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Capítulo 4

En medio de la noche Minerva se despertó. No sabía si había escuchado un ruido o era que algo la inquietaba. Félix dormía plácidamente a su lado, inconsciente de lo que sucedía en esos momentos. Un brillo amarillento se colaba por las ventanas y teñía gran parte de la habitación. Se asomó por la ventana y vio que las calles estaban vacías; había un silencio total y la luz de la luna se fundía con la de la ermita. De ella emanaba un resplandor que se elevaba unos cuantos metros hacia arriba y que emergía también de los resquicios de la tierra. Media colina estaba invadida por ese color. Desde la ventana llegó a ver mucha gente allí arriba. Quizás más de la mitad del pueblo.

De repente, mientras espiaba y Alonso se removía entre las sábanas sin despertarse, un ruido, en la planta baja, puso el corazón de la chica a cien por hora. Alguien se movía abajo sigilosamente, pues sus pasos obviamente pretendían pasar desapercibidos. Ante semejante alarma, se vistió con la misma ropa del día anterior y fue hacia su puerta, asomando un poco la cabeza. Allí no había nadie. Menos mal; así que muy despacio, miró por la escalera y vio a su padre abrir la puerta de la casa y salir a la calle. Se sorprendió de este hecho, y permaneció asombrada durante unos segundos, aunque después reaccionó y bajó sin hacer ruido hasta la puerta. Quería seguirle y saber adónde iba y qué pretendía.

Abrir la puerta fue una experiencia aterradora ya que, al hacerlo, un torrente de una luz pálida y amarillenta se filtró y agarró su mano. Aquella luz era como una presencia que le envolvía el brazo: provocaba una confianza y satisfacción inmensa y una sensación de estar protegida por una gran comunidad. Esa sensación de poder la asustó y soltó el pomo de la puerta. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, esta vez decidida a salir a la calle antes de perder la pista de su padre. Cuando estuvo afuera le dio tiempo de ver a su padre recortar una esquina, sigilosamente. Minerva le siguió, pero enseguida comprobó por qué tanto sigilo. Vio algo moverse de pared en pared, como fisgando en las tinieblas, y así lo vio: una criatura, de piel brillante y viscosa que rezumaba una mezcla de pus y sangre.

Su cara se asemejaba a la de un ser humano, pero parecía descompuesta: los ojos le sobresalían, los dientes mordían las carnes de sus labios, la cara estaba retorcida en un gesto inhumano. Su piel ya no sólo brillaba a la luz de la luna: también lo hacía a la luz de la ermita. Era como si le atravesasen la carne con una linterna de luz amarilla. Desprendía un olor despreciable y podrido y no parecía ser muy inteligente. Daba vueltas de aquí para allá sin una dirección concreta. Tal vez estaba vigilando, haciendo su ronda.

Consiguió doblar la esquina sin que la criatura se percatase y, andando sigilosamente llegó hasta la biblioteca en la que trabajaba su padre. El entrar en ella le produjo un leve escalofrío. La biblioteca era amplia y muy antigua, por lo que los mismos pasos producían un profundo eco una inquietante sensación de haber alguien al acecho. El olor a cerrado y a humedad de los libros acentuaba su angustia. De repente una luz se encendió. Era la del despacho de su padre. Se acercó con mucho cuidado, para que el sonido de la madera vieja del suelo no la delatara y se asomó por el marco de la puerta. Su padre parecía frenético y angustiado: rebuscaba por el suelo del despacho, empujó unas sillas y unas mesas. Estaba como enloquecido, como si actuase sin sentido. Pero no era así. Había despejado el suelo de trastos y, después de quitar la alfombra abrió una trampilla en el suelo. Encendió una linterna y bajó por unas escaleras. El traqueteo que producían éstas y el silencio opresivo del lugar estaba arrebatando la cordura a la chica. Cerró los ojos y tragó saliva, pero no le pasaba ni gota.

Fue entonces cuando escuchó un grito proveniente de aquel. Sí, era su padre, que hablaba al parecer con alguien, aunque nadie contestaba. Entró en la oficina sin atreverse a avanzar mucho, y una pestilencia la hizo retroceder. Aquel era un olor putrefacto de algo descompuesto, el de un ser abominable: el de una de esas criaturas. ¡Había una en el sótano con su padre!

Caminó hacia atrás sin despegar la vista de la trampilla y se volvió a colocar detrás del marco de la puerta, escondida. Se escuchaba un forcejeo y después un sonido gutural. Un silencio y alguien que subía torpemente por las escaleras. Minerva esperaba que fuera su padre quien asomara la cabeza, pero sus esperanzas se frustraron cuando acusó un olor podrido muy intenso. La cabeza que vio fue la de un ser humano desfigurado y grasiento, chorreante de un líquido verdoso y sangriento. Su rostro era más parecido a una calavera que a otra cosa.

El corazón de Minerva se puso a mil y se acurrucó en el suelo, lejos de donde pudieran verla. Pero aquello estaba tan oscuro... Quizá podría salir alguno más de entre las tinieblas. Cerró los ojos para no contemplar aquella aberración y aguantó la respiración. En esos momentos sólo se escuchaba el leve gemido del monstruo, un baboseo continuo y el arrastrar de sus pies. Al final desapareció por la puerta y el olor remitió.

Permaneció unos minutos, conmocionada, sin moverse ni un milímetro, hasta que se acordó que su padre estaba allí adentro. Poco a poco fue moviéndose hasta que recuperó la confianza. Al acercarse a la trampilla del sótano notó que el olor se había estancado allí adentro. No obstante se armó de valor y bajó por las escaleras.

