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Su padre la llamaba esquizofrénica… Y ella se lo creía.

En vano intentaba callar las voces que a diario la atormentaban; ella no entendía que necesitaban su ayuda, es más, no le importaba.

Tal vez era demasiado para una adolescente cansada de ser tildada como el bicho raro de la familia. No sabía o era incapaz de aceptar que si lo era.

—Ven conmigo- una tenue voz que se colaba por su oído derecho la llamaba con insistencia

—¡Cállatee!

La puerta de su habitación se abría violentamente, mientras una mirada inquisidora y a la vez alarmada intentaba encontrar al causante de su repentino. Nadie.

—Ay Eliana, me tienes harta. ¿acaso no es suficiente martirio para una madre dos hijos que nunca están en casa, un marido indiferente y una casa que se está cayendo?, ¿también tu? ¡Por Dios!

El portazo de la puerta era a lo único a lo que podía responder.

Que soledad la que sentía, si ni su madre la toleraba, ¿Qué más podía esperar?. Solo la música celta y la lectura sobre historia egipcia la consolaban; y una hermosa hada de orejas puntiagudas que acariciaba su pelo. Algún día abrirás los ojos, mi niña.

Los días y los meses transcurrían, el colegio estaba a punto de terminar, poca cosa para ella — más tiempo con mi hermosa familia— se reía con sarcasmo. Su única distracción en las clases eran sus hermosos dibujos, gnomos, duendes y hadas hacían parte de un gran bestiario que nadie podía encasillar en ningún estilo;

Todo el tiempo se la pasaba dibujando; lo que sus maestros enseñaban era muy poco interesante, porque ya lo sabía (o mejor, se lo habían dicho).

Su falta de atención siempre molestaba, mas cuando era obvio que nunca atendía nada de lo explicado en la clase y aun así lograba responder las preguntas que se le hacían. Las monjas la consideraban rebelde, irrespetuosa e indisciplinada.

Solo el maestro de historia veía su gran capacidad imaginativa, pero, ¿que podía opinar un hombre en un claustro religioso para señoritas? Nada.

Luego de una terrible discusión con su padre, en la que el insistía que debía ir con un psiquiatra y ella le refutaba que mejor se lavara los oídos, Eliana decidió que no podía más.

A su familia le importaba mas el qué dirán que su sentimientos; ella no había pedido llegar a la familia feliz, no se le había atravesado a nadie —como solía reprochárselo su madre— simplemente nació en un mundo que no le correspondía.

Afortunadamente tenía la solución.

El cuchillo de la cocina. Grande afilado y en sus manos.

Nadie notó cuando lo tomaba del mesón de la cocina, ni cuando atravesó la sala hacia el pasillo de las habitaciones; todos veían televisión tranquilamente.

En su habitación las lágrimas le nublaban la vista y no le dejaban ver donde debía cortar.

Apretó con fuerza sus parpados, como queriendo exprimir las lágrimas que inundaban sus ojos. Ya podía ver con más claridad las pequeñas venas de la muñeca derecha, con ese color azul que tanto le molestaba; el cuchillo en su mano izquierda, dudoso.

Lo sostuvo firme y lo puso en su muñeca.

—No creo que la muerte duela tanto como vivir –pensó, y se dispuso a rasgar su carne.

—¡Noooo!

El grito provenía desde fuera de su habitación, se asomó por la ventana y entonces la vio. Que criatura más hermosa, mas aun que sus dibujos, más de lo que algún día pudo imaginar. Sus bellos ojos verdes brillaban de ira, reprochándole por lo que había estado a punto de hacer.

—Te he dicho tantas veces que vengas conmigo…

—Yo… Yo simplemente no lo podía creer

—¿Vendrás conmigo?

Eliana ya no dudaba mas, sentía tanta paz y una felicidad como nunca antes sintió; ella irradiaba amor, ternura, comprensión… El interrogante ahora era.

—¿A dónde me llevarás?

Un sutil toc-toc en su puerta la sacó del trance. Era su madre avisándole que tenía visita.

—¿Visita yo?

Su profesor de historia se encontraba en la sala, respondiendo con tranquilidad las estúpidas preguntas de sus hermanos. Una dulce sonrisa se asomó en su rostro cuando la vio.

—Imagino que estabas leyendo, ¿o dibujando tal vez?

—Eee… Si, si, leía sobre la reina Ahotep

—¡Oh! ¡La reina que ayudó a los egipcios a liberarse del yugo hicso!

—Sí, señor.

La mirada de Eliana buscaba con desespero a través de las ventanas la criatura que le había impedido suicidarse, pero ya no estaba.

El maestro traía excelentes noticias para Eliana, en uno de sus constantes descuidos había dejado olvidado uno de sus tantos dibujos y el aprovechó para mostrárselo al decano de la facultad de artes de la universidad en la que también trabajaba. Se había ganado una beca.

Total conmoción y felicidad por parte de sus familiares; asombro y confusión de su parte.

Luego de agradecer la ayuda de su maestro, este tomó sus manos y como si no hubiera más nadie alrededor le preguntó:

—Dime Eliana, ¿de veras vendrás conmigo?

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