vas a tener razón —dijo el inspector—. Se han comido todo, todo… menos el corazón.

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