El sótano estaba iluminado por una linterna de pilas a medio usar y la luz era muy débil, pero suficiente como para ver lo que había dentro. El escondite no era muy grande, pero tenía un escritorio, una silla y una estantería con libros enormes y antiguos. En el suelo, de rodillas e inmóvil, se encontraba su padre intentando agarrar un libro que había en el suelo. Parecía congelado en el tiempo, en el momento en que un gran horror se mostraba frente a él, pues la expresión de su rostro era espeluznante. Minerva se acercó a él y le tocó el brazo mientras le llamaba. Pero al tocarle, la piel se descascarilló como si fuera una película de polvo, mostrando que lo que había debajo era una figura de piedra. Le tocó en la cara y todo su rostro se peló: debajo había una cabeza de piedra. Aquella criatura había convertido a su padre en una estatua. Profirió un gran grito de dolor y, antes de desmayarse, vio que en el brazo de su padre había un profundo arañazo.

Se despertó sin sentido del olfato y la luz de la linterna había menguado en intensidad. En el sótano todo seguía igual y, después de llorar por su padre, cogió el libro que había en el suelo y se puso a leerlo. Se trataba del Libro de Historia Arcaica del Municipio de Valdivia y en él había algunas páginas marcadas con pasajes subrayados. Cuando terminó de leer se marchó con el libro y se dio un susto de muerte al encontrarse junto a la salida del sótano a la criatura de la noche anterior. Pero esta vez se trataba de una estatua hermosa, nada comparable con aquel otro monstruo. Pero Minerva estaba más que segura de que eran el mismo. El misterio de las estatuas entonces era más aterrador de lo que hubiera pensado nunca. Con el susto se le cayó de las manos el libro y no se agachó a recogerlo. Lo único que podía hacer en esos momentos era buscar a Félix. Era el único que podía darle consuelo.

Ya era de día y llegó hasta casa de Félix. Todo el pueblo estaba plagado de estatuas, tanto de humanos como de animales. Aquello parecía más un parque abandonado que un lugar habitado. Sabía que no la podían hacer daño ahora, pero tenía demasiado miedo como para no asustarse. Nadie contestaba en casa de Félix. Insistió varias veces, pero no hubo respuesta. Se sintió tremendamente nerviosa y se quedó llorando un rato en la puerta, pero se acordó que podía llamarle al teléfono móvil. Fue a su casa a por el teléfono y sintió como si los recuerdos le traspasaran el corazón. Vio que tenía varias llamadas perdidas de Félix. Le llamó y éste se puso al otro lado del auricular.

—¿Dónde estabas? Te he estado llamando desde hace un buen rato.

—Oh, Félix, tengo que verte. ¡Es horrible lo que ha pasado!

Félix se puso tan nervioso que no entendió el tropel de palabras que le contaba su novia. Le pidió que subiese a la Cueva de los Pilares lo más pronto posible.

Capítulo 5

Subió corriendo por donde siempre lo hacía a la Cueva de los Pilares, desde la casa del anciano y después bordeando la colina por detrás. Esta vez no se paró a contemplar las vistas. No había nada más importante en esos momentos que reunirse con su queridísimo novio. No podía comprender qué energía creaba esa adicción a Félix. Y ahora sí que tenía verdadero mono.

Allí arriba estaban los dos, demacrados, como si no hubieran dormido y una marea de preocupaciones se cerniese sobre ellos. Félix llevaba consigo dos cuchillos grandes mientras que Alonso llevaba una escopeta y una mochila. Los dos estaban llenos de polvo. Cuando Félix vio que su novia subía extenuada por la cuesta, corrió hacia ella y la abrazó tan fuertemente que Minerva se rindió en sus brazos. Alonso fue en ayuda de Félix, quien intentaba reanimarla dándole unos ligeros sopapos, y fue así como volvió en sí. La tumbaron dentro de la cueva, en donde estaría más segura y hablaron de lo que había pasado.

—¿Dónde estabas esta noche? No te vi en la cama ni en casa. Tampoco estaba tu padre.

Minerva no paraba de llorar y jadear a causa de un nerviosismo extremo.

—Oh, Félix. Está muerto. ¡Muerto!

Los dos hombres se conmocionaron ante la noticia. Se miraron entre sí, aturdidos.

—¿Qué pasó entonces, jovencita? –inquirió Alonso.

Tardó unos instantes en calmarse algo, pero entre sollozos contestó:

—Un monstruo le convirtió en piedra –volvieron a mirarse los dos hombres y preguntaron al unísono.

—¡¿Un monstruo?!

—Explícate mejor, cariño, porque no te entendemos muy bien. Empieza desde el principio si puedes. Sino terminaremos preocupándonos también nosotros, pero quizá por algo que no sean más que especulaciones nuestras.

—Entonces pensad en vuestras peores pesadillas. No está muy lejos de una imaginación retorcida esto que está pasando.

—Empieza desde el principio... —dijo Alonso.

Les contó todo desde que escuchó el ruido en casa hasta que entró en el sótano de la biblioteca. El relato sobre aquella criatura les llenó de temor, ya que la idea de que Minerva estuviera tan cerca de aquel ser era aterradora...

—Entré en el sótano y allí estaba mi padre, de rodillas como queriendo coger un libro que había en el suelo. Tenía un aspecto horrible, como si hubiera visto un fantasma... Y cuando le toqué era... Era...

Volvió a derrumbarse y no pudieron sacarla más palabras por un tiempo. Después, sin que nadie se lo preguntase dijo:

—Era de piedra.

Se quedaron boquiabiertos. Temían esperar esa respuesta.

—Pero tiene que haber algo más que los convierta en estatuas además de los monstruos. Tal vez ellos mismas tengan esa capacidad, pero cómo explicas que también haya pájaros, gatos, lagartijas... No creo que vayan por ahí, corriendo detrás de ellos.

—Son como si fueran soldados. Y creo que sé de dónde proviene esa fuerza mayor —miró Félix hacia la ermita y le vino a la memoria la imagen de las dos gárgolas—. Las gárgolas del infierno.

—¿Provocan ellos ese resplandor? Ya no es una luz difusa, como la que había cuando llegué aquí. Ahora se filtra por las grietas de la tierra y llega hasta el pueblo. Las mismas casas arden en esa luz.

La observación de Alonso hizo pensar a Minerva. De pronto recordó algo.

—Leí el libro que quería coger mi padre.

—¿Y qué decía? ¿Hablaba de algo relacionado con esto?

Mientras hablaban, Félix murmuraba en voz baja y pensativa:

—¿Habrá más gente como nosotros o se habrán convertido todos en esas horribles criaturas?

—Me dejé el libro en el sótano, no tenía ni fuerzas para cargar con él.

—¿Cómo se llamaba el libro? —preguntó Alonso.

—Creo que era el Libro de Historia Arcaica o algo así. Había páginas marcadas con frases subrayadas que decían algo sobre unas gárgolas que aparecieron aquí en Cantolgaz sobre el siglo XII y que sembraron la devastación. Decía que el pueblo fue quemado en su totalidad para ser purificado, no se dejó piedra sobre piedra y que se selló el miedo. Y aquella —señaló la ermita con un dedo— fue testigo de todo. En el libro decían que nadie se atrevió a derribarla y que fue tapiada para que nadie más entrase.

—O saliese...

—Las planchas de plomo en las ventanas. Y no sólo en las ventanas. La puerta principal también está tapiada –dijo Félix.

—Tal vez el misterio de todo esto está dentro de la ermita. Tanta luz proveniente de ella... Las gárgolas esas tal vez sean una parte de este rompecabezas, pero no el rompecabezas en sí —añadió Alonso.

—Ahora me acuerdo que aquel día que subimos a la ermita Alonso y yo, vimos una trampilla en el suelo con pisadas alrededor y las gárgolas se excitaron cuando intentamos abrirla. Además estaba tapada con ramas, como si quisieran que nadie lo encontrara.

—Eso es, da la impresión de que algo se esconde allí adentro. Y de que sólo actúa de noche. De día sólo pueden jugar con el miedo, que es precisamente lo que nos hicieron las gárgolas. Mi sospecha es que tu padre, Minerva, tenía algún conocimiento sobre lo que estaba pasando. Conocía una entrada secreta a un sótano oculto de la biblioteca, hasta el último momento intentó agarrar un libro más que relacionado con lo que está pasando, y según lo que cuentas, tuvo una especie de monólogo con la criatura. Como si conociese su existencia.

—Mi padre no ha provocado esto. Él no ha podido... —se le notaba una congoja en su voz y el brotar de las lágrimas en sus ojos.

—No digo que haya sido él, pero...

—¡Claro que no ha sido él! —gritó Félix—. ¿No te acuerdas, Minerva, de lo que me contaste el otro día, lo del viejo Antón? Me dijiste que tu padre sabía que el antiguo bibliotecario tenía una obsesión por los libros antiguos de Historia, y que tu padre te había enseñado uno que hablaba sobre las gárgolas del infierno. Tu padre, cariño, debió de descubrir el secreto del viejo Antón. Por eso conocía el sótano. Por eso hablaba con el monstruo. Me temo que el antiguo bibliotecario haya descubierto algo en ese libro de Historia que ha provocado esto.

—Tan sólo hace unas semanas que mi pariente murió. Tal vez eso que desató fue lo que acabó con él.

—El viejo Antón... ¿Y te mandó una herencia de la casa? —preguntó Félix.

—Sí, y soy el único pariente cercano que conoce.

—O el más cercano a Cantolgaz —dijo Minerva.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Alonso sin entender.

—Tal vez no fuera una casualidad que te nombrara heredero. Pensándolo de esa manera es como si te hubiera llamado con un propósito, y la casa era la excusa perfecta. O tal vez la única.

Se quedaron pensativos un rato. Todo era muy extraño.

—¿Conocías a Antón? —Alonso quería saber cómo era.

Minerva respondió:

—Yo sí. Mi padre era ayudante de él y llevaban trabajando juntos cantidad de años. Cuando murió, mi padre se quedó con la biblioteca. Antón no era mala persona, o al menos no lo parecía. Era una especie de viejo gruñón y dedicaba todo su tiempo a la biblioteca. Era muy católico y supersticioso, pero nada fuera de lo normal.

—Entonces no sé qué le habrá llevado a provocar algo semejante. Tal vez pensó que era otra cosa —apuntó Alonso.

Félix respondió a eso.

—Fuera lo que fuere resulta que esto también pasó en el siglo XII. Es posible que se trate de algo cíclico y que simplemente ha vuelto a ocurrir. Esperemos que se cierre el ciclo como la otra vez.

—Lo que sí hay que hacer es una cosa: acabar con esto cuanto antes. Esta monstruosidad no debe durar más.

Y después de que Alonso dijera esto, se marcharon de camino a la ermita. Minerva no quería quedarse sola en la cueva, así que la dejaron acompañarles.

Ninguno había sacado el tema de lo que habían visto esa noche. Y era mejor que la chica no se enterase. Si lo hubiera sabido no estaría con ellos ahora mismo en la caminata hacia la ermita. Pero la chica se había mostrado muy valiente. Lo que vieron aquella noche era realmente abominable, pues observaron con los prismáticos cómo una gran multitud se arremolinaba junto a las gárgolas envueltos en un halo amarillo. Las gárgolas habían perdido su condición de estatuas y se mostraban como si ellas mismas fueran la herida y la piedra que las había recubierto el cuerpo fueran ahora su costra. Las luces amarillas se filtraban por toda la tierra, incluso llegando hasta ellos. Se fijaron en que se hacía más intensa en la zona junto a la trampilla junto a la ermita. En el aire parecía escucharse el murmullo de decenas o cientos de personas; no sabrían decirlo con seguridad.

Los dos sintieron lo mismo: la tentación de subir hasta las gárgolas para alcanzar un poder mayor. Sentían que si lo hacían estarían respaldados por una gran comunidad. Una tentación que les repudió, puesto que sabían qué comunidad era esa. Tal vez eso fue lo que les impidió caer como lo había hecho casi todo el pueblo. Tenían la ventaja de conocer que aquel poder se ofrecía a cambio de convertirse en aquellas aberraciones y quién sabe qué más.

Vieron que de entre la multitud aparecían las criaturas más corpulentas agarrando a personas normales que se resistían. Y después de presentarlas ante las gárgolas, éstas les arañaban en la cara, abriendo después sus enormes bocas pero sin proferir ningún sonido. No entendían al principio qué era lo que hacían hasta que las personas se convulsionaban y sus ojos se volvían brillantes. Entonces una de las gárgolas le daba un zarpazo en el cuello y las criaturas se los llevaban camino abajo, hacia la salida del pueblo. Todo aquello les dejó paralizados y no se atrevieron a dar ningún paso más. Estaban atrapados en aquel infierno y tendrían que esperar a que se hiciera de día para largarse si podían, y esperar a Minerva, de quien no sabían nada. Félix la llamó varias veces pero no contestaba, así que se temía lo peor.

Entonces el ruido de una rama rota les puso sobre aviso. Félix con sus cuchillos y Alonso con la escopeta se dieron media vuelta y esperaron entre las sombras. Por el olor no podía ser nada bueno y, mientras, un ronroneo cobraba intensidad. Parecía un gato y bajaron un momento la guardia, hasta que se acordaron que no sólo eran personas lo que se podían corromper. De los arbustos salió un gato sin las patas traseras ni rabo que parecía bañado en una crema viscosa. Se encorvó como lo hacen cuando se topan con algo que los asusta y se arrastró tristemente hacia ellos, dispuesto a atacar. Parecía una criatura pequeña, pero en aquellas condiciones era igual o peor que un demonio. Alonso no lo dudó y le apuntó con la escopeta. Pero antes de disparar, su compañero ya le había lanzado un cuchillo, que acertó en todo el cogote. El cuchillo era enorme, debía de medir unos cuarenta centímetros, así que la estocada fue letal.

Se quedaron mirando cómo el animal chorreaba sangre y ésta, a medida que salía, se calcificaba hasta convertirse en pura piedra. El animal se convulsionaba febrilmente ya que se le estaba petrificando la sangre dentro de su cuerpo. Estaban asombrados ante semejante espectáculo. ¿Cómo podía ocurrir eso? Se alejaron más del gato y éste terminó por reventar. Allí sólo quedó un pedazo amorfo de piedra que podría pasar por un capricho de la naturaleza. Se acercaron y, tras recoger el cuchillo que se había quedado incrustado, le dieron una patada. La piedra rodó hasta los arbustos, que estaban al borde de la cuesta y se sentaron dentro de la cueva. Una maldita luz tenue comenzaba a cristalizarse en las piedras de la calle. Poco a poco se filtrarían a través de la tierra e invadiría la caverna. Entonces no necesitarían ninguna linterna para ver allí adentro. En la calle preferían no usarla, por si alguien o algo los veía.

—Menos mal que no te he dado tiempo a usar la escopeta. De haber disparado la hubieras liado parda.

—Te juro que prefiero que esa chusma me oiga a que un gato de esos me muerda por su mala leche.

Y rieron durante un rato para desahogarse un poco. Con las risas no escucharon que alguien se acercaba desde el camino que va a Monte Nogal. Cuando se quisieron dar cuenta, una sombra les cubrió. Una criatura de metro setenta aproximadamente se puso delante de la linterna, que estaba en la boca de la cueva iluminándola de afuera hacia adentro. No se esperaban que en ese momento en que bajasen la guardia aparecería uno de esos. Estaban sentados en una roca junto a la pared y se levantaron sin apartar la vista del monstruo. No se le podía ver la cara siquiera, ya que tapaba toda la luz. Tan sólo un leve resplandor que parecía rezumar bajo su piel. El mismo que estaban proyectando las piedras.

—Coge la escopeta. No voy a dejar que me muerda.

Félix temía que fuera Minerva, pero no le cuadraba por la estatura. ¿Qué sería de ella? Esos momentos sin saber nada de ella se le hacían eternos. Cogió los cuchillos y esperó a que la criatura viniera.

El monstruo alargó los brazos y abrió la boca profiriendo un gorgoteo, como si estuviera haciendo gárgaras. La reverberación en la cueva lo hacía más siniestro. Su movimiento era tambaleante, pero firme, y a medida que se acercaba a ellos, el olor crecía en intensidad, lo mismo que el resplandor amarillento. Parecía conferirle una fuerza y seguridad mayores; también él debía de sentir aquella sensación tan extraña, pero con mucha más fuerza.

—¡Dispara!

Alonso ni lo dudó. Daba igual que lo escucharan desde las afueras, pero de lo que sí estaba seguro era de que no iba a arriesgarse el pellejo haciéndose el héroe. Y Félix pensó igual. Estando a cuatro metros de ellos apretó el gatillo y un estruendo inundó la cueva. El ser cayó de espaldas impulsado por el impacto. El boquete que le había hecho era más que considerable. En el suelo, mientras chorreaba litros de sangre que terminaban petrificándose, la luz espectral que salía de las piedras iba apagándose. Algo se estremeció en el interior de la tierra, pues hubo un ligero temblor.

La criatura se arrastraba y quejaba con berridos semejantes a los de una vaca. Eran continuos y constantes, por lo que les pareció que estaba pidiendo ayuda. La sangre iba creando en el suelo una serie de heterogéneas formas rocosas. En pocos momentos aquella cosa iba a sufrir la misma suerte que el gato.

—¡Haz que se calle! —gritó Alonso. Aquel sonido de socorro le estaba poniendo los pelos de punta. Podría haber sido un vecino cualquiera, una persona amable, con hijos y sin embargo, por motivos que nadie podía explicar se había convertido en esa cosa. No podía soportar ver sufrir ni tan siquiera a esa criatura. ¿Y si venían más? Entonces estarían acorralados en la cueva. Tendrían que internarse en ella, pero desconocían si tenía una salida en el otro extremo. Y si la había era probable que les estuvieran esperando allí también. Y eso sería peor.

Cuando Félix estuvo a punto de cortarle la cabeza, el monstruo se hinchó rápidamente en cuestión de segundos y explotó. No tuvieron tiempo ni de cubrirse cuando todo un desecho de masa viscosa se les vino encima. Al salir proyectado con tanta potencia, el impacto les derribó y cayeron al suelo. Alonso se golpeó en la cabeza y Félix en un hombro con un pedrusco puntiagudo. Afortunadamente no llegó a incrustárselo. Sólo se hicieron magulladuras. Se sentaron unos minutos sin que nadie dijera nada. Al poco tiempo sonó el móvil de Félix.

El sol iluminaba todo el horizonte, pero el panorama era desolador. Todo estaba repleto de estatuas. La mayoría se concentraban en el Monte Nogal, pero había algunas que se habían quedado a medio camino de la Cueva de los Pilares. Les había pillado el día en plena caminata. Unas horas más y habrían llegado a la cueva. Abajo, en el centro de Cantolgaz había todo tipo de figuras.

—No quisiera encontrarme con un pájaro de esa clase por la noche —comentó Alonso.

—Me pregunto dónde irán por la noche. Es probable que sean chivatos de las gárgolas. Los que antes eran personas son muy lentas, y qué mejor manera de encontrar a los que quedan. ¿Y si van a otro lugar? —preguntó Félix.

Ahora contestó Minerva:

—El pueblo más cercano está a bastantes kilómetros. Imagino que primero conquistarán este pueblo por completo y luego irán ampliando el radio de acción.

La mañana iluminaba el ambiente con su luz rojiza, vivo contraste que, en comparación con el siniestro color amarillento de la noche anterior, era una auténtica delicia para los sentidos.

Pasando junto a las figuras, se imaginaron cómo sería el olor de toda esa multitud junta.

—Adelante, Alonso, dispara a una de estas cosas.

—Estás loco, chico, no pienso gastar más cartuchos. Haber matado a esa criatura no me ha hecho más feliz, ni mucho menos. Al fin y al cabo eran personas no hace mucho.

—Si no lo haces tú lo haré yo —dijo la chica—. Han matado a mi padre. Me lo tomaré como una venganza, un derecho. Cuando se haga de noche volverán a despertarse... Y yo aquí no me voy a quedar. Además, lo mejor es llamar a alguna autoridad de un pueblo vecino.

—¿Y te crees que no lo he intentado? —Dijo Félix—. Pero han debido de fastidiar las antenas de repetición porque no funciona el móvil desde que me llamaste. Y los teléfonos fijos tampoco van. No me preguntes cómo, pero algo habrá tenido que ver esa luz amarilla. A lo mejor es una especie de radiación.

Hastiado de lo que estaban haciendo esas criaturas, Alonso cogió la escopeta sin avisar y disparó a la cabeza de la figura. La piedra era durísima y no la reventó por completo. Sólo hizo un pequeño agujero que dejó salir una sustancia viscosa y rojiza. Dentro de las piedras, como si fueran un molde, estaban las criaturas en un estado semilíquido.

—Habría que hacer lo mismo con todas. Y eso nos llevaría más de todo el día. No tienes munición suficiente para todos —comentó Félix.

—Lo que tenemos que hacer ahora es terminar con las gárgolas.

Caminaron hasta la ermita y, librando todas las estatuas, llegaron hasta las dos gárgolas. Seguían tal como las habían dejado aquella última vez. La ermita tampoco había cambiado. Era como si la paz reinase de nuevo. Pero era una paz pasajera, una simple calma que duraría unas horas, hasta el anochecer.

—A ver si a éstas les pasa lo mismo que a la otra —dijo Alonso.

Apuntó a la gárgola de la izquierda y disparó. El cartucho atravesó el espejismo que las rodeaba e impactó en la roca. Se notó un ligero temblor en el suelo y como un leve movimiento en las figuras. Las muy malditas se habían enojado. El plomo se derritió al chocar en la piedra, como si hubieran lanzado un globo de agua.

—¡Dispárale otra vez! ¡Acaba con ellos! —gritó Minerva. Estaba enfurecida, parecía salida de sus casillas.

Disparó a la otra y sucedió lo mismo. Ahora el espejismo aumentó y costó aún más distinguir las figuras. Dio la impresión de que desplegaban sus alas negras. El suelo tembló enfurecido y un sonido hueco y profundo surgió de las gárgolas. Un chasquido sonó detrás de ellos. Se había caído un pedrusco de la ermita.

—Yo no pienso entrar ahí. Ya lo pueden dar mucho, que yo no entro —se reafirmó Félix.

Se miraron todos, y eso bastó para confirmar que todos pensaban igual.

—La trampilla —dijo Alonso sin más explicaciones.

Se acercó a ella. Volvía a estar tapada con ramas y rastrojos, así que los quitó y disparó a los candados. Volaron por los aires junto a algunas astillas de madera de la puerta, que se abolló. Debía de estar forrada de plomo por dentro.

—Tenemos que destruir todas las que podamos —dijo Alonso. Ya había tenido una idea como último recurso pero prefirió no decirles nada porque seguro que se lo impedirían.

Gastaron toda la munición destruyendo las estatuas que encontraron. Apuntaron siempre a la cabeza y de todas se desparramó aquel líquido.

—Esperemos que no resuciten sin cabeza —dijo sarcásticamente Félix.

Alonso, pesar de que a la primera sólo le arrancó un trozo de piedra, en las siguientes arrimó el cañón a pocos centímetros, con lo que las destrozó por completo. Aunque se pringaba de aquella viscosidad, siguió destruyendo estatuas. Félix y Minerva acabaron por volcarlas en el suelo para que se desparramase casi todo el líquido. Así pretendían asegurarse de acabar con ellas.

Limpiaron buena parte de la bajada hacia el pueblo, y después de coger prestadas unas porras y unos martillos se pasaron horas y horas rompiendo piedras, pero eran demasiadas y ya empezaba a hacerse tarde. Minerva comenzaba a sentirse inquieta y muy cansada.

—Nos quedan unas dos horas para que se haga de noche. Quizá menos, mira lo nublado que está.

—No podemos acabar solos con todos estos. Lo mejor será que nos marchemos. Tal vez hemos tardado demasiado en irnos. Cariño, podemos usar el coche de tu padre. ¿Tienes las llaves?

—Sé dónde las tiene. Vamos a casa y larguémonos de aquí. ¿Tu sabes conducir? —le preguntó a Alonso.

—Así he llegado aquí.

Fueron con las porras y martillos a casa de Minerva, que quedaba a unos doscientos metros de donde estaban y cogieron el coche. Efectivamente ya se notaba caer la tarde, y un ligero frescor envolvía el atardecer.

Estaban ansiosos por largarse de allí. Bastante se habían aventurado, pero no eran héroes y tampoco pretendían serlo. Sólo querían irse.

Arrancaron el coche y se dirigieron a la salida del pueblo. No pudieron avanzar muy rápido porque estaba todo sembrado de estatuas y tuvieron que esquivar muchas, incluido las que habían destruido.

Al llegar a la salida se encontraron con algo insólito. La única salida de Cantolgaz estaba cerrada. Había un muro de unos tres metros de alto por dos de grosor que hacía imposible salir de allí por otro medio que no fuera sino andando. La clave, cómo no, tenía forma de estatuas.

—Ahora ya sé adónde les mandaban esos condenados —susurró Félix.

Dos estatuas vigorosas sujetaban a una menos fuerte que parecía proyectar un chorro de piedra al muro. Para eso hacían aquel ritual la noche anterior: las gárgolas les otorgaban una característica especial a esos seres humanos. En vez de convertirlos inmediatamente en estatuas hasta la próxima noche, como había ocurrido con el padre de Minerva, las gárgolas les hacían lo mismo pero con efecto retardado. Así pues, sin llegar a convertirse por completo en estatuas, poseían la característica de la sangre que se calcificaba. De esa manera habían construido un muro macizo tan enorme.

—Tenemos que volver —Alonso pensó a la desesperada y pretendió aplicar su plan—. Vais a coger la bicicleta y os vais a largar de aquí. Es la única manera. Yo voy a subir a Monte Nogal. ¿Recuerdas lo que decía el libro aquel? Parece que el fuego consiguió algo entonces. A ver si ahora también lo hace.

—¿Y con qué vas a hacer fuego? —preguntó la novia del muchacho.

—Con la gasolina del coche. Con eso será suficiente. Tiene el depósito lleno.

—Mi padre era previsor...

Volvieron a casa de Minerva y recogió la escopeta. Sólo le quedaban tres cartuchos. Tenía que aprovecharlos muy bien. Después dejó a los chicos en la casa de Félix, donde cogieron la bicicleta y se despidieron.

—Oye, esto que vas a hacer es una locura. Lo mejor que puedes hacer es largarte, aunque sea corriendo. Dentro de poco no te dará ni tiempo. ¿Merece la pena hacerlo? —a Félix no le agradaba que ese hombre arriesgase su vida en vano. Y menos cuando ya estaba todo perdido.

—Vosotros largaros y ya veré cómo se me dan a mí las cosas. ¡Adiós!

Arrancó el coche y se encaminó al último lugar al que querría ir nadie.

—Voy a llenar el botellín de agua. Ahora vuelvo —dijo Félix

Minerva se quedó con la bicicleta, viendo cómo el coche se alejaba cada vez más, y cómo Alonso había dado las luces. Estas se hacían cada vez más pequeñas, pero ya se empezaba a notar un olor distinto en el aire y un brillo amarillento se reflejaba en las casas. En Monte Nogal la ermita estaba empezando a funcionar. Minerva se fijó en las estatuas que no habían roto y temía que en cuestión de unos instantes comenzaran a moverse. ¿O tal vez necesitaban más tiempo para cobrar vida? Prefería no verlo.

Félix salió con un botellín y dos tabletas de chocolate.

—Necesitaremos comer algo. Yo ni siquiera he desayunado —miró en la misma dirección que Minerva-. Ya está empezando. ¡Vamos! No tenemos que perder ni un segundo.

Aparcó el coche junto a las gárgolas. Les traía una pequeña sorpresa que no tardarían en recibir. La ermita empezaba a cobrar un color fosforescente que absorbía de la trampilla del suelo. Todo comenzaba ahí, en la trampilla. A medida que iba oscureciendo, de la tierra se filtraba un zumbido hipnotizador que acompañaba la expansión de toda esa luz. No llevaba un ritmo progresivo, sino que se expandía cada vez más rápido, descendiendo colina abajo. Se filtraba por el interior de la tierra, como las sustancias que nutren una raíz. No podía perder ni un momento más, así que se despidió de las gárgolas, que se alimentaban de ese resplandor. A una buena distancia de ellas, apuntó con la escopeta al depósito de la gasolina, que tenía el tapón abierto. Gastó los tres cartuchos, pero finalmente consiguió que el coche explotara.

La onda expansiva le tumbó y los oídos le zumbaban. No pudo escuchar el lamento de aquellos seres, monstruoso y despiadado como ellos mismos: como la ira de una tormenta y potente como un terremoto. Aturdido, vio cómo la gasolina ardiendo derretía a las gárgolas como la cera de una vela. Costó bastante, pero una vez consumidas por las llamas y despojadas de su caparazón, un líquido viscoso y amarillento salió de ellas y, como si tuvieran vida propia, avanzaron en busca de Alonso. Pero no llegaron muy lejos porque en cuestión de segundos el fuego acabó con ellas.

La tierra se convulsionó y un rugido proveniente del submundo aplacó el valor de Alonso durante unos momentos. Pero quiso terminar lo que vino a hacer y, sabiendo que de todos modos iba a morir allí de una manera u otra, levantó la pesada trampilla de plomo que había en el suelo. La noche ya comenzaba a dominar a la tarde, y medio pueblo ya danzaba al son de unas tinieblas amarillentas. Desde allí arriba, desde el foco de aquel horror, Cantolgaz parecía un pueblo radiactivo. La ermita emitía una luz tan potente que no se la podía mirar directamente, y el suelo vibraba con un zumbido que seguramente despertaría a las estatuas. Tuvo que cerrar los ojos y taparse la cara para poder entrar por el pasadizo, ya que las luces eran tres veces más intensas allí. Se topó con muchas estatuas, cientos, y como el pasillo era muy estrecho tuvo que pasar muy pegado a ellas.

Le daba hasta la impresión de que representaban seres con vestimentas de diferentes épocas, incluso caballeros medievales. El pasadizo bajaba cuesta abajo, sin escalones y después seguía en horizontal. A medida que pasaba el tiempo allí adentro se iba acostumbrando a aquella luz. Comenzaba a oler mal, y eso era síntoma de que estaban despertando. Se dio más prisa hasta que llegó al final del túnel. Delante de él había una bóveda construida en tiempos remotos y en medio había un pozo de un metro y medio de alto por dos metros de diámetro. De él salía despedido un vapor amarillento verdoso que era absorbido por las paredes. Parecía ser que el zumbido y los temblores en el suelo estaban coordinados con la salida de esos gases.

—¿Quién provocará esto?

El pozo tenía siete colmillos bordeando su boca y diez brazos extendidos hacia arriba con los puños cerrados. Junto a él, en el suelo, había tirada una tapa de un diámetro aproximado al del pozo. Se acercó y vio que era de plomo. Había una cruz grabada en él y unas inscripciones en un idioma que parecía latín. Sólo reconoció las palabras Vade Retro y la fecha MCXXII. Había en la tapa algo extraño: parecía que alguien se hubiera ensañado asestándole cortes. Decidió que tenía que poner la tapa encima del pozo y se agachó para levantarla. Pesaba una barbaridad y al moverla vio que detrás había un anciano con la cabeza cortada y en fase de descomposición. Junto a él había un hacha, seguramente el mismo con el que también habían golpeado la tapa. El anciano llevaba una cadena al cuello en la cual estaba escrito el nombre de Antón. ¡El viejo Antón! Su pariente.

Considerando su situación, levantó con mucho esfuerzo la tapa y la intentó colocar encima del pozo. Pero un potente temblor avisó que otro chorro de vapor se avecinaba, y antes de asentar la tapa, la fuerza del chorro amarillento le empujó a la tapa y a él al suelo. Parte de los gases se le colaron en los ojos y en los pulmones, dejándole aturdido. Los ojos le lagrimeaban y le costaba respirar. No lo pudo ver muy bien, pero las estatuas del pasadizo comenzaban a cobrar vida. Se oía cómo se desprendían de su costra de piedra y un olor que le ponía al borde de las náuseas se colaba hasta la bóveda. Enseguida irían en su búsqueda. Haciendo uso de sus últimas energías, agarró otra vez la plancha de plomo y, empujándola con todas sus fuerzas la levantó y la puso encima del pozo. Esta vez se subió encima de la plancha para hacer peso y desde dentro del pozo escuchó el grito de furia de algo innombrable.

Un tremendo temblor sacudió las entrañas de la tierra, pero Alonso, aguantando el escozor de los ojos y faltándole la respiración, se agarró como pudo al pozo, esperando que una nueva sacudida no le destrozase por completo. Aunque no sería la peor solución, teniendo en cuenta que decenas de criaturas se arremolinaban en la entrada de la bóveda. Iban a por él, resplandecientes como luciérnagas pero repugnantes como sapos. Su olor le situaba al borde del desmayo, pero seguía esforzándose por mantenerse consciente. Estaba acorralado y sólo le cabía esperar un milagro.

Con el temblor de tierra se desprendió un pedazo de piedra en el techo, que le golpeó de lleno en la mano derecha. Se la machacó y comenzó a sangrar en abundancia, aunque ya no la sentía por culpa del dolor. Unas gotas de sangre cayeron en la tapa de plomo y entonces todo el pozo empezó a vibrar. Las manos de piedra se abrían lentamente mientras que la tapa de plomo comenzaba a oscilar con mayor fuerza. Apoyó su mano herida sobre la tapa y sintió que ésta le chupaba la sangre como un vampiro. Pensaba que le iba a dejar sin una gota, pero hubo un momento en que cesó y todo lo que sucedió a continuación fue muy extraño. Alonso sintió como si una inercia le llevase al interior del pozo y luego regresara a la superficie. Durante ese instante notó la presencia de algo que se enfurecía a unos pocos metros de él.

Una vez arriba, los brazos del pozo agarraron la tapa con gran fuerza y los colmillos se incrustaron en la tapa. El pozo había sido sellado.

Las criaturas, que ya estaban dentro de la estancia, fueron deteniendo su avance poco a poco, como si les pesasen los miembros. Pero nada de esto significaría la salvación de Alonso, pues supo en seguida que todo había acabado para él: las criaturas que abarrotaban el pasadizo se volverían a convertir en estatuas, bloqueando por completo la estrecha salida. Estaba atrapado.

Bajó del pozo arrastrándose y se sentó junto a su familiar. Ahora creía entenderlo todo, aunque nunca podría saber si estaba en lo cierto. Pensó que su pariente era el guardián de aquel sello y que su sangre era tal vez la única capaz de cerrarlo. Por eso le había dado en herencia la casa. Al saber que algo podría pasarle le hizo llegar la herencia para que se desplazase hasta Cantolgaz en el momento de los hechos. El viejo Antón tenía muchos conocimientos sobre Historia Antigua y seguro que alguien descubrió su escondite en la biblioteca. ¡El padre de Minerva! Investigaría los libros del viejo bibliotecario y por alguna razón desconocida traicionó al anciano. Le cortó la cabeza y rompió el sello. Tal vez la fecha elegida fue la Noche de Walpurgis. Por el orden de los acontecimientos así debió de ser. Por suerte su hija no sabía el mal que había desatado su padre; y era mejor que siguiera siendo así.

Y de esta manera fue que los dos últimos guardianes del Pozo de los Dijes permanecieron también sellados para toda la eternidad.

Cuando la pareja escapó, después de escalar la pequeña colina a la que se unía el muro que habían construido aquellos monstruos, un profundo temblor los hizo caer de la bicicleta. Las criaturas que estaban encima del muro comenzaron a moverse y una de ellas ya empezó a desprenderse de su caparazón.

—Vamos sube, date prisa —Minerva estaba atemorizada. Ya daba por perdido que Alonso terminase con todo aquello. Hacía un buen rato vieron una explosión en Monte Nogal, pero nada más. No sabían que las gárgolas habían sido eliminadas.

Los montes que rodeaban el pueblo contenían el resplandor amarillento que se elevaba hacia las alturas, más intenso que otras veces, impidiendo expandirse más allá de Cantolgaz.

Escucharon animales gritar, a las criaturas mugir y a algún pájaro brillar en lo alto de la ermita.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué tantos gritos?

—No mires para atrás, Minerva. No vamos a parar por nada del mundo.

Iban de noche, pero Félix llevaba amarrada una linterna de baterías en la parte delantera de la bicicleta.

Cuando ya estaban a un kilómetro de distancia, sintieron un temblor y escucharon varios lamentos fantasmagóricos al unísono y entonces el resplandor en Cantolgaz se apagó. Minerva giró la cabeza y gritó:

—¡Mira, se ha apagado la luz! ¡Ya no están!

Frenó la bicicleta y se quedaron mirando. Nada más que oscuridad. La luz de la ermita, que debería verse como una pequeña mota, ya no estaba.

—Gracias al cielo, Alonso lo ha conseguido —dijo él.

Una poderosa alegría se apoderó del chico y, con los ojos llorosos le preguntó a su novia:

—¿Volvemos a buscarle?

Ella le agarró fuertemente del brazo y le contestó:

—No pienso volver por nada del mundo. Nosotros ya no podemos hacer más. Eso se lo dejaremos a otros. Vamos.

Siguió pedaleando, pero ahora mucho más tranquilo, sin dejar de pensar en lo que le había hecho Alonso por ellos.

Epílogo

—¿Has visto eso? —preguntó Manuel.

—Ya, qué raro, si creo que la entrada al pueblo era ésta —le contestó su compañero Carlos.

—Claro que es ésta. ¿Pero a quién se le habrá ocurrido construir un muro aquí en mitad?

Los dos policías habían sido mandados para confirmar que el testimonio de una pareja de jóvenes era cierto. Según ellos un loco había secuestrado el cuartel y amenazado con hacer explotar una bomba. Los policías llamaron al cuartel en Cantolgaz, pero nadie contestaba, así que retuvieron a los jóvenes hasta que todo se aclarase.

Subieron andando por una ladera empedrada y vieron el aspecto del pueblo.

—Esto es un desierto –dijo Manuel asombrado.

—¡Mira eso, Manuel! —señalaba a tres estatuas de piedra que estaban encima del muro. Ahora los tenían al mismo nivel que ellos y podían verlas perfectamente. Carlos se subió al muro y se acercó a ellas: dos sujetaban a una tercera que parecía lanzar un chorro de algo por una abertura en el cuello.

—Da la impresión de que sangra por el cuello. ¡Y qué reales parecen! Llegan a asustar. ¿A quién se le habrá ocurrido hacer algo así?

Como tardaba en contestar, se volvió hacia Manuel, que estaba mirando con los prismáticos hacia el interior del pueblo.

—Oye, ¿qué miras?

—Me parece que el que ha hecho esto es más retorcido de lo que parece. Mira.

Le pasó los prismáticos y el policía observó que todo estaba lleno de estatuas, todas ellas diferentes. Incluso las había de animales. Todas distribuidas de una manera desordenada.

—Esto me pone los pelos de punta –dijo Carlos.

—Será mejor que bajemos y veamos qué pasa en el cuartel.

Atravesaron el pueblo y, a medida que andaban, les costaba cada vez más dar el paso siguiente. Las estatuas parecían mirarles y se sentían tremendamente intimidados. Llegaron al cuartel y éste se encontraba igual que el resto del pueblo. Abandonado y con estatuas.

—Esos chicos nos han engañado –dijo Carlos.

—No lo creo. Esto es inusual. Nunca he visto nada así. Hacer esto ha debido llevar más años de los que suman esos dos chicos.

—¿Y qué ha sido de los habitantes? ¿Se los han comido? Hasta hace una semana había noticias de por aquí.

Carlos tocó una estatua sin querer. Hasta ahora no se había dado cuenta, pero detrás de él tenía una un poco más alta que él. Y llevaba uniforme de policía. Entonces Manuel le dijo mientras caminaba buscando la salida:

—Me parece que estos son los habitantes.

Los dos policías salieron corriendo del cuartel presa del espanto y no pararon hasta llegar al coche y alejarse lo suficiente como para respirar tranquilos.

—¿Qué decimos de esto que hemos visto? –preguntó Manuel.

—Tenemos todo el camino para pensarlo. Pero yo ahí no pienso volver.

Y no levantó el pie del acelerador hasta entrar en el otro pueblo.


Parte anterior: Walpurgis: Parte 1.


Arreglado por: HeroWithoutHeat Master of the keyblade May your heart be your guiding key.

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